Benedicto XVI da la razón a los enemigos más feroces de los Papas

Por Pascual Tamburri, 11 de diciembre de 2008.

La ´laicidad positiva´ de Nicolas Sarkozy está cargada de esperanzas. Benedicto XVI predica una doctrina que fue de los gibelinos. Ahora toca pedir perdón a la casa de Hohenstaufen.

Antes de las elecciones norteamericanas, Pedrojota Ramírez habló en El Mundo del encuentro de Canossa como modelo de José Luis Rodríguez Zapatero para su invitación al G-20 y su homenaje a George W. Bush. No me parece una mala comparación, pero estoy seguro de que la mayor parte de los españoles de 2008 no saben quiénes fueron el emperador Enrique IV y el papa Gregorio VII. Por supuesto no tienen una opinión cualificada sobre la lucha medieval entre los dos poderes ni sobre la rivalidad posterior de güelfos y gibelinos. Son las delicias de un sistema educativo fracasado: pero no todo el mundo lo ha sufrido.

Joseph Ratzinger sí tiene, por edad, nacionalidad, educación y posición, un conocimiento amplio del asunto sacado marginalmente a colación por Ramírez. Tras su reciente visita a Francia Benedicto XVI reiteró la necesidad de una separación entre la Iglesia y el Estado y precisó –para distinguir separación de lucha, y tanto más de laicismo- que una “sana laicidad no significa prescindir de la dimensión espiritual, sino reconocer que ésta es garante de la libertad y de la autonomía terrena”.

Escuchar a un heredero de Gregorio VII y de Urbano II hablar de “la exigencia de una sana distinción entre la esfera política y la religiosa, según el dicho de Jesús dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” habría sido el sueño de siglos de los gibelinos. El mismo Dante Alighieri, güelfo de nacimiento y gibelino de convicción, no habría podido elegir mejores palabras para el papa angélico que deseaba para Enrique VII. “Si en las monedas romanas estaba impresa la efigie del César” ha dicho el Papa, “en el corazón del hombre está la huella del Creador, único Señor de nuestra vida”.

La Iglesia afirma la “auténtica laicidad no significa prescindir de la dimensión espiritual, sino reconocer que ésta es garante de la libertad y de la autonomía terrena”. Siempre lo ha hecho, pero no siempre con las mismas palabras y no siempre de modo unánime. Nuestro mundo no sería como es, y ciertamente tendría otras imperfecciones pero no muchas de las que conocemos, si Federico I y Federico II hubiesen topado siempre con pontífices capaces de decir que la religión “no es política” y que los cristianos deben colaborar con el Estado. Sin duda, “es fundamental que los ciudadanos tengan libertad para vivir la fe y es importante que contribuyan y den testimonios de estos valores (la fe) que son fundamentales para la supervivencia de la sociedad y del Estado”, pero quién sabe qué habría sido de nosotros si todos lo hubiesen defendido igualmente en el siglo XIII, en vez de decapitar cruelmente a Conradino.

La ´laicidad positiva´ a la que Nicolas Sarkozy ha dado nombre y los últimos Papas contenido está cargada de esperanzas. La mayor y más importante es que evitemos en los siglos por venir los errores de comprensión que han hecho de Europa más pequeña de como aún puede ser. Seguramente el artículo de Pedrojota no pasará a la historia, pero Benedicto XVI sí. Tras décadas de perdones y lamentos, muchas veces injustificados e incomprensibles salvo para las almas más cultivadas o las más acomplejadas, quizás haya llegado la hora de reconocer el error de luchar contra los emperadores medievales. Sería una gran cosa que un Papa bávaro rehabilitase la memoria de los Hohenstaufen y, por qué no, confirmase la canonización siempre pendiente de Carlomagno.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 11 de diciembre de 2008, sección “Ruta Norte”.
http://www.elsemanaldigital.com/blog/benedicto-razon-enemigos-feroces–90651.html