Los vencedores perdieron la guerra de la propaganda, y así nos va

Por Pascual Tamburri Bariain, 4 de septiembre de 2009.

Atenas y Esparta lucharon tres décadas por la supremacía en Grecia. Venció Laconia pero el Ática legó a la posteridad su punto de vista. El resultado es Occidente como lo hemos conocido.

Donald Kagan, La guerra del Peloponeso. Traducción de Alejandro Noguera. Edhasa, Barcelona, 2009. 768 pp. 45,50 €

A comienzos del siglo V antes de Cristo Grecia se resistió con éxito a la expansión del imperio persa. Nosotros vemos en aquel acontecimiento –que hace pocos años se convirtió en la película 300- un momento decisivo de nuestro pasado, la definición de Occidente (Europa) frente a Oriente (Asia). Pero las cosas no son tan sencillas como querría la simplificación ilustrada. Sobre todo, que luchaban por sí mismos y por sus ciudades y no por un porvenir que ignoraban, eran muchas cosas distintas a la vez. Y poco después combatieron unos contra otros durante treinta años.

Estamos acostumbrados a pensar en una Grecia racional, casi científica y desde luego guiada por los gobernantes, los comerciantes y los pensadores de Atenas. Pero todo eso no deja de ser una simplificación del siglo XVIII, que en la práctica reinventó el pasado a la medida del futuro que algunos de entonces querían construir: nuestra modernidad. Grecia, la Grecia del siglo V, fue mucho más que eso; incluso Atenas fue mucho más que la democracia de Pericles y el triunfo socrático de la razón. Sobre el que habría mucho que hablar.

El problema durante los últimos veinticinco siglos ha sido, precisamente, que se ha hablado mucho, y la guerra del Peloponeso ha sido víctima del exceso de información. Donald Kagan ofrece ahora en Edhasa una síntesis que hace accesible al lector no especialista toda la información disponible para comprender aquellos treinta años decisivos; y para hacerlo sin caer ni en la vulgarización elemental al estilo de Isaac Asimov ni en la complicación de los eruditos universitarios.

En realidad Kagan condensa cuatro volúmenes anteriores escritos por él mismo sobre el mismo asunto, pero lo hace con un sentido práctico típicamente norteamericano prescinde de acotaciones al pie, de notas bibliográficas y de textos en griego o en latín; en efecto, se trata claramente de llevar a los hogares de la clase media española un conocimiento detallado de un acontecimiento decisivo de nuestro pasado: pero en la España de 2009, como en Estados Unidos, pocos conocen ya el griego y el latín, de manera que Kagan opta por una narración amena y fluida, casi a modo de un periódico de las guerras de nuestros días.

¿Es impropio de un historiador actuar así y no citar literalmente, por ejemplo, a Tucídides? ¿Es aceptable que un investigador no mencione a sus colegas y en cambio utilice referencias a la actualidad para hacer comprensibles sus explicaciones? Puede haber muchas opiniones sobre todo esto, pero la verdad es que toda la Historia es contemporánea –la idea no es mía, por supuesto, sino de don Ángel Martín Duque-, y sólo tiene sentido vista desde el presente aunque los hechos deben ser entendidos en su contexto.

Cuando espartanos y atenienses, con sus respectivas alianzas, llegaron a las armas, no pensaban ni remotamente en las consecuencias. Esparta y Atenas no combatieron por las diferencias en sus modos de vida ni en sus sistemas políticos: habían existido durante mucho tiempo sin el menor conflicto. Sencillamente Atenas había creado una comunidad económica de tipo colonial y hegemónico, basada en el comercio, cuya lógica interna era la expansión. Y Esparta mantenía para sí, sin imponer a nadie, un esquema aristocrático de base agrícola, totalmente diferente. Quizás fue la misma victoria sobe los persas, vendida como propia por los atenienses, la que medio siglo después hizo inevitable el choque. Una auténtica guerra mundial.

Kagan tiene la habilidad de relatar la gran guerra de los griegos como si se tratase de un acontecimiento de nuestro tiempo, una verdadera guerra mundial, como realmente fue. Y en realidad era ya hora de hacerlo. Generaciones de políticos y de militares más cultas que la actual han tomado lecciones políticas, diplomáticas, estratégicas y tácticas de la guerra del Peloponeso. Si Winston Churchill no hubiese cursado un bachillerato clásico jamás habría habido un desembarco en los Dardanelos ni un frente balcánico. ¡Quién sabe qué sería de nosotros si nuestros actuales gobernantes tuviesen acceso a esta fuente clásica del saber! Entro otras cosas podrían darse cuenta de que, aunque para nosotros es Atenas la verdaderamente relevante, la guerra fue vencida por los espartanos. Que sin embargo no supieron contar la historia, como también sucede con algunos políticos de nuestros tiempos.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 4 de septiembre de 2009, sección “Libros”.
http://www.elsemanaldigital.com/vencedores-perdieron-guerra-propaganda–99982.htm