El hombre que mejor entiende al Papa no puede ser católico

Por Pascual Tamburri, 20 de septiembre de 2010.

Sólo cinco millones de británicos son católicos. Pero llenan las calles y las iglesias más que los anglicanos, compitiendo con el ateísmo y el Islam. El príncipe de Gales comparte sus ideas.

Entre el jueves 16 y el domingo 19 de septiembre Europa ha asistido a un encuentro excepcional que puede curar una herida de cinco siglos en el alma del continente. El Papa Benedicto XVI ha visitado oficialmente el Reino Unido, y es el primer pontífice que lo hace. La visita de Juan Pablo II en 1982, aunque igualmente multitudinaria, no fue un acontecimiento de Estado. Porque muchas cosas han cambiado desde entonces.

Desde Enrique VIII hasta el siglo XX la Iglesia de Roma y la Iglesia de Inglaterra recorrían caminos distintos. Ser anglicano para un católico era (y es) ser cismático, y en muchos casos hereje, pero sobre todo ofrecía dos visiones distintas del mundo, de la sociedad y del Estado. El rey, o reina, de Inglaterra, era cabeza de una iglesia nacional que gracias a su imperio llegó a todos los continentes. Y todo eso con el título de defensor, o defensora, de la fe, dado precisamente por la Santa Sede… a Enrique VIII por su lealtad a Roma.

Un giro histórico

Cuando el duque Felipe de Edimburgo y la reina Isabel II recibieron al Papa en la capital escocesa esa largo enfrentamiento sólo estaba vivo para una exigua minoría, cuyos representantes más conspicuos no son ni católicos ni anglicanos, sino sencillamente enemigos de la fe. Los medios progres han deseado durante meses que el viaje fuese un fracaso, y han manipulado las noticias (como en España lo ha hecho sin pudor El País) para dar más relevancia a los centenares de manifestantes anticristianos que a los centenares de miles, no sólo católicos, que han seguido al Papa y a las autoridades británicas de Edimburgo a Glasgow, a Londres y a Birmingham.

Porque ha sucedido exactamente lo que los progres de todos los partidos temían: que el papa ha hablado claro en un país donde una parte cualitativamente importante de la sociedad está deseando escucharle. El Reino Unido tiene unos sesenta millones de habitantes y se ha convertido en una sociedad postindustrial en lo económico, postmoderna en lo cultural y descreída en lo religioso. Hay veintitrés millones de anglicanos, pero sólo un millón o menos frecuenta las iglesias; aproximadamente los mismos que católicos, pero éstos son cinco millones. El primer ministro David Cameron ha dicho coincidir con el Papa en todo pero no en que éste sea un país ampliamente secularizado… los datos no le dan la razón en esto. Los anglocatólicos saben ya que su verdadero rival no es Roma, sino el ateísmo rampante; y viceversa.

De eso ha venido a hablar Ratzinger, que con pocas y precisas palabras ha dejado a un lado del debate todos los obstáculos que se le han intentado poner, del nazismo a la pederastia. El Papa ha repetido en dieciséis discursos, para diferentes públicos, un solo mensaje que es la columna vertebral de su pontificado: el secularismo ateo, escudado en una falsa tolerancia agnóstica o humanista, es radicalmente intolerante con los valores tradicionales y con el contenido nuclear del cristianismo. El cristianismo no es incompatible con la razón, muy al contrario, pero revela verdades que en parte están por encima de ella. Verdades en las que se fundamenta la identidad de Europa y de cada una de sus naciones, incluyendo Gran Bretaña y los sistemas políticos derivados del propio de estas Islas.

Lección para políticos… no sólo ingleses

Se puede construir una sociedad y un Estado sin Dios, y no sería la primera vez que se intenta, pero los europeos están empezando a ver qué precio ha de pagarse por ello. Ante Isabel II, el Papa ha explicado que “la exclusión de Dios, la religión y la virtud pública conduce finalmente a una visión sesgada del hombre y de la sociedad y, por lo tanto, a una visión restringida del ser humano y su destino“. Ante los políticos de las dos Cámaras del Parlamento, reunidos en Westminster de modo excepcional en el mismo lugar en el que santo Tomás Moro fue condenado por su lealtad a Roma, el Papa se ha extendido sobre los peligros del relativismo. “Si los principios éticos que sostienen el proceso democrático no se rigen por nada más sólido que el mero consenso social, entonces este proceso se presenta evidentemente frágil. Aquí reside el verdadero desafío para la democracia“.

Si la mayoría circunstancial es fuente suprema de verdad y nada hay superior ni más permanente, es inminente la destrucción del orden social y la pérdida de toda tradición, porque sólo importará lo útil y placentero aquí y ahora. Lo que además resulta ser caro: la idea de David Cameron de una “gran sociedad” no es mala, pero topa con una barrera religiosa: ¿qué razón se puede dar a un joven para vivir en comunidad y ser solidario con el resto de la propia nación si lo importante son la riqueza, el prestigio y el placer individuales, y no hay nada más? El iluminismo relativista es así consecuencia y causa de mala política y de malos políticos. Algo que ni los anglicanos sinceros ni la Iglesia desean ver, y contra lo que de un modo u otro lucharán juntos.

Dos hombres ¿y un destino?

Sólo una persona ha recibido ataques tan repetidos y vulgares como el Papa en los medios de comunicación británicos. El príncipe Carlos de Gales, no por casualidad, durante muchos años se ha distinguido por su defensa de la religión cristiana y de las tradiciones británicas, no sólo las políticas. Ligado al patrimonio cultural y al medio ambiente, el heredero de la Corona está claramente del mismo lado que el Papa en la defensa de una Gran Bretaña cristiana frente a su conversión en un campamento de relativistas sin interés por el futuro ni en la trascendencia. Y es que la fe cristiana es, además, enormemente barata: sólo en las consecuencias de la delincuencia juvenil y los cientos de miles de “neets” (ninis) se gasta hoy mucho más que en todas las Fuerzas Armadas británicas. Algo impensable en una sociedad tradicional, tanto como la destrucción de la naturaleza o la imposición del igualitarismo.

El príncipe está llamado a dirigir la Iglesia de Inglaterra y por su nacimiento tendría que renunciar a sus títulos si volviese a Roma. Pero vivimos un tiempo de cambios en el que no sólo millones de anglicanos en todo el mundo se plantean solos o en comunidad seguir ese camino; es una gran mayoría de los miembros activos de esa confesión la que, en todo lo esencial, sigue al Papa. Porque en 2010 la alternativa no es ya entre Roma y Canterbury, sino que probablemente sea entre nada y la Cruz. Independientemente incluso de la fe que a cada uno se le haya dado.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 20 de septiembre de 2010, sección “Ruta Norte”.
http://www.elsemanaldigital.com/blog/hombre-mejor-entiende-papa-puede-catolico-109610.html