La princesa plebeya, Carlos III, Guillermo V y el triunfo de Ratzinger

Por Pascual Tamburri, 24 de noviembre de 2010.

Kate Middleton y Guillermo de Inglaterra se casarán en 2011. Los medios de comunicación presionan para que el príncipe de Gales no reine, y ocultan un cambio mucho más serio en la monarquía.

El anuncio de la boda del príncipe Guillermo de Inglaterra ha llenado todas las portadas, y promete seguirlo haciendo. Es curioso que el régimen formalmente más tradicional de la Europa moderna sea también el que más interés atrae. La noticia del 29 de abril ha descubierto a nuestro alrededor un número insospechado de cortesanos empalagosos (por no hablar de las cortesanas). Una contradicción más de este tiempo.

Entre Kate Middleton y nuestra princesa Letizia hay algún parecido (el origen modesto de sus familias, aunque los Middleton han triunfado en los negocios y la princesa de Asturias básicamente en el amor), pero una diferencia esencial, aparte de la edad: la familia en la que ingresan por matrimonio.

En Gran Bretaña, pero mucho más en los medios progres fuera de las islas, hay muchas voces que piden que, una vez asegurada la sucesión de Isabel II con el matrimonio de su nieto mayor, el príncipe Carlos de Gales, padre del novio, renuncie a la sucesión. ¿Y por qué debería renunciar a ser Carlos III? Se unen en esto muchas cosas distintas, desde el esnobismo cutre de los enamorados póstumos de Diana de Gales hasta el rechazo a las ideas bien conocidas del príncipe, pasando por el republicanismo puro y duro.

Más allá del corazón, un problema constitucional y religioso

Conociendo el sistema británico, el clamor a favor de Guillermo V no nace de un especial amor a la Corona ni de una buena comprensión de las funciones de ésta. El sucesor de la reina Victoria, Eduardo VII, empezó a reinar después de décadas como príncipe, sin ninguna renuncia y ningún cambio del sistema; y el sistema funcionó, porque a Eduardo no le sucedió su polémico hijo mayor, que le premurió, sino el segundo, Jorge V. Y las renuncias en esa familia, desde Eduardo VIII, traen muy malos recuerdos. Una monarquía, a pesar de que la experiencia franquista de la que vivimos nos haga pensar otra cosa, no se improvisa, y cuando sí lo hace corre el riesgo de convertirse en una república coronada. Para lo cual, en el fondo, mejor una república.

Si la reina vive tanto como su madre el príncipe de Gales empezará a reinar pasados los 80 de edad, lo que dejará a Guillermo y Kate, en su caso, una espera relativamente corta de unos 20 ó 30 años. Esto no es una telenovela, y si las cosas funcionan así tienen su razón para hacerlo; una monarquía que aceptase los vaivenes de la opinión pública no dejaría de ser una versión con armiños de Gran Hermano. Algo que en España nos puede parecer normal y que la difunta Diana en algún momento contribuyó a crear –y se viven aún las consecuencias- pero que no es del agrado de Isabel II ni del duque de Edimburgo ni, lo que es más importante, ni del príncipe de Gales, de la duquesa Camila de Cornualles o de los jóvenes Guillermo y Enrique.

Lo que el primer ministro David Cameron ha empezado a hacer es una prudente gestión de reforma constitucional. Una vez anunciada la boda, puede plantearse una modificación de todas las normas discriminatorias en vigor. La más evidente es la que Zapatero no ha conseguido llevar adelante en España, la igualdad sucesoria entre hombres y mujeres. En Gran Bretaña basta para hacerlo una Ley consensuada en el Parlamento, aunque la complejidad de la cosa viene dada por los países de la Commonwealth que, como Canadá, Australia o Nueva Zelanda, tienen a la Reina como Jefe del Estado con idéntica normativa. El cambio, de hacerse, tendrá que hacerse a la vez en todos los países.

Pero hay algo más, de lo que ya se habló en septiembre. Desde el Acta de Supremacía del siglo XVI y desde el Act of Settlement del siglo XVIII, normas constitucionales en vigor, un católico no puede ser rey, ni consorte del rey, ni heredero del rey. El monarca británico debe jurar su rechazo a Roma para serlo, y debe convertirse en cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Es una discriminación evidente, que la reciente visita de Benedicto XVI y la crisis interna del anglicanismo, con masivas conversiones al catolicismo, no ha hecho más que subrayar. El duque de Kent ya quedó apartado por esto de la línea sucesoria. Dada la situación, este asunto será mucho más importante, con Isabel II, con Carlos III o con Guillermo V, que todas estas historias de improbables Cenicientas o que el recuerdo de la amante de Dodi Al Fayed y su monumento… en Harrods.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 24 de noviembre de 2010, sección “Ruta Norte”.
http://www.elsemanaldigital.com/blog/princesa-plebeya-carlos-guillermo-triunfo-ratzinger-111024.html