Día de fiesta para la asesina etarra que Zapatero liberó

Por Pascual Tamburri, 22 de diciembre de 2010.

Aún hay víctimas olvidadas. Aún hay etarras premiados. Aún hay crímenes impunes. Y mientras no haya verdadera ‘memoria histórica’ ETA podrá decir que ha ganado.

El otro día el premio gijonés a Santiago Carrillo fue polémico, pero sin dramatismo. El recuerdo del líder comunista no es problemático por haber sido combatiente en uno de los bandos de la última guerra civil. De hecho, luchar en uno de los bandos de entonces no debería ser motivo de premio y, mucho menos, de sanción. Y en realidad Carrillo no luchó en las trincheras ni entonces ni nunca, pues se limitó a ser un cruel represor de la retaguardia, prescindiendo de todas las leyes de una República que no defendió sino que quiso sustituir por un Estado soviético. Sin Siberia, eso sí: se bastó con sus checas y su Paracuellos.

El problema de premiar en 2011 una conducta semejante es que habrá otros que desde ahora se consideren con derecho a lo mismo. También los etarras han sido pistoleros, secuestradores, torturadores, terroristas y antidemócratas con mucha palabrería democrática. Si Carrillo es convertido en modelo para la juventud, ¿qué impide que mañana otros quieran hacer lo mismo con Mercedes Galdós?

Veinticinco años y un día

El 23 de diciembre se cumple un cuarto de siglo de uno de los crímenes de la pistolera Galdós, uno que perpetró a las puertas de casa de mis padres y cuyo funeral recuerdo aún. Hace unos años escribí sobre él lo que sigue.

Poco antes de la Navidad de 1985 una etarra disparó en la nuca a don Juan Atarés mientras caminaba por Pamplona. General en la reserva de la Guardia Civil, tenía 67 años, estaba casado y era padre de 7 hijos. Una “luchadora por la libertad” lo remató con dos tiros en la cabeza cuando estaba en el suelo. La criminal se llamaba Mercedes Galdós Arsuaga, y en 2005 ha salido de la cárcel, vive entre nosotros y circula ya por nuestras calles, si haberse arrepentido jamás, porque algún político decidió que el asesinato fuese barato en España.

Hubo mucha gente en su funeral, aunque no estaban todas las personas y personalidades que después han solido ir. Hubo mucha gente, pero sólo algunos tuvieron el coraje de señalar con el dedo a los asesinos nacionalistas de Atarés, que había muerto con la dignidad de un soldado, cumpliendo con el juramento prestado como sólo puede hacerlo un hombre entero. Atarés, vivo y muerto, era incómodo, como eran entonces para algunos las víctimas de ETA, y algunos prefirieron que se olvidase rápidamente el crimen. Veinte años después, se echa de menos la dignidad institucional que entonces no se dio a aquella víctima, y la liberación de su asesina no nade más que agravar la sensación de injusticia.

Hoy nada recuerda el crimen ni a la víctima, ni en ese ni en ningún lugar de la ciudad. En realidad, el olvido es aún más grave porque sí hay cosas que recuerdan a Juan Atarés. Lo recuerda, sobre todo, la libre circulación de su asesina, la misma que mató con sus manos a tantos otros, también en Pamplona. Y si la asesina es libre y la víctima es olvidada, ¿estaremos construyendo la paz sobre la justicia o será, simplemente, un paso hacia la victoria de los criminales? Los políticos que estaban en su funeral, y los que no estaban, y los que estuvieron pero habrían preferido no estar, ¿son conscientes de que no hacer nada, en este caso, es favorecer los intereses de ETA?

Veinte años después España tiene un presidente del Gobierno que da la razón a los asesinos. Porque negociar con ellos y maltratar a las víctimas, a las vivas y a las muertas, no es sino darles la razón. Podremos dar miles de vueltas a este asunto, pero la cuestión es sólo una: si se admite que ETA tenía hace veinte años la mínima partícula de razón para matar a Juan Atarés, o que la víctima no merece un recuerdo infinitamente mayor y más digno que el trato recibido por cualquier etarra, o que el hipócritamente llamado “fin de la violencia” que mató al general puede tener un precio político de cualquier tipo, estaremos dando la razón a ETA. Y a quien comparte con ETA objetivos políticos o alianzas.

Veinte años después, Arnaldo Otegi permitió presumir en público de su fuerza política frente a Zapatero, y hacerlo además en nombre de Navarra. Navarra, la tierra sobre la que murió Atarés, ve su futuro comprometido por los asesinos de entonces y por los tímidos, tibios y cobardes de entonces y de ahora. Sin embargo, precisamente en este aniversario y precisamente en estas fechas, es más fácil poner remedio simbólico al problema, desde la sociedad navarra.

Una calle, una plaza, un monumento, una placa, un árbol: no sé qué ni realmente importa mucho qué, pero Juan Atarés merece algo que lo recuerde en la capital de Navarra. Recordar a Atarés –otras víctimas tienen ya su recuerdo, y no debemos entrar en comparaciones de mérito- es tanto como vacunarnos todos contra una victoria de Mercedes Galdós. En esta Navidad, el general Atarés lleva dos décadas en el olvido de los hombres y en el calor del Niño; porque queremos muchas Navidades más en paz y en libertad, recordar su sacrificio es la mejor manera de impedir que haya sido en vano.

El precio de la muerte y de la cobardía

La etarra Galdós fue condenada por 17 asesinatos, aunque pudieron ser más. Policías y guardias civiles que pocos recuerdan; pero también el coronel José Luis Prieto García o el comandante Jesús Alcocer Jiménez, además del general Atarés, en aquellos mismos años. Y por poco había fallado antes el atentado contra el director del Diario de Navarra, Javier Uranga, que quedó malherido. Algo va mal en España cuando aquellos crímenes son olvidados (y la criminal cumplió sólo 19 años de prisión, es decir catorce meses por asesinato… gracias a una reducción de condena por estudios de pedagogía y sus actividades de limpieza, aerobic, mecanografía y fútbol sala), o como mucho se recuerda la muerte del niño Alfredo Aguirre. Santiago Carrillo sigue el mismo modelo, pues también él recibe homenajes y sus víctimas son olvidadas por la memoria oficial.

¿Alguien cree que así tendremos una mejor convivencia? De momento Pamplona necesita que Atarés tenga su lugar en el callejero urbano, o si no sabremos hasta dónde ha llegado el miedo.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 22 de diciembre de 2010, sección “Ruta Norte”.
http://www.elsemanaldigital.com/blog/fiesta-para-asesina-etarra-zapatero-libero-111630.html