La mala imagen de los políticos

Por Pascual Tamburri, 20 de enero de 2011.

El problema de los méritos en política es la subjetividad actual en su valoración.

Hace unos pocos días Alberto Royo recordaba en LA GACETA una frase de Alcide De Gasperi: “Hay hombres de rapiña, hombres de poder, hombres de fe. Yo quisiera ser recordado entre estos últimos”. Ningún momento y ningún lugar mejor que la España de hoy para retomar la idea. Los políticos tienen una imagen social mala. No es novedad, pero la sociedad de 2011 tiene más medios que nunca para conocer a sus dirigentes, y la crisis extiende el desprestigio a todos. Es verdad que la generalización es injusta. Como dice Royo, “también los políticos van al cielo”.

Algunos, claro. El problema social al que nos enfrentamos es saber si los mecanismos de acceso y permanencia en las tareas de dirección política benefician los intereses egoístas, marginan las vocaciones de servicio a la comunidad, a la patria, y crean la imagen de una “casta parasitaria”. Qué duda cabe, hay políticos que van al cielo; pero cada vez hay más españoles que los ven como parásitos.

Los políticos tienen menos defensores que los mismos jueces, tan criticados. Tenemos la impresión colectiva de una magistratura politizada, ineficaz, corrupta, prevaricadora y a veces ideológicamente aliada con los enemigos de la comunidad. Sin embargo los jueces tienen mejor defensa. Son profesionales con unos méritos demostrados a través de unas oposiciones que, sin ser lo que fueron y pese al cuarto turno, siguen constituyendo una relativa garantía. El juez es un profesional formado para serlo y elegido por ser el mejor. Curiosamente la profesionalidad, que los españoles vemos como buena en los jueces, es vista como una lacra en la política. ¿Por qué? Porque en los jueces la condición profesional nace de una selección por méritos, mientras que en los políticos, y más en la vidilla interna de los partidos, no hay objetividad ni meritocracia. La profesionalidad política, nacida a veces más de enredos que de votos, es vista como privilegio. No digamos si es enriquecedora o vitalicia.

Razonemos sin pasión: ¿es mala en sí misma la profesionalización de la política? ¿Implica necesariamente egoísmo, luchas cainitas, mediocridad, comportamientos bajunos y corrupción? La Historia por un lado y la teoría política por otro demuestran que hay otras opciones.

No es absurdo concebir una dirección política que partiese de una selección meritocrática. Exigir de los aspirantes a gobernantes una formación y unas capacidades demostradas no es una amenaza para la democracia.

El problema de los méritos en política es precisamente la subjetividad actual en su valoración, ya que permite el dedazo, independientemente de las consecuencias que esa selección tenga para la comunidad.

No se trata de la búsqueda de la santidad, sino de asegurarse de que cada puesto dentro de los partidos políticos y de las instituciones esté cubierto por la persona más cualificada para él, independientemente de las banderías predemocráticas que caracterizan negativamente la vida de la casta ante los españoles.

La imagen de que los políticos son una casta no sólo se debe a la actuación lamentable de algunos, sino también a la conciencia social de que esos hombres y mujeres están para mejorar su nivel económico y social, y no porque fuesen los mejores.

Escribía Óscar Elía Mañú que “quizá la crisis sea nuestra gran oportunidad histórica”. Es sin duda una ocasión para la limpieza. España necesita menos políticos: una reducción del aparato público, especialmente de las Administraciones local y autonómica.

Debe reducir mucho el número de puestos electos o digitales y también el de personas que vivan de la política. Nadie además debe hacerlo para siempre y sin un oficio real al que volver cualquier día. España necesita confiar más en sus técnicos superiores. Muchas tareas deben ser desempeñadas por personas cualificadas profesionalmente en el curso de sus respectivas carreras. Todo de subsecretario para abajo puede ser hecho por técnicos. Para los pocos puestos necesariamente políticos, hay que poner y votar a los buenos, y no poner o no votar a los que no lo sean.

No hace muchos años en España teníamos en primera fila de la política a personas que aportaban de su inteligencia, formación y patrimonio, y no al revés, desde Nicolás Sartorius a Luis Guillermo Perinat pasando por Jorge Verstrynge o Julio Anguita.

Hoy la media en las Cortes y la Eurocámara es otra. Cada vez más profesionales, con cada vez menos méritos objetivos, con cada vez menos opciones de volver a la vida civil y con cada vez más escándalos los hacen parecer hombres de rapiña.

Con menos políticos, con más confianza en los técnicos superiores y con un veto absoluto a los que salen al escenario a medrar tendríamos de nuevo políticos al menos tan respetados como algunos jueces al viejo estilo.

*Pascual Tamburri es profesor de Historia.

Pascual Tamburri Bariain
La Gaceta, 20 de enero de 2011.