Generación indignada, generación perdida, generación incomprendida

Por Pascual Tamburri Bariain, 27 de mayo de 2011.

Muchos, desde Dominique Strauss-Kahn hasta Stéphane Hessel, han adulado y mimado a la generación de ‘indignados’ del 15-M. ¿Quieren cambiar el sistema sus mismos culpables? Vamos a ver…

Lucía Martín, ¿Generación perdida? Desmontando ideas sobre los jóvenes. Prólogo de Alfonso Armada. Áltera, Madrid, 2011. 190 pp. 16.90 €


Paulino Castells, Tenemos que educar. Ideas para acabar con la crisis de autoridad y la mala educación. Península, Barcelona, 2011. 256 pp. 19,90 €

Los jóvenes de 2011 son la generación más numerosa de la historia. No precisamente por expansión demográfica, sino porque los protagonistas de la crisis y del 15-M, los hijos del zapaterismo, se niegan a dejar de ser jóvenes después de haber insistido en serlo desde antes de tiempo. Desde los trece a los cuarenta y alguno, se definen jóvenes y se comportan como tales. Lucía Martín, además de ser por nacimiento miembro de esa generación, es una de sus mentes más despiertas y críticas, y es a la vez experta en esta sociedad y en su comunicación. Su libro sobre esta generación, mal conocida más que desconocida, es oportuno porque aclara muchas cosas que estamos viendo en las plazas y en las cámaras cuando este volumen ya había salido de las imprentas. Merece la pena leerlo, incluso si alguien quiere tener otra opinión.

Lucía Martín no es una de los “indignados”, pero sí es una de sus coetáneos y este libro explica quiénes son los que han salido a las calles. Tiene su parte de gracia y su no poco encanto que el que llamó “generación perdida” a la de la crisis, o sea a ésta, fuese precisamente el director del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Strauss-Kahn. Un hombre de otra edad… que como muchos de ellos se negó a envejecer y a madurar, como hemos visto recientemente. ¿Hombres así pueden ser modelos para los “perdidos”? ¿Sirve de modelo el manifiesto de Stéphane Hessel llamando a la indignación “contra los medios de comunicación de masas que no propongan como horizonte para nuestra juventud otras cosas que no sean el consumo en masa, el desprecio hacia los más débiles y hacia la cultura, la amnesia generalizada y la competición excesiva de todos contra todos”. Leer a Lucía Martín ayuda a entender que las cosas no son así, tan sencillas y lineales como uno las puede leer en la prensa oficiosa, por mucho que se quiera “rebelde” .

Está casi de moda una serie de ideas sobre la generación de los grados a la boloñesa, la generación Sinde, los crecidos en la opulencia y madurados en una crisis ilimitada, la generación que no ha conocido otra política que la partitocracia ni otra economía que el liberalcapitalismo, la generación en fin que se cree titular de todos los derechos y de sólo algunos deberes. No todas esas ideas son veraces ni ayudan a entender qué tenemos ante nosotros.

¿Es una generación sin futuro y sin valores? Puede que sí, o puede que más bien sea una sociedad entera la que no sabe dónde ir y no se atreve a creer en nada trascendente. Esta generación ha crecido con los mínimos vitales garantizados –veremos si no era mentira-, y encadenada a definiciones como la de mileuristas, ni-nis o hedonistas. Lucía Martín se atreve a poner por escrito y en orden una larga y no completa serie de verdades inconfesables sobre una generación mal educada a la que, muy injustamente, se le ha hecho creer que recibía la mejor formación posible.

Todos los problemas e injusticias estallan en las manos, o en los pies, de una generación que ha sido saturada de ficciones universitarias y de titulaciones, pero no de verdadera formación superior. Una generación convencida de que la diversión y el placer son derechos, de que el sexo es sólo un juego y de que la riqueza y sus placeres son para todos. Una generación, en fin, a la que algunos han dicho que el mundo no tenía límites y el conocimiento no requería esfuerzos. ¿Cuál es la consecuencia? La frustración, al topar con las realidades de un mundo menos cambiante en la práctica. El engaño, cuando intentan manipularlos mentirosos y populistas como José Luis Centella desde el Partido Comunista de España. Seguramente se queda corto Alberto Ruiz-Gallardón cuando dice que “lo que ha fracasado es el Gobierno” pero ¿quién negara que este sistema ha fallado? Lo que esta generación tiene derecho a saber es qué se ha hecho mal con ellos, y qué se sigue haciendo mal con los adolescentes de hoy.

Lo que no es cuestión sólo de indignarse, ni de democracia real; sino de ser realista con el mundo, y de educar.

Hay que educarlos, no que idolatrarlos

La educación es una de las principales materias que una sociedad debería cuidar para ser libre y justa, o sencillamente para ser. El libro de Paulino Castells, complementando perfectamente el de Lucía Martín y acertando por las mismas razones con el momento histórico, reivindica una educación tradicional con una vuelta a los valores que hagan de los adolescentes responsables ciudadanos. Así sea.

Dice Castells, “si usted va por la calle y ve a un grupo de chavales quemando un contenedor, seguro que se lo pensará dos veces antes de intervenir para recriminar a los gamberros su incívica actuación. ¿Por qué? Simplemente por miedo. Miedo o incertidumbre —llámelo como quiera—, porque usted no sabe cómo van a reaccionar estos mozalbetes empecinados en que el contenedor callejero arda como un tizón verbenero. También estoy convencido de que usted, que es una persona con dos dedos de frente, intuirá —¡y con muy buen tino!— que, en un primer momento, no conseguirá que reaccionen con acatamiento, humildad y arrepentimiento por el acto vandálico que están llevando a cabo. Todo lo contrario: lo mandarán a usted a la m…, y tendrá suerte si no le agreden físicamente por la irresponsable insolencia de meterse con ellos. Además, para mayor desesperación suya, aunque la calle esté bien concurrida, no debe esperar que ningún paseante acuda en su ayuda, ni para sumarse a su demanda cívica ni para evitar que lo muelan a palos; más bien mirarán hacia otro lado” .

Paulino Castells describe con precisión de científico escenas que llevamos décadas viviendo, y más en los centros de enseñanza, y que todos hemos visto en los últimos tiempos en las calles de toda España. No se ha dejado de educar: la cuestión es que hace mucho que educamos, sólo con algunas excepciones, para y en muy determinados valores. Luego no podemos quejarnos si los receptores de esa educación actúan en consecuencia.

En la España de 2011, si un maestro manda callar a sus alumnas, corre el riesgo de que éstas se consideren ofendidas, ya que ¿no han sido educadas en la igualdad y por tanto en la idea de que la opinión y la voz del docente no valen para nada más? Que nadie espere que se le reconozca autoridad alguna si ha educado en la negación de la misma. Y lo mismo valga para cada valor y cada principio. ¡Por supuesto que siempre habrá niños, jóvenes y adultos bien educados! Los habrá porque siempre hay buenas gentes, buenas familias y buenas comunidades, no sólo por suerte sino también por herencia y por resistencia. Pero los más, los predominantes, los modélicos, serán ellos sólo si como nación y como comunidad tomamos esa decisión. Eso sí, si no la tomamos que nadie se lamente de lo que inevitablemente está ya sucediendo.

Un complemento útil:
José Antonio Marina, El cerebro infantil: la gran oportunidad. Ariel, Planeta, Barcelona, 2011. 220 pp. 16.00 €

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 27 de mayo de 2011, sección “Libros”.
http://www.elsemanaldigital.com/generacion-indignada-generacion-perdida-generacion-incomprendida-114901.htm