Vente a Alemania, Pepino (ahora en griego y sin Alfredo Landa)

Por Pascual Tamburri, 15 de junio de 2011.

Alemania no pagará los daños de los pepinos. En el peor momento de nuestra economía, Europa vuelve a llevarse como emigrantes a los españoles que le interesan. Pagamos todos.

La crisis, ahora en su fase griega, nos hace temer lo peor y recordar de dónde venimos. La España tardofranquista se reía de sí misma, y mostraba con una sonrisa lo peor de la emigración al Norte de Europa, en aquella memorable “Vente a Alemania, Pepe“, de Alfredo Landa y José Sacristán. Aunque los progres culpaban a aquel régimen de la emigración de los años 50 y 60 del siglo XX, lo cierto es que era el mismo franquismo el que mostraba en las pantallas cómo lo mejor era en el fondo quedarse en España o volver a ella.

Aquella emigración, que parecía algo del pasado remoto y además completamente ajeno a nuestra modernidad democrática, ha vuelto. Alemania, que con el “pepinazo” nos acaba de hacer un daño económico incalculable –y lo que venga vía Atenas-, es el destino soñado de las decenas de miles de españoles que quieren emigrar. Porque aquella emigración (que desapareció) y ésta de la era ZapateroMerkel forman parte de una historia económica que, si nos la hubiesen contado hace sólo un lustro, no habríamos creído.

La explicación, en la historia económica

España tiene en 2011 18,1 millones de trabajadores ocupados y 4,9 de parados (todos ellos están, técnicamente, en activo) en una población de 47 millones. Según las fuentes, nuestro paro está entre el 20 y el 22%, estructuralmente parece orientado a subir y, desde luego, no a bajar rápidamente de ahí. No es que el PP diga que estamos mal, es que el PSOE lo reconoce y, más importante, que de verdad lo estamos. Dicen que tenemos la juventud mejor formada de Europa: estadísticamente puede que lo sea, pero también es la que, con un 45% de paro juvenil, incluye quizás un tercio de todos los parados jóvenes de la Unión. Estupendo.

Es opinión general que en 2007 estábamos infinitamente mejor: 20,5 millones de ocupados en una población de 45 millones, con un paro del 8% y una tasa de actividad similar a la de hoy, sólo que con muchos menos parados entre los activos. ¿Es por lo tanto deseable volver a 2007, con una situación derivada en buena medida de las reformas de la era Aznar?

A aquella posición y luego a ésta España ha llegado convirtiéndose a un nuevo modelo económico y social, y a una nueva escala de valores de la que parece que estamos muy orgullosos. Hemos aumentado desde el punto de partida de los 90 nuestra población activa, no ya incorporando nuevas levas de españoles nacidos o retornados, sino, vistos los menguantes efectivos del hundimiento demográfico y de la alargada enseñanza, forzando la incorporación de todas las mujeres y la entrada de tal vez siete millones de inmigrantes en lo que llevamos de siglo XXI.

Nuestro crecimiento y nuestra crisis incluyen que haya más trabajadores para mantener menos familias, que de hecho cobran menos (o lo que ganan vale menos) y que tienen que gastar una parte mayor de lo que ingresan (en el consumo obligatorio, en los cuidados sociales y en el pago de millones de trabajadores públicos que se han multiplicado). Todo esto, no lo olvidemos, en una España donde como mucho 2,5 millones de todos los inmigrantes trabajan (pero todos cobran) y donde enteros sectores de la economía han sido anulados del todo o casi del todo.

La empanadilla griega que dejarán para Rajoy

Así que las medidas que ahora propone Mariano Rajoy son correctas, porque señalan los puntos críticos de este modelo económico: el ahorro, el empleo, la estabilidad, la diversificación, la inversión. Eso sí, si nuestros gobernantes se limitan a señalar y parchear, o a pontificar desde dogmas liberales y/o socialdemócratas, tendremos una recuperación con límites. Saber dónde están los problemas, ayuda mucho tener presente que otros modelos son presentes, y obviamente no todos cojean por los mismos lados. Por supuesto que ninguna solución puede incluir volver a ningún pasado, pero pensemos que en 1975 familias más satisfechas (que tenían el doble de niños) en una España de 34 millones de habitantes incluían 13 millones y medio de trabajadores y sólo 0,5 de parados, con menos tasa de actividad (no mucha menos…) pero también con más tasa de ahorro. Había terminado la emigración, no había que mantener porcentajes elevados de funcionarios o de inmigrantes y aún no se habían desbordado los desequilibrios territoriales y sectoriales que hoy les puede señalar cualquier profesor de geografía.

Una solución estructural requerirá por parte de Rajoy un cambio profundo. Hay muchos y muy diversos enemigos ideológicos de que se hable de algo así. ¿Cómo es que tenemos a la vez emigración e inmigración?

Nuestra economía ha generado en la última generación millones de puestos de trabajo que han sido cubiertos, primero, con la movilización de las mujeres fuera del hogar, y después con la llegada masiva de trabajadores extranjeros de baja cualificación y bajo coste. El resumen hasta 2007 era sencillo: en España había más trabajadores asalariados que antes, y a la vez cada vez menos puestos de trabajo eran suficientes para mantener por sí mismos una familia con un nivel que consideremos digno (así que, por la razón que sea, cada vez más familias necesitaban dos o más trabajos asalariados) .

Un país ¿de progres o de nuevos ricos?

Parecían pasados para siempre los tiempos en los que muchos millones de españoles, no encontrando un lugar en la economía española, abandonaron España como emigrantes. A grandes rasgos, la historia lejana de la emigración era ésta: trabajadores con más iniciativa habían abandonado el país definitivamente a millones durante la primera modernización (la de la Restauración liberal, digamos entre 1874 y 1931). Su marcha empobreció a España, como denunciaron los regeneracionistas, pero se explica por los inicios de nuestra modernización industrial capitalista.

El franquismo tuvo también su época de emigración, aunque con matices: por razones ideológicas y prácticas se procuró y en gran parte consiguió que fuesen emigrantes temporales, que regresasen a España y que además, en lo posible, marchasen a países más cercanos (más a Europa que a América: como el representado por Alfredo Landa). Franquistas y antifranquistas estaban de acuerdo en que la emigración era mala, y en que tendía a degenerar en una selección a la inversa (emigraban los más capaces, ya que no los más formados). Al final del franquismo España, con todos sus defectos, ya no era un país de emigrantes. Quizás por ese pasado, y con lo que Jordi Pujol ha llamado complejo de “nuevos ricos”, los políticos españoles de todos los colores han estado tan orgullosos de los millones de inmigrantes que hemos recibido después.

Ahora eso se ha terminado. Los inmigrantes siguen entre nosotros, pero los españoles más cualificados reciben ofertas tentadoras para emigrar. Por supuesto que no se llama a los productos más escandalosos de nuestro sistema educativo, sino a los mejores, los más inteligentes, los mejor formados. Se empobrece en calidad y en cantidad al país. Y nuestros jóvenes –los mejores- no tienen ninguna razón para decir que no.

La herida ideológica que se ha hecho a nuestra juventud

A Alemania y a otros probables candidatos no les preocupa la mala formación de nuestra juventud: escogerán a la minoría de mejor preparados que necesiten (empobreciendo a España en calidad y generando un círculo vicioso en la economía), y si admiten mal cualificados productos de la LOGSE-LOE será para trabajar al nivel de otros inmigrantes tercermundistas (y empobreciéndonos cuantitativamente). Los miembros de esas generaciones han sido formados para poner su riqueza, bienestar y placer individuales por encima de todo otro valor. La España de 2011 es individualista, materialista y hedonista. El bien de la familia vale poco, y el bien común nada. El trabajo se explica como un medio para conseguir dinero. Y la educación como un medio para conseguir trabajo.

No pueden quejarse de la nueva emigración quienes han compartido durante años esos valores. Nadie ha recordado durante mucho tiempo, por ejemplo, la encíclica Laborem exercens de Juan Pablo II, que en 1981 pareció valientemente anticomunista (porque lo fue), pero que insta al hombre a trabajar por el bien común y exalta “el principio de la prioridad del trabajo sobre el capital”. Así que, por muchas razones, no podemos quejarnos de vivir en un país de pepinos, ya que no de pepes.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 15 de junio de 2011, sección “Ruta Norte”.
http://www.elsemanaldigital.com/blog/vente-alemania-pepino8207-ahora-griego-alfredo-landa-115297.html