La primera presidenta, aparente democracia, riesgo evidente

Por Pascual Tamburri, 27 de junio de 2011.

Nuestra España: sueldos portugueses, precios alemanes, impuestos suecos, corrupción búlgara, honradez rumana, política italiana, banca albanesa, sanidad británica y engreimiento francés.

“Nos tienen envidia porque España ostenta en sí las mejores características de los demás países europeos: sueldos portugueses, precios alemanes, impuestos suecos, corrupción búlgara, honradez rumana, política italiana, banca albanesa, sanidad británica y engreimiento francés.” El resumen de Javier López Barbarin es difícilmente superable en ironía, y en acierto. Por lo que hace a la política y a los profesionales de ella, su desprestigio supera ya al característico de Italia durante el último medio siglo.

Yolanda Barcina entra a presidir Navarra tras ganar unas elecciones difíciles y gobernando sobre una sociedad dividida no sólo por las opciones políticas. Ha decidido gobernar aplicando el modelo que los políticos, los periodistas y los politólogos llamaron consociativismo mientras tuvo en sus manos las riendas la generación de Giulio Andreotti. Con algunas diferencias, eso sí. Veremos a favor de quién.

Nuestra propia versión del consociativismo

Llamaban consociativismo a una forma de gobierno formalmente propia de los sistemas políticos democráticos que quieren conservar esa forma pero que a la vez tratan de gestionar una división múltiple y profunda tanto en la sociedad como en sus elites. En resumen, se trata de que sigan conviviendo minorías ideológicas, religiosas, lingüísticas o étnicas muy diferenciadas, y elites igualmente divididas. Una democracia pura y dura se basa en la lógica de la mayoría y la minoría, y en una mayoría que gobierna y aplica su programa frente a una minoría que es oposición y aspira a ser, en el futuro, mayoría y gobierno. Una democracia consociativa prescinde en cambio de quién gana o pierde, y múltiples fuerzas tienen cuotas de poder y de cargos institucionales, se aplica un programa plano que no se corresponde plenamente con el de nadie, y la oposición tiene que elegir entre a) integrarse en el futuro en la coalición de poder, b) influir en el ejercicio del poder sin compartir cargos institucionales, o c) ser verdadera oposición asumiendo que lo será para siempre mientras el sistema se mantenga en pie.

Lo llaman también power sharing, aunque sólo es una forma de compartirlo (y no la más democrática, como se ve). El politólogo holandés Arend Lijphart explica que muchas castas de políticos, en diferentes momentos y lugares, han construido sistemas consociativos sin conocer los modelos precedentes de la misma práctica. Y es que es una solución no traumática a corto plazo al “problema del quesito” que hace unos años se planteaba en público mi presidente Miguel Sanz, y que es el punto de partida de las decisiones que nos han traído aquí. Veremos dónde nos llevan en el futuro (y en qué suite del Averno nos encontramos con los asesores políticos y sociales del presidente).

Del pentapartito al bipartito

En nombre del “sentido de Estado” y de la estabilidad Italia fue gobernada por la misma coalición de centroizquierda desde la crisis del Gobierno Tambroni a la de la Primera República. Los democristianos, el centroderecha con todos sus matices, ganaron todas las elecciones sin excepción (pero sin mayoría absoluta ni coraje para gobernar en minoría). Fuerzas más o menos menores de centro y de izquierda, incluyendo al partido socialista de Bettino Craxi, compartieron el poder e impusieron partes esenciales de su programa. Hubo un reparto de cuotas de cargos, de poder y de Presupuesto que satisfizo a todos. En definitiva, el votante de centroderecha votaba para evitar una victoria de la oposición (las distintas variantes de la izquierda) pero durante décadas ese voto servía para mantener en el poder a políticos de izquierda o amigos de ella, y para aplicar políticas progres. Al grito de “que vienen los rojos”, el político sostenido por el votante católico respaldó, por ejemplo, la introducción del divorcio y del aborto.

El votante navarro de 2011 entenderá bastante bien qué fue el consociativismo italiano del siglo XX. En menos de un mes hemos visto cómo el líder socialista Roberto Jiménez pasa de mentar a Sarah Palin a defender a doña Yolanda Barcina. También hemos visto confirmado el reparto de poder, de cuotas, de puestos y de dineros entre UPN y PSN, y a ambos partidos explicar que no había otra opción. Hablaremos de eso enseguida, pero dos líneas antes para que queden claras las diferencias. El consociativismo à la Craxi estuvo protagonizado por dos generaciones de políticos con una brillante formación académica, profesionales exitosos, respetados representantes de sus profesiones y de sus regiones, y con genuino sentido del Estado.

Es verdad que los Gobiernos de Craxi y de Andreotti no fueron modélicamente democráticos, pero por una parte dejaron libre a la sociedad y hasta cierto punto a la economía, y el país no necesitó fingir ni ser tutelado por sus políticos para convertirse en una potencia económica y cultural mundial; por otro lado es verdad que cooptaron a las siguientes oleadas de políticos, pero con un cierto criterio de estilo, formación, capacidad y méritos que impiden fingir una minoría “abierta a la sociedad”… pero es que pretender lo contrario no deja de producir una sonrisa. Así que el consociativismo navarro de 2011 no es del todo, y no en lo peor, lo que fue aquel otro.

Para decir toda la verdad

La oposición (digo la de verdad) es la que tiene una vida más difícil frente a un sistema consociativo. Si no se somete a él, es fácil etiquetarla de antidemocrática o en todo caso de favorecedora de los “enemigos del sistema”. La derecha italiana estuvo casi cincuenta años en la oposición. Y si se somete, su única meta pasa a ser conseguir su cuota de poder, sus cargos y colocar a sus muchachos, renunciando a todo o casi todo su programa y sobre todo renunciando a algo esencial de todo sistema político sano, que es ser realmente alternativo. Y esto le pasó al partido socialista en Italia, que pasó luego del poder a la desaparición.

Me dicen, y lo creo por venir de donde viene, que el discurso de Santiago Cervera Soto ante la investidura de Yolanda Barcina fue brillante, al plantear el líder del PP navarro cinco preguntas a la candidata Barcina sobre cinco puntos esenciales a su juicio (presupuestos, impuestos, conciertos escolares, aborto y relación con el presidente Zapatero). La ahora presidenta no pudo o no quiso responder, porque son cinco puntos que efectivamente marcan la cuasifusión entre UPN y PSOE y por consiguiente la implantación de un sistema consociativo de reparto. Bien es cierto que otras actuaciones del PP y el tamaño del mismo no se lo ponen fácil a Cervera y los suyos, pero alguien tenía que decirlo. La verdadera cuestión es ahora para el PP: ¿ser la alternativa real a este sistema o aspirar a entrar en el mismo?

Dónde nos lleva el “sentido de Estado”

Conste que el consociativismo no se limita a esto. Consociativismo académico es, por ejemplo, Álvaro Ferrary hablando hace unos días a la prensa sobre don Luis Suárez. Consociativismo en los medios es leer y escuchar lo mismo en muchos de ellos, o los hijos y sobrinos de los poderosos que fueron, que son o que serán sorprendentemente seleccionados por el periódico para servir de corresponsales aficionados en el exterior. Consociativismo ideológico es presumir de que se ha hecho cambiar al propio partido (por supuesto “progresando hacia el centro” y sus derivados), pero luego asumir hasta el abuso las viejas formas de las viejas elites, a la vez odiadas, envidiadas, perseguidas, imitadas… y consociadas (o sea, desplazo a unos para luego vestirme como otros, invitarlos a mis bodas o favorecer a sus empresas, y todo lo demás).

Hay mucho de qué hablar, del aborto por supuesto, y también del consociativismo sindical, institucional, asociativo y empresarial (y el que no pase por el aro ya sabe perfectamente qué puede pasar). El riesgo es una sociedad menos libre y una política menos democrática, dígase lo que se quiera decir. Pero nos quedan muchas sorpresas por vivir y mucho tiempo para contarlo, si Dios quiere. Lo único que se puede pedir, vista la experiencia, es honestidad o al menos decoro. Y aún más importante, por más necesaria a este lado del Tirreno en este siglo, capacidad objetiva en la selección de las personas, ya que son los líderes y no los votos quienes al final las están eligiendo. Todo sea por la paz y el progreso, ¿no, presidenta?

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 27 de junio de 2011, sección “Ruta Norte”.
http://www.elsemanaldigital.com/blog/primera-presidenta-aparente-democracia-riesgo-evidente-115535.html