La gran culpa de los padres de Iker, y otros errores imperdonables

Por Pascual Tamburri, 24 de agosto de 2011.

Iker Casillas es sólo un ejemplo reciente de cómo están cambiando los nombres propios en España. La revolución cultural, en la que la manipulación lingüística es sólo una parte, avanza.

Hace unos pocos días, un lector habitual comentaba para nosotros el libro más reciente de Jesús Laínz, Desde Santurce a Bizancio: vivo en Galicia y me he dado cuenta que desde hace unos pocos años, los letrados, la Academia o no se quién, está INVENTANDO o sacándose de la manga nuevas palabras en gallego, ya que tratan de que cada palabra en castellano tenga su símil en gallego… Y no hablemos de la FUERZA que está haciendo el Sindicato de la Enseñanza en las escuelas. Los gallegos no saben el daño que se están haciendo a ellos mismos y a sus hijos…”.

La importancia de los cambios en los nombres

Un gran conjunto de verdades, que Laínz nos ha mostrado en los diversos campos de la manipulación lingüística. Coincidiendo con el profesor José Enrique Ruiz-Domènec, el caso de nuestro lector gallego se suma a un movimiento general de nuestra sociedad, en proceso de autodestrucción que habitualmente nos contentamos con llamar de cambio. “La magia de poner un nombre a un territorio, una persona, un animal o una planta es una manera de imitar a la divinidad“. El cambio de nombres se asocia a todo cambio, y por tanto también al de destrucción y construcción nacional, “la cristianización de los nombres fue una prueba de la integración de los pueblos bárbaros en la sociedad“, pues “cambiar de nombre es un emisor de significados“. Si los nacionalistas cambian los nombres de las cosas, de los lugares y de las personas es para destruir una identidad, la español, y construir o imponer las suyas. Una cuestión adicional es que los nacionalismos no están solos en esa destrucción. Pero vamos por pasos.

El primer gran inventor de una nueva onomástica, con el fin explícito de des-españolizar una parte de España, fue Sabino Arana en su obra póstuma Deun Ixendegi Euzkotarra, un santoral publicado por su colaborador Koldo (Luis) Elizalde. Lo que Arana empezó para su soñado Euskadi otros nacionalistas ya lo habían hecho en “naciones” de más envergadura, y otros lo imitaron después en movimientos menores o más tardíos. Los vascos de siempre se llamaban con nombres cristianos castellanos, tipo José María, o versiones con variantes ortográficas. Los que han hecho algunos nacionalistas es vasquizar sus nombres (Francisco José = Patxi Zabaleta) en el uso pero no en el Registro Civil, otros en cambio han utilizado los nombres sabinianos y los han convertido en moda social.

Algunos nombres eran traducciones imaginativas de nombres ya en uso; otros son nombres completamente nuevos, alusivos a fenómenos naturales o a viejas divinidades precristianas. Así, tenemos niños y jóvenes llamados Ugaitz, “Río torrencial”, nombre sin tradición histórica pero ahora mismo muy arraigado. Aitor, de origen literario, es totalmente moderno, pero sus usuarios no lo creen así. Asier es un personaje literario de Francisco Navarro Villoslada, como lo es Amaia. Y Urko es el nombre de un monte, por más que yo recuerdo a las criaturas al servicio de Saruman y Sauron cuando trato con Urkos. Iker, en cambio, es una versión euskalduna de un nombre cristiano, una advocación de la Virgen, pues Ikerne fue inventado por Arana como traducción de María Visitación, e Iker es su masculino.

Otros proyectos de nación están recorriendo el mismo camino, lo que motivaba el lamento de nuestro lector, de manera que por ejemplo Galicia se está llenando de nombres real o supuestamente gallegos, como Brais (Blas), Breogán, Breixo, Brandán, Tareixa (Teresa), Xisela, o traducciones militantes y tardías como la de un Ángel Manuel Quintana González que pasó a ser Anxo Quintana. Todo sea con tal de cortar la raíz cultural común, o de romper la identidad.

Pero no son sólo los nacionalistas

Si este proceso de cambio onomástico fuese sólo nacionalista se estaría limitando a las regiones periféricas afectadas, pero el cambio cultural destructivo tiene en España, como decíamos más arriba, más versiones que la abertzale y sus similares. En cualquier centro educativo, y ya en edades de trabajo, uno se encuentra habitualmente con Yéssicas, Vanes(s)as, Kévines y Brandons, y yo ya he conocido un Stalin y una Alaska, y variantes de lo más dispar, con la común voluntad de alejarse cuanto más posible de la tradición española y cristiana y de su natural evolución. Es la moda, no sólo nacionalista sino en general desarraigada de lo español y con fundamentos tan etéreos como una serie de televisión, un grupo de moda, un deportista de éxito o simplemente una voluntad de ser innovadores expresando a través de los nombres una revolución cultural, nacional o no.

Así es la cultura dominante, no nos engañemos. Las familias que por lo que sea quieren integrarse en la identidad del lugar en el que están, aunque sea renegando de la suya, imitan lo que ven y se convierten en los mayores usuarios de la nueva onomástica, como hacen los hijos y nietos de inmigrantes de otras regiones y países. Pregunten ustedes a los Gorkas, a los Jordis y a los Xurxos García López de dónde provienen, como los Georges… Y la imitación, multiplicada por los medios de comunicación y por los fenómenos de masas, no es sólo el nacionalismo.

Un ejemplo nos ahorra más explicaciones: Iker Casillas Fernández es madrileño, o si se prefiere de Móstoles, y de origen abulense. En 1981 los Casillas-Fernández tomaron una decisión renovadora, de cambio, e impusieron un nombre sabiniano al recién nacido. Cada año miles de españoles de todas las regiones, inspirados por su vástago, usan un nombre de tradición abertzale aunque la crean vasca. Los padres de Iker, gracias a la brillantez de su hijo, han servido de modelo a muchos otros que querían romper con el pasado o que en cualquier caso lo han hecho. Los Casillas no han hecho el mal, desde luego, pero su caso está sirviendo para que podamos ver la extensión del mismo en toda España.

¿Libertad, moda, revolución o cursilería?

Qué duda cabe, vivimos en un país libérrimo, donde uno puede imponer a su prole o usar en primera persona el nombre que le parezca y por la razón que quiera. Pero eso no nos excluye del deber de saber de dónde viene cada uno y del derecho a denunciar las causas y las consecuencias de un fenómeno onomástico muy poco inocente. Conste que deseo lo mejor para la Selección (la que ZP y sus perroflautas llaman ahora, interesadamente, Roja) y espero que Iker nos dure muchos años, pero cuando me toca dar clase a un Stalin, a una Iraultza o a una Progreso, o cuando veo un Iker recién nacido en Cáceres o con raíces en Ecuador, no puedo no pensar en qué desorden social y cultural estamos creando inconscientemente. Lo cual es una falsa libertad, y una victoria de quien nos quiere así.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 24 de agosto de 2011, sección “Ruta Norte”.
http://www.elsemanaldigital.com/blog/gran-culpa-padres-iker-otros-errores-imperdonables-116506.html