El colonialismo musulmán sí es bueno, aunque cause hambre

Por Pascual Tamburri, 31 de mayo de 2012.

Etiopía padece hambre y sed pero exporta alimentos y consume su agua para satisfacer los intereses de Arabia Saudí. Todos callan ante este neocolonialismo.

En España nos hemos hecho una idea muy equivocada, o al menos limitada, de qué representa el Islam en 2012. Para muchos españoles el mundo musulmán se identifica con los millones de inmigrantes africanos, y también asiáticos, que en la última década y media han entrado en nuestro país y a menudo se han instalado en él. Inmigrantes, diferentes, sin ánimo de marcharse, sin demasiada intención de cambiar y menos de hacerlo en la dirección en la que nuestra sociedad camina. Pero el Islam en el mundo es hoy mucho más que inmigración y marginalidad: se asocia al poder, a la riqueza, al dominio, a grandes cambios políticos, sociales y culturales. En el fondo, que los españoles sigan ignorando la fuerza mundial de los musulmanes y la importancia de los cambios en curso favorece esos mismos cambios: es la mejor manera de que no podamos ni opinar ni denunciar ni impedir una mutación que nos afecta.

Quizá lo peor no es que ignoremos la posición de los musulmanes entre los grandes poderes, sino que ignoremos (colectivamente, con excepciones: pero la ignoramos) nuestra propia posición. Los españoles cultos de 2012, y sus víctimas en las aulas, descalifican sin posible excusa el recuerdo de lo que fue el colonialismo europeo de todos los siglos anteriores al nuestro, asocian a él situaciones materiales y morales horribles de los pueblos colonizados (desde el hambre a la falta de libertad, desde la sed al uso de mano de obra y de mercenarios indígenas), y no sólo lo consideran malo en el pasado sino que buscan en el las causas y las culpas de los males actuales. A la vez, exculpan tanto a los gobernantes habidos desde las independencias como a los nuevos poderes que, con formas diferentes a las coloniales europeas, dirigen hoy sin demasiado disimulo muchas cosas en eso que ya no hay razón para llamar “tercer mundo” .

Tomemos un ejemplo, siempre ignorado, de un país que durante décadas ha sido exhibido en los medios de propaganda como el ejemplo de pobreza e injusticias causadas por el colonialismo europeo. Etiopía ocupa hoy más de 1.100.000 kilómetros cuadrados en el Este de África, sin salida al mar al haber conseguido Somalia y Eritrea su independencia y al permanecer fuera de su soberanía partes del espacio natural abisinio, en Sudán, Kenia y Yibuti. Un gran país, y uno de los más poblados de África además. Su macizo central constituye un altiplano con algunas de las mejores tierras de cultivo y de los climas más sanos del África subsahariana. En la periferia del país se extienden desiertos y sabanas ricos en recursos mineros y energéticos, hacia las distintas partes de la Somalia histórica y hacia el Norte, mientras que el Oeste está incluido en la cuenca del Nilo (el Nilo Azul nace del lago de Tana y parte de los afluentes del Nilo Blanco son también etíopes) y todo el Sur está dominado por el valle del Rift y por sus lagos, extendiéndose Etiopía hasta el mismo lago Rodolfo.

Etiopía no es un país castigado por la naturaleza ni privado de recursos de todo tipo. Sin embargo, desde los años 70 del siglo XX ha sido usado como la imagen viva de la pobreza y del hambre en el mundo, y de las terribles consecuencias del colonialismo. Que había y hay hambre, sed y terribles necesidades en Etiopía era y es indiscutible. Que tengan mucho que ver con el imperialismo europeo es, quizás, un poco más discutible, considerando que Etiopía no forma parte de ningún imperio occidental desde 1941, que sólo perteneció a uno durante seis años y que de ese período aún se conservan obras públicas en uso. Y es muy lamentable que se olvide, al considerar la situación actual de Etiopía, tanto sus muchos más años pasados dentro del bloque soviético como el creciente peso de un nuevo colonialismo del que nada se dice. Un peso creciente a la par que las dificultades vitales de los pueblos de Etiopía.

El mayor inversor extranjero en Etiopía es el jeque saudí Mohamed Al-Amoudi, propietario de Midroc, con intereses en muchos campos estratégicos incluyendo la educación, las obras públicas, la energía y la agricultura. A parte de él, actualmente hay unas 70 compañías de Arabia Saudí con intereses en Etiopía, cuyo número y volumen han aumentado drásticamente en los últimos cinco años. Para el gobierno de Addis Abeba, es decir para los intereses de los gobernantes, los recursos saudíes, y en concreto los de la familia real y su entorno, son especialmente apetecibles. Se han creado numerosos organismos y comisiones para promover que los saudíes, Kuwait y las monarquías del Golfo inviertan en la economía etíope. ¿Un acierto?

Algunas inversiones en Etiopía pueden ser discutibles, como la bien conocida del ciudadano de India que produce en Etiopía la mitad de las rosas que se venden en Europa –y que implica una desviación de tierra y agua en un país con hambre y sequía, aunque pueda ser rentable. No es discutible en cambio que Arabia Saudí tiene como prioridades estratégicas, en su propio provecho, la difusión de su versión del Islam (Etiopía no es ya un país institucionalmente cristiano), la gestión de la posible mano de obra inmigrante en Arabia y el control de los recursos mineros, el agua y la tierra cultivable. A esos fines y no a la caridad responden, como por lo demás es perfectamente legítimo, las sorprendentemente ignoradas intervenciones saudíes en África Oriental.

Ahora mismo, por ejemplo, la empresa Saudi Star está llevando a cabo una inversión de miles de millones en Gambella y su región, en el Oeste de Etiopía, destinando a la producción de arroz para la exportación comercial las mejores decenas de miles de hectáreas de regadío del país. En efecto, es una enorme inversión comprometida para más de una década, que supondrá la contratación de muchos etíopes primero en la creación y modernización de regadíos y después en su cultivo. Se emplearán los sistemas más modernos para llevar a esta zona de tierras fértiles y con sus propios ríos agua desde la presa de Alwero. Analizando la cuestión con criterios sólo comerciales, es una buena noticia para la Etiopía oficial, ya que el país recibirá tecnología, empleo e inversión. ¿Pero va a beneficiar eso a la Etiopía real, la de los reportajes sobre la sequía y el hambre?

Los saudíes se convierten en este lugar en la vanguardia de la “revolución agrícola”, y presentan como una buena noticia para Etiopía que algunos de los habitantes de Gambella, como antes en otras partes del país, vayan a convertirse en mano de obra asalariada, barata y poco cualificada en las mismas tierras que antes cultivaban para producir sus alimentos. El Gobierno etíope admite que, sin ser dura la sequía, ya hay en su territorio cuatro millones y medio de personas que sufren hambre; que no son las que continúan produciendo sus alimentos sino las reducidas a comprarlos, en general. Dice Saudi Star que su inversión generará al menos mil millones de dólares de beneficios para Etiopía y decenas de miles de puestos de trabajo para etíopes, sólo con poner la tierra fértil en sus manos. Probablemente sea cierto, pero lo que no se dice es de dónde y a qué precio saldrán los alimentos para dar de comer a los etíopes cuando las tierras cultivables del país están pasando rápidamente a servir para alimentar a las masas de trabajadores extranjeros que Arabia necesita para su actual modelo económico y que no puede alimentar.

La tierra cultivable es un recurso estratégico de primer orden en el siglo XXI, más de lo que lo ha sido en los dos anteriores, por razones demográficas, tecnológicas y energéticas. Si un país europeo hubiese hecho en Etiopía hace un siglo la mitad de lo que los saudíes hacen hoy hablaríamos hoy de colonialismo, y seguramente valoraríamos sus consecuencias, sólo las negativas. Pero el colonialismo del siglo XXI ha cambiado de nombre, aunque a veces ni siquiera mucho de formas, y al no ser europeo parece libre de todo pecado. Incluso de las culpas que los europeos no tuvieron. Curiosamente es Europa, a largo plazo, una gran perjudicada de este giro de tuerca neocolonial que nadie denuncia mientras que los europeos insisten sólo en flagelarse a sí mismos por las obras de sus antepasados. Puede que si callamos tengamos lo que nos merecemos.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 31 de mayo de 2012, sección “Ruta Norte”.
http://www.elsemanaldigital.com/blog/colonialismo-musulman-bueno-aunque-cause-hambre-121898.html