Estado de Emergencia en el País de Nunca Jamás

Por Pascual Tamburri, 5 de julio de 2012.

Los políticos hacen soñar a sus clientes con un futuro mejor, ajeno a todos los errores del pasado. Y es que para los políticos de este sistema el pasado no existe.

Ha vuelto la moda, siempre popular y populista, de invocar los grandes consensos como si sólo de ellos pudiesen salir las grandes soluciones para los grandes problemas. Qué duda cabe de que España tiene grandes, enormes problemas, de los cuales muchos no son económicos. Y qué duda cabe de que la división entre los españoles y la guerra abierta entre sus políticos en nada beneficia a la solución de esos problemas. Pero queda por ver en qué modo esos consensos son posibles en democracia, al menos en una democracia como la nuestra.

Suelen invocarse, en debates como éste y en momentos difíciles, los consensos que dicen nuestros políticos que lograron en la Transición. En La Moncloa, Adolfo Suárez cedió ante la izquierda política y sindical en temas esenciales a cambio de una relativa paz social. ¿Fue un acierto? Desde luego la Transición se hizo, pero el contenido de aquel consenso, nacido como concesión temporal, quedó reflejado en Leyes Orgánicas y en la Constitución, de modo que las concesiones se hicieron permanentes y el precio de la paz, o de su simulacro, quizá demasiado alto.

Una democracia moderna no es el País de Nunca Jamás. Se basa, sencillamente, en ofrecer a los ciudadanos distintas soluciones, y el voto libre de la gente determina qué se hará. El sistema, por supuesto, es imperfecto, pero si queremos vivir en democracia ese principio es irrenunciable. En consecuencia, no es posible institucionalizar el consenso, porque éste implica el fin de la elección y por tanto de la democracia. Es un bonito deseo, seguramente a menudo necesario, pero no es un deseo estrictamente democrático. En democracia, ha de gobernar quien ganó y con el programa con el que lo hizo, no con buenos e ilusos deseos de hadas.

Decía el otro día, a la pregunta de un amigo, que “salvo en un estado de emergencia, cuyo reconocimiento además depende de la propia clase política“, la actual Constitución no es el marco más adecuado para llegar a un consenso político, puesto que todo el sistema, en tanto en cuanto es democrático, se basa en la contraposición y no en el consenso. Efectivamente, pueden existir unos estados de anormalidad constitucional en los que el normal funcionamiento de las instituciones democráticas haya de suspenderse, y en los que, ante grandes crisis nacionales, hayan de tomarse decisiones o de autoridad o por consenso entre las grandes fuerzas. Toca a nuestros líderes políticos decidir, justo ahora, si este estado de descomposición nacional ha de solucionarse asumiendo poderes de emergencia, suspendiendo autonomías regionales o incluso apelando a los estados de alarma y demás, que tienen perfecta cabida en la Constitución. Seguro que con buenas intenciones y felices sueños de un amanecer venturoso no llegamos demasiado lejos, y si algunos no entienden la diferencia entre democracia y consenso quizá es que de niños Peter Pan no fue generoso con ellos (y ellas) .

En cualquier caso, las crisis no se solucionan con buenas intenciones. Podemos discutir si esta crisis cabe en las actuales instituciones (de las que tan poco se fía la gente) o si para salir de ella es preciso apelar a nuevos y diferentes sistemas, corrigiendo a la vez lo que en las instituciones (y la clase política) se ha demostrado que no funciona. Pero lo que no podemos hacer, de ningún modo, es saltarnos las instituciones y decir a la vez que son ellas las que nos están salvando. Porque eso no se lo creen ni los niños, y si insisten en vendernos un producto tan averiado tendremos que llamar al Capitán Garfio para que nos saque de ésta. Y de todas las demás.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 5 de julio de 2012, sección “Ruta Norte”.
http://www.elsemanaldigital.com/blog/estado-emergencia-pais-nunca-jamas-122656.html