El consenso, enfermedad infantil de las reformas (y su vacuna)

Por Pascual Tamburri, 9 de julio de 2012.

Elegimos gobernantes para que ejerzan el poder. Pactar con los perdedores y no cumplir el programa sería la peor opción, digan lo que digan las encuestas.

El ministro más impopular según las encuestas es José Ignacio Wert, el que peor valoración recibe en un Gobierno ya de por sí en dificultades. La tentación de nuestro ministro de Educación, en los tiempos que corren, parece sencilla: limitarse a tener buenas relaciones con los sindicatos, con la oposición y con los medios de comunicación de izquierdas para mejorar su valoración, aunque el precio fuese renunciar al programa del Partido Popular o desarrollar una política educativa fundada en los (anti)valores de la progresía.

Sin embargo Wert, que no es ni novato ni incauto, ha sorprendido a ajenos y aún más a propios diciendo que “no vamos a supeditar la esencia de la reforma al consenso“. Esto significa que Wert y su equipo están dispuestos a llevar adelante el programa explícito e implícito del PP, de manera que se dé la vuelta por entero al sistema educativo que padecemos y que estamos de acuerdo, menos los que lo crearon para imponer su ideología y los que se benefician de él, en definir como lamentable.

No se trata de que estemos todos de acuerdo en todo lo que se comenta en el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, es más es seguro que habrá muchos asuntos discutidos y discutibles. La secretaria de Estado de Educación, Montserrat Gomendio, ha sugerido por ejemplo que el mes de julio sea lectivo con clases en Primaria y Secundaria para los alumnos con mayores problemas de rendimiento; sin duda habrá justificadas opiniones enfrentadas. Pero las ideas de fondo del PP sí son claras, tienen un evidente respaldo democrático y se justifican completamente con los pésimos resultados (no tanto en notas como en formación) del sistema en curso. Por ejemplo, ¿de verdad hay muchas opiniones sólidas que justifiquen el infinito número de asignaturas, especialmente optativas y demás, en alumnos a los que no ha dado una firme formación común en lengua, matemáticas, ciencias, historia o lengua extranjera?

Dice Wert que “se trata de una reforma sensata, prudente, no es ideológica, a no ser que consideremos ideológico pretender que los españoles tengan una mejor educación“. Frente a él, y contra él, el secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, plantea como cuestiones innegociables (es decir, lo que él no incluirá en ningún hipotético consenso) la existencia de reválidas, la uniformidad de los grupos de alumnos y el recorte de los medios materiales y humanos. Es decir, que Rubalcaba, viejo gestor de la educación socialista, no aceptará ninguna reforma educativa que cambie los puntos esenciales de la educación que tenemos. Lo cual es una afirmación de principio: los socialistas o niegan los problemas o pretenden que para solucionarlos se apliquen las mismas medidas que los han creado.

Wert dice y millones de españoles creemos que el sistema educativo español “se ha deslizado hacia la mediocridad“. Nuestros estudiantes salen, sí, más titulados pero peor formados, y en pruebas objetivas –y en la prueba objetiva de la comparación con otros- así se comprueba. La Prueba de Acceso a la Universidad, la Selectividad, no selecciona nada (y su creación procede de la reforma de 1970, de la que arrancan en buena medida los males que, multiplicados, hoy padecemos). Los estudiantes españoles (y sus maestros y profesores) deberán demostrar el nivel que alcanzan al final de cada nivel formativo, y hacerlo en reválidas objetivas, no internas a su centro ni simbólicas ante las Universidades, que ya tienen sus propios problemas.

Al final la forma de no segregar es no medir y las consecuencias de no medir es que no existen aspiraciones de rendimiento“, dice Wert. Contra todo consenso, se trata por fin de liquidar la ideología comprehensiva del marxismo educativo, y de dar a cada alumno la formación que requiere, de la que lo único seguro es que no es ni jamás será la misma para todos, puesto que son diferentes en capacidad y en vocación. Se trata de que cada uno reciba lo mejor para demostrar sin lugar a dudas lo mejor de sí mismo, algo que antes de 2004 ya planteó Esperanza Aguirre desde el Ministerio.

El senador Marcello de Angelis recordaba el otro día, a propósito de la mala valoración de los políticos, una de las citas menos frecuentes de Platón: “Uno de los castigos que te esperan por no haber participado en la política es ser gobernado por seres inferiores“. Una cosa resulta evidente, trátese de la educación como en este caso o de cualquier otro campo del gobierno: nos podemos quejar sólo en la medida en que nosotros mismos ofrecemos nuestra contribución, al máximo y mejor nivel posible, a la acción política. Si nos quejamos desde la pasividad, o si una vez que uno alcanza posiciones de poder prefiere dedicarse más a conservarlas que a ejercerlas, perdemos todo derecho a lamentarnos de lo que va mal y a criticar a los que gobiernan. No es posible ganar unas elecciones y después no hacer nada o hacer, en nombre del consenso, lo que harían los que perdieron. Por eso estaremos muy contentos si Wert hace lo que dice; trabajaremos más pero estaremos intentando solucionar el cáncer nacional que España tiene en su patético sistema educativo.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 9 de julio de 2012, sección “Ruta Norte”.
http://www.elsemanaldigital.com/blog/consenso-enfermedad-infantil-reformas-vacuna-122727.html