Sin Esperanza habrá vida: esta partida no ha hecho más que empezar

Por Pascual Tamburri, 4 de octubre de 2012.

Muchos españoles no se encuentran representados en la política de hoy. Su número crece al irse Esperanza Aguirre. Bastantes han carecido siempre de representación. ¿Problema sin salida?

La dimisión de Esperanza Aguirre multiplicó la desazón que ya sentía una parte de la sociedad española. Bien o mal, la presidenta había dado esperanzas políticas a muchos españoles sólidamente de derechas (unos pocos por convicción ideológica, muchos más por pertenecer a ese «macizo de la raza» del que hablaba Dionisio Ridruejo) y a otros simplemente identitarios. El PP necesita para vencer en las urnas que ese sector de la opinión no tenga representación propia y mayoritariamente le vote; y que lo haga con poca o ninguna satisfacción política e institucional, porque las zalamerías son para el centroizquierda que, en cambio, nunca le vota (lean ustedes las encuestas más recientes y den las gracias a la clarividencia del doctor Arriola). Esperanza daba esperanza a muchos, incluso a los más alejados de cualquier liberalismo. Para los hipercríticos contribuía a un engaño, pero lo cierto es que nunca como en los últimos años la «derecha social«, pasiva e inerme desde hacía décadas, se había movilizado incluso en masa en torno a ella, o escuchando la COPE y EsRadio, o leyéndonos, o junto a la AVT, o por el 11M, contra el separatismo, contra el zapaterismo y pidiendo un verdadero cambio, más aún ante la crisis.

No creo yo que haya que alegrarse de la retirada de Esperanza Aguirre. Tampoco que deba sumarse a la lista de añoranzas ya demasiado larga en algunos. Si la gran masa social antisocialista, identitaria, españolista, estaba huérfana o se siente ahora huérfana es justamente porque nadie como ella ha conseguido ponerse en el centro de las esperanzas de muchos, muy diferentes. En todo caso, hay que pensar en el mañana, no sólo político sino sobre todo y ante todo cultural y social. Ese bloque social, al que hay que sumar los que por una u otra razón permanecieron inmunes a los encantos de la presidenta, necesita hoy como ayer puntos de encuentro para sus fuerzas en todas las dimensiones. Nunca los ha tenido propios; sólo a veces los ha encontrado fuera de sí. Ahora tendrá que pensar o resignarse a quedar de nuevo al margen de la realidad.

Fuera de todo voluntarismo, de cualquier nostalgia y los correspondientes sectarismos, Fernando Vaquero Oroquieta acaba de publicar el mejor análisis de la situación en la que Esperanza Aguirre deja a la derecha española. A partir del análisis de Vaquero, la derecha social, y también el Partido Popular, tendrá que dilucidar las posibles líneas de acción. Ha llegado la hora de pensar, no es tiempo de lamentelas estériles.

¿Una derecha social española sin Esperanza?

La dimisión de Esperanza Aguirre en la presidencia de la Comunidad de Madrid -todavía sin aclarar en su dimensión real- el pasado 17 de septiembre, ha dejado huérfano y desnortado a un sector sociopolítico muy concreto: el de la derecha liberal-conservadora española.

Su indisimulado y gozoso anticomunismo, su patriotismo acreditado, sus castizas y calculadas salidas de tono…, fueron expresiones de un carisma que atrajo las simpatías de numerosos españoles; no sólo de Madrid. Y ello hasta el punto de ser -hasta ayer mismo- el rostro más definido y, acaso, la esperanza política de buena parte de esa derecha social: mientras estuviera Esperanza, sus seguidores se encontrarían tranquilos.

Es algo incuestionable: en España existe un espacio sociológico, perfectamente reconocible, que bien puede denominarse como «derecha social». Un sector muy plural de la población española, tanto genética como organizativamente, a la que uniría una mentalidad sustentada en unos valores comunes en buena medida «políticamente incorrectos». Estamos hablando de la defensa de la familia y la vida, del esfuerzo personal y comunitario, de la libertad personal y colectiva, de la cohesión nacional española, de una postura inequívoca frente al terrorismo y sus apoyos, de una concepción ética de la vida de raíces cristianas, etc. Por otra parte, nuevas realidades sociales, como las generadas por el impacto de la inmigración y la aplicación criminalizadora de las leyes de género a muchos miles de varones, deslizarían a nuevos colectivos hacia esas orillas que, pase lo que pase, siempre están ahí.

En este contexto, el liberalismo de Aguirre venía encarnando una de las «almas» de esa derecha social, acaso la más relevante política y mediáticamente hablando. Así, este liberalismo-conservador venía siendo cultivado, en su día, desde las combativas trincheras de COPE y Libertad Digital y, posteriormente, desde las ondas de esRadio. Otros medios de comunicación vienen compitiendo por ese mismo sector social: Intereconomía, ABC, La Razón…

La derecha social española, en sentido amplio, se ha proyectado, a lo largo de estas últimas décadas, en diversos movimientos: el pro-vida, la objeción a educación para la ciudadanía, la libertad de enseñanza, el esclarecimiento de los atentados del 11-M de 2004 tiempo atrás, el apoyo a las víctimas del terrorismo, la defensa de la identidad y la lengua españolas, la regeneración de la vida política… Sin ser tales banderas patrimonio exclusivo de la derecha social, no puede sustraérsele el mérito de ser la identidad colectiva que más fielmente se ha movilizado en cuantas ocasiones se le ha convocado bajo tales pretextos. Y ello, muchas veces, a pesar de un progresivamente indiferente Partido Popular que supuestamente le representaría.

A esta derecha social se le suele definir con diversos adjetivos. Ya hemos mencionado el de liberal. También suelen acompañarle –sin que necesariamente coincidan en todos sus matices y expresiones- los de católica, patriótica, nacional, populista; incluso el de identitaria, según inéditos vientos procedentes de Europa. En todo caso, no está representada nítidamente por ningún partido político español.

No obstante, buena parte de ella sigue asociada a un Partido Popular, que en su evidente deslizamiento hacia un light «centro» político -cuando no hacia una versión moderada de socialdemocracia (su recientísimo flirteo con la zapateril «Alianza de las Civilizaciones» lo acreditaría en el plano metapolítico)- se está alejando de sus valores más caracterizadores. Pero todavía permanecen en el mismo algunas personalidades que encarnan esos valores en cierta medida. Es el caso de Jaime Mayor Oreja, Aleix Vidal-Quadras, Santiago Abascal, María San Gil… Y el de algunas fundaciones, también más o menos cercanas a este partido, caso de Defensa de la Nación Española, Valores y Sociedad, Fundación Burke… ¿y FAES?

Desde la refundación de Alianza Popular en 1989 en el actual Partido Popular, en circunstancias muy diversas, se ha especulado con la necesidad, real o presunta, de un partido netamente conservador que asumiera las señas de identidad de la derecha social. El PADE de Juan Ramón Calero, fundado hacia 1996, fue acaso el intento más serio en ese sentido.

Otros actores, del siempre convulso panorama político español, trataron de recalar en sus aguas; de ahí el efímero éxito en 1989 de tan atípica como excéntrica Agrupación Ruiz Mateos (nada menos que la cosecha en las europeas de 608.560 votos). Y si nos remontamos a los inicios de la democracia, podríamos asociarla incluso con el escaño conseguido por Blas Piñar y su pronto extinta Unión Nacional en 1979.

Más recientemente, en el pasado año 2009, algunos depositaron sus esperanzas en Montserrat Nebrera. Rápidamente se verían decepcionados ante la inconsistencia de su bagaje y proyecto.

Otra frustrada tentativa, que también trató de pescar en los caladeros de votos de la derecha social, fue la de Ciudadanos-Libertas en las europeas de 2009, gracias al aval de Intereconomía. Y, ahora mismo, es el periodista Enrique de Diego quien con el micro-partido Regeneración, expresión política de su Plataforma de las Clases Medias, viene explorando el terreno, reuniéndose con gentes tan diversas como José Luis Roberto, de España 2000 o Nieves Ciprés, de Derecha Navarra y Española. Ya se asoció con anterioridad, en cierta medida, rompiendo pronto, con Josep Anglada y su Plataforma por Cataluña; quien por su parte pretende exportar su indudable éxito al resto de España por medio de la titubeante Plataforma por la Libertad.

Pero quien –sin duda- va a jugar esta baza es el polifacético e inasequible al desaliento Mario Conde, quien con su novísima criatura, Sociedad Civil y Democracia, que celebrará su congreso constituyente el próximo 6 de octubre, querrá resarcirse de tantos y tantos fracasos; entre otros, el que ya sufriera en la arena política, en el año 2000, cuando encabezó las listas electorales del glorioso CDS fundado por el añorado Adolfo Suárez.

Paradójicamente -dada la insalvable divergencia ideológica existente entre la derecha social y el socialismo progresista del que proceden- Rosa Díez y su UPyD han logrado sumar no pocos votos procedentes de tan plural derecha, a resultas de su enérgica defensa de la cohesión de la nación española y de la igualdad real de todos los españoles ante la Ley. Un «éxito» indicativo del fracaso de la proyección política de esa derecha.

No olvidemos, por último, a un minúsculo partido autodefinido como social-cristiano, Alternativa Española (AES), que desde 2003 sigue reclamando para sí, vanamente, tal espacio.

En tan peculiar contexto, la desaparición política de Esperanza Aguirre priva a la derecha social de un anclaje decisivo en el Partido Popular; deviniendo más huérfana progresivamente de líderes y de expectativas reales de «tocar» poder real. Pero, no obstante tan negativo balance, a la derecha social le queda una importante misión, que no es otra que perseverar con lo que mejor se le da: hacer sociedad, por medio de asociaciones de todo tipo, fundaciones, colegios, plataformas transversales, locales juveniles (la reciente aparición de diversas iniciativas, en suelo español, en la estela de Casa Pound Italia, es un fenómeno a valorar), grupos de ocio y tiempo libre, editoriales, publicaciones diversas…

Así, en estos tiempos de crisis familiar, social, económica y nacional, ante la ausencia de una alternativa política creíble, la derecha social española puede y debe seguir aportando su acreditada creatividad y capacidad de movilización colectiva en aras del bien común y al servicio de las personas concretas. Ni más, ni menos.

De este modo, también para la derecha social española, la esperanza es lo último que se pierde.

Fernando José Vaquero Oroquieta

Diario Liberal, 28/09/12

Hay algo peor que la orfandad y la desesperanza, pero también que la manipulación centrista de las voluntades y los votos. El peor enemigo de la derecha social fue antes de Aguirre y lo es ahora también la miopía personalista unida a la ceguera sectaria. Si algo se puede aprender de Esperanza Aguirre es que hacer política no es encerrarse en el gueto de uno ni regodearse en la exquisitez ideológica (y menos aún engañar con ello al prójimo), sino interpretar y dar sentido, desde convicciones firmes e indestructibles, a la necesidad y las voluntades de la parte más sana del pueblo español. Ahí es nada, pero es lo que hay que hacer, alejando sin piedad a quien vuelva a proponernos las mismas miserias tantas veces ruinosas. Es el momento de hacerlo.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 4 de octubre de 2012, sección «Ruta Norte».
http://www.elsemanaldigital.com/blog/esperanza-habra-vida-esta-partida-hecho-empezar-124546.html