Diez años que conmovieron al mundo (y a la Tierra Media)

Por Pascual Tamburri Bariain, 27 de octubre de 2012.

El año terminará con el estreno de El Hobbit, como hace una década con El Señor de los Anillos. España y nuestras vidas han cambiado radicalmente. ¿Hay razones para tanta desesperanza?

El año terminará con el estreno de El Hobbit, como hace una década con El Señor de los Anillos. España y nuestras vidas han cambiado radicalmente. ¿Hay razones para tanta desesperanza?


Me siento junto al fuego y pienso en todo lo que he visto, en flores silvestres y mariposas de veranos que han sido. En hojas amarillas y telarañas, en otoños que fueron, la niebla en la mañana, el sol de plata y el viento en mis cabellos. Me siento junto al fuego y pienso cómo el mundo será, cuando llegue el invierno sin una primavera que yo pueda mirar. Pues hay todavía tantas cosas que yo jamás he visto: en todos los bosques y primaveras hay un verde distinto. Me siento junto al fuego y pienso en las gentes de ayer, y en gentes que verán un mundo que no conoceré. Y mientras estoy aquí sentado pensando en otras épocas espero oír unos pasos que vuelven y voces en la puerta.

I sit beside the fire and think of all that I have seen, of meadow-flowers and butterflies in summers that have been; Of yellow leaves and gossamer in autumns that there were, with morning mist and silver sun and wind upon my hair. I sit beside the fire and think of how the world will be when winter comes without a spring that I shall ever see. For still there are so many things that I have never seen: in every wood in every spring there is a different green. I sit beside the fire and think of people long ago, and people who will see a world that I shall never know. But all the while I sit and think of times there were before, I listen for returning feet and voices at the door.


Loretta Napoleoni. 10 años que conmovieron al mundo, 2001-2011. Traducción de Francisco Martín Arribas. Paidós, Barcelona, 2012. 224 pp. 23 €.

Ha pasado un siglo desde Frodo a Bilbo, nuestro mundo de 2001 a 2011 ha cambiado más que en muchas décadas de nuestro pasado reciente, y sin embargo no terminamos de ser conscientes de esto. Hay días que no se olvidan. No he olvidado, y hace más de 30 años, el día en que me regalaron el primer volumen de El Señor de los Anillos. Y no he olvidado los días en los que, justo a comienzos de este milenio, asistimos a los estrenos de las tres partes de la versión del libro para pantalla grande. Diez diciembres después, falta poco más de dos meses, se estrenará la primera parte de El Hobbit. Ha cambiado mucho España en una década, han cambiado nuestras vidas, han cambiado los horizontes que nos ofrecen; otras cosas no han cambiado, aunque bastantes de ellas deberían haberlo hecho y desaparecido, y algunas más, permanentes, siguen siendo verdades dignas de ser defendidas. El Hobbit nos da la oportunidad de pensar en estos cambios, algunos abismales y sorprendentes y otros no tanto.

Más allá de las frías y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas,
en busca del metal amarillo encantado,
hemos de ir, antes que el día nazca.
Los enanos echaban hechizos poderosos
mientras las mazas tañían como campanas,
en simas donde duermen criaturas sombrías,
en salas huecas bajo las montañas.
Far over the misty mountains cold
To dungeons deep and caverns old
We must away ere break of day
To seek the pale enchanted gold.
The dwarves of yore made mightly spells,
While hammers fell like ringing bells
In places deep, where dark things sleep,
In hollow halls beneath the fells
.

Loretta Napoleoni ha contado estos diez años “que conmovieron al mundo” en un libro que combina el estilo de Twitter y el formato de un anuario periodístico o geográfico. Pero no es un balance al modo del Calendario De Agostini, ya que Napoleoni ha elegido para el libro de Paidós diez selecciones anuales de tweets que cuentan los principales hechos del año vistos con la perspectiva de una década más tarde. Así, leemos los grandes acontecimientos de cada año, y también la descripción de las situaciones, en unas pocas páginas que sin embargo abarcan todos los aspectos de la vida internacional y los asuntos que conmovieron a los principales países y al mundo entero, no en grandes divagaciones sino en parrafillos de tres líneas fácilmente comprensibles.

El formato es un acierto, también lo es la elección del tema. Mientras los vivíamos, no comprendíamos la profundidad de los cambios que en esta década todos nosotros disfrutábamos, padecíamos o simplemente contemplábamos. Hace falta sentarse a verlo contado en pequeñas frases, para entender de verdad cómo hemos pasado de los atentados del 11S (el mismo año del estreno de La Compañía del Anillo) a un mundo en crisis y con cada vez más potencias con la voluntad y quizá los medios de estar en primera fila, una década después. Mientras lo vivíamos no lo veíamos, y leerlo contado en párrafos breves permite comprender la importancia de las cosas, la absoluta y la relativa, y ayuda a valorar nuestra propia posición, más de cara al futuro que al pasado.

Ni en economía, ni en sociedad, ni en ideas, ni en cultura, ni en política interior, ni mucho menos en geopolítica y relaciones internacionales, esta década ha pasado en vano. El mundo en el que conocimos a Frodo saliendo de Bolsón cerrado era aún un recién llegado a los medios digitales y casi un huérfano de la Guerra Fría; el mundo en el que vamos a conocer a Bilbo es uno en el que a nuestros jóvenes les interesa más su consola que su equipo de fútbol, y en el que en muchos lugares más de la mitad de los niños no son de origen ni de cultura española.

“Todos vosotros conocéis la profunda melancolía que nos sobrecoge al recordar tiempos felices. Esos tiempos que se han alejado para no volver más y de los cuales estamos más implacablemente separados que por cualquier distancia”. Seguramente tenía razón Ernst Jünger, y la nostalgia de tiempos pasados, aunque no la merezcan demasiado, está en nuestra naturaleza. Napoleoni no intenta promover la nostalgia, pero sí ayuda a conservar el recuerdo y a ponderar la importancia de lo que hemos vivido. Olvidar no es una buena solución, pero sí una tentación (un modo simple de negar los problemas), añorar el año de Frodo y del 11-S es otra que la situación actual multiplica.

Claro, no todos pertenecemos a la partida de Thorin hijo de Thrain, pero no por eso cambia la idea: muy a menudo para encontrar un futuro deseable hurgamos en el pasado, aunque sea idealizándolo. La verdad es que la España de El Señor de los Anillos, 2001, 2002, 2003, la España de Aznar, de las Azores y del Prestige, pero también una España que crecía, que era respetada e incluso envidiada, no era una España peor que ésta. Tenemos más paro, nuestra economía va peor, y los defectos de la política, que ya existían, ahora se ven mejor gracias a la crisis y a Zapatero. Estoy convencido de que en marzo de 2004 había más cosas constitucionalmente posibles que las que se hicieron, pero en julio de 2002 en Perejil se usaron las Fuerzas Armadas de un modo que en los años sucesivos no habría sido ni siquiera imaginable. Es normal, es razonable, que se idealice aquel pasado como los enanos soñaban con el de sus antepasados antes de Smaug, y sería ridículo pretender que en 2008, 2010 ó 2012 estuviésemos mejor en algún sentido… o en la mayoría de ellos, porque siempre hay excepciones.

También es normal y es razonable perder muchas esperanzas al comparar aquel pasado y este presente; no es cuestión de gobernantes, es el conjunto de las cosas en el país. No se trata tanto de acontecimientos cuanto de la visión que los españoles tenemos del mundo. La casta política, los que se reparten las prebendas y se perpetúan en ellas, tiene aún más poder del que tenía y no muestra síntomas de cansancio ni de retirada. Si en unas elecciones europeas un sorprendente ejercicio de democracia interna en UPN dejó a Miguel Sanz sin el candidato que quería ver aclamado (su entonces entrañable amigo Santiago Cervera), no hemos visto nada similar después en ese ni en otros partidos. Así que no es que las cosas no cambien: es que cambian a menudo para confirmar el rumbo que el país ha tomado, para profundizar en él y no para corregirse. Diez años después, en España hay menos esperanza en la gente y, si acaso, más envidia.

“Es la esencia negativa de nuestro país. En España, los que valen de verdad son humillados. La humillación a la inteligencia es la característica primordial de nuestra historia. Los putañeros, los histriónicos, los que ponen el culo, los palafreneros de la lisonja, los piojosos, los lameculos, también son hombres insignes que aparecen en los libros de las escuelas”. Era pesimista Pedro Mario Herrero, en su Atado y bien atado de 1994, pero difícilmente se le puede corregir una coma. La cuestión es más bien entrever dónde iremos desde el estreno de El Hobbit al del Silmarillion, sea cuando sea éste.

El camino sigue y sigue desde la puerta.
El camino ha ido muy lejos,
y si es posible he de seguirlo
recorriéndole con pie decidido
hasta llegar a un camino más ancho
donde se encuentran senderos y cursos.
¿Y de ahí adónde iré? No podría decirlo.
The Road goes ever on and on
Down from the door where it began.
Now far ahead the Road has gone,
And I must follow, if I can,
Pursuing it with eager feet,
Until it joins some larger way
Where many paths and errands meet.
And whither then? I cannot say.

Podríamos sentarnos a debatir qué errores se han cometido para traernos a este punto de honda crisis nacional, crisis en la que lo económico tiene cada vez menos peso, crisis en la que se está decidiendo, y no bien, el futuro político, social, cultural y espiritual de las generaciones que vendrán de españoles. Podríamos lamentar esos errores, pero no es tiempo de eso: si algo nos hace aprender Tolkien es que la batalla del mañana es la que merece ser luchada, aunque haya que aprender de la de ayer para combatir. Y España ha vivido una década de opulencia en la que todo parecía posible, sin serlo, y en la que nada parecía demasiado caro, demasiado lejano o demasiado atrevido. Una década en la que nos parecía que nuestro éxito económico colectivo ponía todo en nuestras manos, y en la que parecían tener razón los que nos predicaban la importancia central de la economía. Pero era mentira.

La verdad es que, aunque hayamos pasado de infinito a cero en cuanto a esperanza, el camino sigue. La misma Napoleoni nos ayuda a esta reflexión echando la vista atrás; con errores y aciertos, venimos juntos por el camino. Hay un camino que los españoles recorreremos juntos, y pese a la apariencia no hay razón para la desesperanza. El país sigue siendo una gran nación de Europa, y aunque nuestra fuerza biológica no es la que fue tampoco es desdeñable. España puede crecer en todos los sectores productivos porque tiene una población susceptible de grandes esfuerzos. Lo que no tenemos derecho a hacer es a educar a la siguiente generación en el engaño de la vida fácil y de las eternas venturas, no podemos condenarlos a ese sufrimiento del mismo modo que no debemos hundirnos en la ignorancia de una formación mísera o en las mentiras de una instrucción política patética. Pero hay, más allá de tantos malos momentos, en otra década quizá o más allá, una España para la que hay un mañana.

A Elbereth Gilthoniel, silivren penna míriel o menel aglar elenath! Na-chaered palan-díriel o galadhremmin ennorath, Fanuilos, le linnathon nef aear, sí nef aearon!

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 27 de octubre de 2012, sección “Libros”.
http://www.elsemanaldigital.com/diez-anos-conmovieron-mundo-tierra-media-124998.htm