Los dos cuerpos de Juan Carlos I: cojea el Rey, tiembla la Corona

Por Pascual Tamburri, 22 de noviembre de 2012.

La Corona no ha entendido su dimensión permanente y sagrada y que al volverse contra ella ha dañado su propio futuro. Es más grave que unos resbalones económicos, personales y familiares.

Ernst Kantorowicz, a la vez historiador y protagonista de una vida apasionante, dedicó su vida a estudiar cómo el poder –sobre todo el poder consagrado de la realeza- tiene a la vez una dimensión pasajera y otra permanente. En “Los dos cuerpos del Rey”, el medievalista alemán demostró que un rey, para serlo, ostenta una doble personalidad, a la vez temporal (pasajera) y corporativa (institucional y trascendente, al menos en su origen). A esta cuestión, que ya había planteado antes de la Segunda Guerra Mundial, y a sus múltiples dimensiones y matices, dedicó Kantorowicz el grueso de su trabajo exiliado en Berkeley y en Princeton. El oficio y la persona del rey, y el reino material y el inmaterial, tienen en Europa a lo largo de más de un milenio una compleja y sutil elaboración que determina la identidad colectiva y la vida pública, incluso hasta nuestro siglo. Kantorowicz hilvanó sus hallazgos en literatos, juristas, teólogos, pensadores, canonistas, historiadores y artistas de múltiples siglos y países, sin seguir un orden cronológico ni geográfico; busca respuestas a su pregunta y a todas las partes y consecuencias de ésta, y trata en una prosa sólida pero que no deja huir con facilidad al lector.

Kantorowizc llega hasta el presente contestando a las inquietudes políticas que vivimos en nuestro siglo, en el que la realeza se eclipsa, el Estado nación decae, las instituciones presumen de no-trascendencia y sin embargo seguimos necesitando saber qué es y qué camino recorre nuestra comunidad política y su monarca, sacro a su pesar quizá. El Rey, con todos los problemas que afronta, demuestra necesitar una nueva interpretación de la naturaleza del poder y de la realeza, tomando del pasado ideas para explicar también fenómenos presentes. Un Rey es hoy, desde luego, una pieza del juego constitucional, una persona que “reina pero no gobierna”, casi uno más en medio de la política; y así ha sido siempre, porque siempre ha habido una dimensión civil y transitoria del ser Rey. Pero a la vez ha habido siempre una parte permanente, sagrada, del poder del Rey, no en realidad “por la Gracia de Dios” sino más bien “trasunto de lo eterno”; y el Rey-hombre, pasajero, deriva siempre su dignidad y la parte no discutible de su legitimidad de saber ser digno del Rey-símbolo. Los problemas se acumulan cuando la realeza eterna se ve traicionada por la conducta indigna de los representantes de la realeza terrena.

Kantorowicz demostró (y recordó) que en la Europa cristiana hay una dimensión personal, pasajera, terrena, del Rey, pero vive y no muere una abstracción y otra dimensión espiritual que es la del Rey permanente; ese Rey es depósito de todas las virtudes, de todos los deberes, modelo y encarnación del reino mismo y de su permanencia. Y esos dos cuerpos inseparables del Rey, en una doctrina que no es ni mucho menos sólo medieval y que está en la base de la vieja monarquía española, se sustentan el uno en el otro, y sobran los ejemplos en los que la miopía, el egoísmo y los errores terminaron por romper lo irrompible. El problema va mucho más allá de una crisis económica y política o de una serie de resbalones personales y familiares, llega precisamente a lo simbólico y en el peor momento. Yo no se si Akal habrá pensado en regalar a Su Majestad el Rey un ejemplar de la última edición de Kantorowicz, pero creo que la necesita o al menos sería conveniente para él y su Casa que se le explicase.

Como es sabido, la monarquía española moderna no tiene un ritual ni una simbología propios. No hay entre nosotros hace muchos siglos ni unción ni coronación, aunque por Kantorowicz sabemos que eso no implica una monarquía menos sacra ni priva a nuestros reyes de ser, a la vez, hombres y mujeres de su tiempo y representantes (necesariamente dignos) de una realidad intemporal. Juan Carlos I fue proclamado Rey, por voluntad del anterior Jefe del Estado, ante el Pleno conjunto de las Cortes y del Consejo del Reino del 22 de noviembre de 1975, en uniforme de capitán general. Precedido de un segundo juramento solemne de las siete leyes constitucionales entonces vigentes, pronunció su primer “Discurso de la Corona”, incluyendo el famoso “Una figura excepcional entra en la Historia”, etc etc. El 27 de noviembre en San Jerónimo el Real el rito fue confirmado con una Misa del Espíritu Santo. Tal rito, entendido como vínculo entre el Rey que perdura y el que se mezcla en las bajezas cotidianas, es débil en España, pero no inexistente y desde luego no supone que Juan Carlos I pueda permitirse ignorar o maltratar su dimensión trascendente.

Mientras, la revisión histórica del franquismo prosigue. Empezó con Zapatero, pero es muy reciente, y de la mano de Luis María Ansón, la muy poco científica redefinición por la RAE de aquel régimen como “totalitario”, mientras que la RAH y Luis Suárez Fernández persisten en entenderlo como sólo “autoritario”. Esto supone para el Rey un problema de legitimidad y de símbolos. Explica Kantorowicz que los ritos y símbolos de la monarquía sirven de enlace entre el rey “terreno” y el otro cuerpo trascendente, eterno y permanente del rey. Si los ritos que hicieron Rey a Juan Carlos I son ahora deslegitimados por militaristas, franquistas y totalitarios, si los símbolos de la monarquía cambian según los vientos (mayormente zurdos) de la política, si se condena como un mal absoluto esa parte de nuestro pasado en la que este Rey y esta monarquía hunden sus raíces vivas, tampoco el revisionismo histórico estará ayudando mucho a que Juan Carlos I (nuestro rey pasajero) y la monarquía (no sólo el hipotético Felipe VI sino el Rey sacro y permanente) tengan un futuro.

Publicado el 20 de noviembre de 2012 en La Gaceta

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 22 de noviembre de 2012, sección “Ruta Norte”.
http://www.elsemanaldigital.com/blog/cuerpos-juan-carlos-cojea-tiembla–125562.html