Elogio parcial de Sor Intrépida y reproche a Maravall y Rubalcaba

Por Pascual Tamburri, 17 de diciembre de 2012.

Wert intenta reparar en la educación males que viene de muy atrás, incluso de antes del paso de Maravall y Rubalcaba por el Ministerio. Pero ellos son los que menos pueden quejarse.

En El camino de vuelta, recordando las tres décadas pasadas desde octubre de 1982 y desde la formación del primer Gobierno de Felipe González en aquel diciembre, Joaquín Leguina hace memoria y trata de situar las cosas en su contexto de entonces. Intelectualmente, la moda desde mayo de 1968 había sido en nuestra izquierda y el huero centro el marxismo progre combinado con el maoísmo y el estructuralismo, nada menos. El libro de Leguina, que ha publicado La Esfera, es de agradecer, se lee con agrado y provecho y ha merecido comentarios y silencios igualmente reveladores. Sin embargo, quizá por ir sólo a lo importante, muchos detalles justamente del contexto han pasado inadvertidos.

Joaquín Leguina, economista de formación española y francesa, Estadístico Superior del Estado por oposición cuando éstas no eran precisamente un regalo, aún hoy dice “apreciar y practicar el rigor que entonces se vivía en las Universidades francesas“. Pero no se refiere a la formación posterior a mayo del 68, sino justamente al modelo académico serio, jerárquico y riguroso anterior, contra el que los progres de Francia primero y de otros lugares después se alzaron. Y Leguina llama “decididamente idiotas” a consignas como “Los planes de estudio son represión. Escapa del mostruo” o “los estudiantes son el nuevo proletariado“, verdaderas necedades de extrema izquierda radical… sobre las que se han construido nuestras reformas educativas desde 1985, las que debemos a los progres y a las que debemos nuestra espléndida situación intelectual, académica e incluso (que no es ni jamás será lo principal) económica.

La revolución Wert, como ha dado en llamarla Mikel Buesa, no es ni pretende ser tal. La educación española ha cambiado en 1938 con Pedro Sáinz Rodríguez, en 1970 con Villar Palasí y desde 1982 con José Antonio Maravall (avalado por su padre, su cátedra, su militancia y su equipo, Rubalcaba incluido). Aquellas fueron revoluciones, y quizá la más radical la de la LGE del 70. De la de Wert, junto a unos cuantos parches urgentes, lo más que prevé Buesa es el enfado de los afectados socialcomunistas y nacionalistas “los unos porque prevén la fisura de su totalizante sistema de inmersión lingüística y los otros porque creen arrumbado su ilusorio método para aparentar la igualdad de todos los españoles mediante el expediente del aprobado general“. Claro, claro, mal no está, y hay más. Pero eso no basta para una revolución.

Quizá ahora sí necesitamos una revolución. Cuenta también Leguina que en la moción de censura de 1980 de Felipe González contra Adolfo Suárez se adujo como una de las razones el deterioro de los servicios públicos, incluyendo la educación. Tres décadas después, Buesa y muchos con él cree que hoy es “ruinoso el estado de nuestra educación; un estado al que condujo la reforma educativa de 1990 y que se hizo manifiesto una década más tarde, cuando las primeras generaciones de la ESO llegaron a la universidad. Los indicadores más llamativos del asolado sistema de enseñanza que aún está vigente son los que se refieren al fracaso escolar y al bajo nivel de conocimientos que se adquieren en las aulas españolas“. Así que la LODE y la LOGSE han causado este panorama de hoy. Sumando a él, además, una sobrecarga de docentes y funcionarios de méritos malamente verificados y un gasto desproporcionado a los resultados. Eso sí, junto a la imposición en el sistema “revolucionario” de los prejuicios ideológicos de los que lo definieron. Y ahí siguen, las ideas si no las personas.

La generación mejor formada” de la historia de España, según los discípulos de Maravall, cuesta más de 6000 euros por cabeza y año al Estado a cambio de obtener unos resultados objetivos escandalosamente bajos en nuestro entorno y más bajos que en 1982… eso sí, con más porcentaje de graduados, porque el espíritu de las Leyes y de esa “calidad” burocrática que tanto fomenta el onanismo mental de los gestores del sistema y que se consigue… simplemente aprobando alumnos, no haciendo que se eduquen. Cosa que se además se agradece, teniendo en cuenta que muchos docentes impartiesen enseñanzas de conocimientos que no poseen ni jamás han demostrado poseer. Lo peor no es, por tanto, el fracaso escolar de los que salen del sistema sin título, sino la devaluación del título de secundaria a fuerza de regalarlo, a fuerza de considerar el título un éxito en sí, a fuerza de promover la mediocridad y de reprimir la excelencia (la de verdad) y la existencia de una élite intelectual y académica.

No hacen falta más recursos, sino un profesorado mejor, más formado (y si hace falta para ello más pagado) aunque sea menor en número, capaz de dar y pedir excelencia y respeto. No necesitamos más diversidad en el aula, sino centros especializados. No necesitamos protocolos de gestión de la diversidad variopinta, sino que de esos alumnos se ocupen personas capacitadas para ello. Si el alumno no ha aprendido en casa a comportarse educadamente, tiene tres opciones, todas excelentes: quedarse en su casa hasta que su familia le de lo que hasta el momento no le había dado, acudir a un centro especializado en eso u otorgar a los docentes toda la autoridad necesaria para hacerlo. Y eso, que era antes una tradición, ahora sería una revolución. Joaquín Ruiz Jiménez en la década de 1950, acusado en su momento de tibio y pacato, ni desmontó todo el sistema de Sáinz Rodríguez ni se aventuró a lo loco en lo que entonces era modernidad educativa. Seguramente pudo hacer más, pero los obispos no estaban por la labor y él era el más democristiano de todas las Sor Intrépidas. Esa prudencia y ese equilibrio, por los que entonces unos le acusaron de modernista y otros de esclavo del clero y del capital (sin ser nada cierto ni todo falso), hoy sí sería una revolución. Sería Sor Intrépida, pero entonces había un Bachillerato digno de tal nombre que otros países han reformado y conservado, no dinamitado. Volver a tener uno sí que sería una reforma… o una revolución.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 17 de diciembre de 2012, sección “Ruta Norte”.
http://www.elsemanaldigital.com/blog/elogio-parcial-intrepida-reproche-maravall-rubalcaba-126074.html