El fascista español que dijo la verdad a Franco y terminó socialista

Por Pascual Tamburri Bariain, 1 de marzo de 2013.

Joven falangista. Jerarca franquista. Enamorado de Italia. Combatiente en Rusia. Totalitario. Crítico con el régimen. Represaliado. Periodista. Opositor. Encarcelado. Demócrata. ¡Hombre!

Joven falangista. Jerarca franquista. Enamorado de Italia. Combatiente en Rusia. Totalitario. Crítico con el régimen. Represaliado. Periodista. Opositor. Encarcelado. Demócrata. ¡Hombre!


Dionisio Ridruejo. Casi unas memorias. Edición de Jordi Amat. Península, Barcelona, 2012. 624 pp. 24,90 €.

Península reedita, justo cuando Dionisio Ridruejo habría cumplido 100 años, un libro excepcional en su género para entender la política española desde antes de la Guerra Civil hasta el final del franquismo. Dionisio Ridruejo fue un joven inquieto de la burguesía provinciana castellana, su inquietud estética e intelectual le hizo estudiante y poeta, su desazón social lo acercó, en la agonía de la Segunda República, a lo parecía ser el Fascismo español, la Falange de un José Antonio en los márgenes de cuya corte literaria entró. La Guerra Civil hizo de él, además, un hombre público, y el franquismo despertó en él las mayores ilusiones y la mayor decepción. Voluntario en la División Azul, su decepción con el franquismo lo llevó paulatinamente al ostracismo y luego al antifranquismo. Pero lo singular de Ridruejo, que sus memorias recogen, es que nunca se negó a sí mismo, que contó cada paso de su pasado sin pretender hacerlo desde el presente, y que conservó sus gustos estéticos, sus inquietudes de todo tipo y sus variadas amistades. Aún en el mismo 2012, en noviembre y en el Ateneo de Sevilla, Aquilino Duque, amigo personal del poeta, pudo rendirle homenaje.

Dionisio Ridruejo fue falangista cuando nadie lo era, antes de la conversión de las masas juveniles derechistas tras la victoria del Frente Popular. Y lo fue tanto por adhesión humana y personal a José Antonio como por convicción de que aquello, que él veía sin dudas como fascismo, era la solución para una España azorada. Es siempre interesante leer contado por uno que lo vivió qué extraña combinación de iniciativas literarias y de medias lecturas y percepciones interiores y exteriores fue aquella. Dionisio, el Dionisio maduro cuyos textos se reunieron para crear estas “casi” memorias, tiene el atractivo de una prosa cuidada, de un a reflexión serena y ya distante, y de una sincera aceptación de qué fue aquello, con todas las que después se vieron como lacras y defectos pero que en su tiempo se sintieron como virtudes y atractivos.

Otros, y no pocos, han contado su historia mintiendo sobre ella o, directamente, olvidando las partes inconvenientes, y muy a menudo atribuyéndose intuiciones y anticipaciones poco creíbles. En la España de 1936 había muy pocos demócratas, y seguramente casi ninguno en la de 1939. Casi por casualidad, Ridruejo cuenta cómo pasó de la simple militancia azul a las altas jerarquías del Estado y del Partido (cuando España tuvo de nuevo un Estado y un Partido, o un embrión de ambos mejor dicho, entre Salamanca y Burgos). Los retratos humanos de los militares, los políticos, los diplomáticos, los artistas y los personajes de paso son únicos en su género y permiten conocer mejor aquella España. Sólo por ellos habría valido la pena esta reedición.

El porqué de la guerra, y el cómo de la paz, siempre nos serán desconocidos en sus detalles. Pero desde luego que en las palabras del Dionisio Ridruejo de 1938 hay más verdades y más sinceridad que en las memorias póstumas de Santiago Carrillo que acaban de editarse en 2012. “Cuando el Estado se encuentra en la sima, cuando las instituciones están podridas, abandonadas o deshechas, cuando la situación nacional es deplorable, cuando un pueblo, como pasaba en España, ha renunciado a su destino cobardemente; cuando un pueblo, como sucedía con el nuestro, se ha dejado arrebatar todas sus instituciones sin un tiro de defensa; cuando un pueblo se declara vencido, está postrado, entonces el empujón que le renueva, la violencia que le saca de quicio, la revolución que le perturba, sólo le puede lanzar por el camino ascensional de la grandeza” .

Amigo además de colaborador de Ramón Serrano Súñer, Ridruejo compartió con él muchas cosas: el patriotismo, la asunción de que todo el poder pasaba por Franco, la convicción de que España necesitaba modernizarse y europeizarse (muy lejos de todo tradicionalismo y más aún del clericalismo que ya entonces lastraba el protorrégimen), la doble seguridad de que el Eje habría de vencer la guerra y de que sólo un Estado totalitario (realmente totalitario, pero a la italiana, y realmente fascista) podía cumplir todas las tareas pendientes. El peso de reaccionarios, capitalistas, banqueros y gentes de sacristía alrededor de Franco derrotó las ilusiones de ambos pero no suprimió de golpe ni sus convicciones ni sus lealtades. Enamorados de Italia uno y otro, los dos conservaron tras 1942 y tras 1945 sus afinidades humanas y culturales. Quizá la diferencia sea más bien de horizontes: mientras que en 1942 un Ridruejo curtido en Rusia pidió por escrito a Franco el cumplimiento del programa social falangista, y terminó por ello fuera del régimen y desterrado, en 1945 un Serrano siempre realista, ya fuera de todo cargo, aconsejó a su cuñado que asumiese la democratización como camino entonces evidente a la modernización.

Eso explica también que Serrano Súñer, fuera de la política, no fuese opositor al régimen sino ajeno al mismo, mientras que Ridruejo, indignado con él, se hizo opositor. Los dos supieron siempre que la Falange era, si era algo, el fascismo español, pero que nunca había llegado a ser más que una ficción de partido único. Fascistas fueron y nunca negaron haber sido, aunque al modo italiano, con toda lógica sin duda; y ambos hasta su muerte se sonrieron de las hueras pretensiones a- o anti- fascistas de algunos falangistas de variado pelaje. Hubo en España fascistas, y muchos más aún ilusionados con el horizonte fascista, y esto incluyendo a muchas de las primeras cabezas y de las primeras plumas de España, pero no, decisivamente, al Jefe del Estado que estaba llamado a serlo también de un movimiento. Y da razón, para Ridruejo y también para Serrano, de cómo y por qué el franquismo creció con fecha de caducidad, nacido para no durar y crecido para dar forma y vehículo a viejas, caducas y aun muertas castas, sectas, poderes y tutelas. Serrano se limitó a esperar que todo terminase; Ridruejo, más joven, formado de otro modo, buscó quizá a modo de expiación acelerar el proceso y hacerlo navegar hacia una democracia social que sería, quizá, lo menos lejano de su juvenil falangismo.

Dionisio Ridruejo no escribió sus memorias, pero sí los elementos para que se reconstruyesen y hoy podamos releerlas con provecho. El provecho, por ejemplo, de recordar que la Guerra Civil no tuvo en el Frente Popular a sus “buenos”, que hubo una seria tentación totalitaria que sólo el resultado de 1945 cortó y cómo el régimen del que surge el actual no fue, pese a sus defectos y miserias, la suma de todos los males. Esto, dicho y reconocido por un hombre empeñado en la segunda parte de su vida en acelerar el fin del sistema que él había ayudado a crear, pero siempre fiel a un cierto estilo y a unas cuantas cuestiones que le acompañaron siempre y que bien pudo heredar (pero no parece que lo haya hecho) un cierto centroizquierda. Desde una sorprendente coherencia personal tenemos aquí otra visión del franquismo y del que fue creador de su primera imagen y bien pudo ser, si las cosas hubiesen ido de otro modo, altísimo jerarca en vez de opositor. Cosas de una historia que ahora, en medio de una crisis no menor que la de los 30, podemos leer con justo y fruto.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 1 de marzo de 2013, sección “Libros”.
http://www.elsemanaldigital.com/fascista-espanol-dijo-verdad-franco-termino-socialista-127487.htm