Rutinas viciosas y grupos de presión contra los planes de Wert

Por Pascual Tamburri Bariain, 10 de mayo de 2013.

¿Pueden arreglar la educación los mismos hombres y las mismas ideas que la han arruinado? ¿Basta cambiar las leyes para que cambie todo lo que no funciona? Parece que no…

Álvaro Delgado-Gal, Jesús Hernández Alonso y Xavier Pericay, editores. La Universidad cercada. Testimonios de un naufragio. Anagrama, Barcelona, 2013. 392 pp. 19.90 €.


Luis Sola Gutiérrez. La Educación en el recuerdo. Cartas de un profesor jubilado a una excompañera en activo. Prólogo de Berta Lázaro. Siníndice, Logroño, 2013. 265 pp. 15.00 €.

El Gobierno de Mariano Rajoy emprende su reforma educativa en medio de protestas sindicales. Sin sorpresas. Hace unas semanas sorprendió en una Cuarta de El País una larga y ponderada reflexión de Clara Eugenia Núñez Sobre la reforma universitaria. Tema eterno, manido y aparentemente insoluble, como todo lo relativo a la educación en España. Pero la profesora Núñez reconocía no sólo los problemas señalados por el proyecto reformista de José Ignacio Wert sino también el acierto de algunas de sus ideas, la gravedad de bastantes de los problemas lejanos y cercanos, los reiterados errores en las anteriores leyes de reforma. No es Núñez militante conocida del PP ni acrítico su acercamiento a la reforma de Wert, pero parece demostrarse que la educación necesita cambios y que éstos han de partir, a riesgo de ser peores que lo que tenemos, del olvido de todos los prejuicios de partido.

La Universidad española, de la que Núñez dice que “nada hace prever que sea capaz de reformarse a sí misma simplemente porque una nueva ley lo diga“, no tiene rumbo conocido, y si lo tiene formará parte de la crisis nacional y educativa que vivimos. Jesús Hernández, con la colaboración de Álvaro Delgado-Gal y Xavier Pericay trabajando para Anagrama, ha reunido las opiniones normalmente ignoradas de algunos españoles que sin embargo saben mucho de las aulas. En la última década, y concretamente desde la reforma general de los planes de estudio, de la investigación y de los Cuerpos docentes derivada de la lectura peninsular de lo que llaman ´Plan Bolonia´, cientos de catedráticos de primera fila se han jubilado anticipadamente o en todo caso han aceptado sin más su retiro. Son personas muy diferentes entre sí por sus ideas, por su formación y por su origen; pero que Francisco Sosa Wagner, Miguel Ángel Alario, Roberto Blanco Valdés, Francesc de Carreras, Fernando Checa, Gabriel Tortilla, Carlos García Gual, Francisco García Olmedo, Román Gubern, Emilio Lamo de Espinosa y Jordi Llovet entre otros muchos hayan aceptado casi a la vez renunciar al ejercicio de su vocación implica que algo no funciona bien, algo que no son especialmente los alumnos.

En las opiniones que se recogen en La Universidad cercada, a menudo divergentes, hay una coincidencia general en que la Universidad no funciona institucionalmente (la autonomía universitaria no ha hecho que funcione mejor ni recupere su vieja gloria, sino que se convierta en una parte politizada más de un sistema inoperante), no funciona humanamente (la selección del profesorado, si existe, no es objetiva, pues si el viejo sistema de oposiciones reales tenía sus defectos muchos más tiene la apariencia progre de la calificación anónima, endogámica como nunca; y la selección del alumnado ni se plantea), no funciona socialmente (ni se sabe qué servicios presta a la nación ni se valora cómo lo hace). Por eso es interesante ver cómo profesores que conocen la Universidad pero que tienen ya toda la libertad de hablar y escribir sin ningún interés material tienden a coincidir en intuir los problemas y las salidas.

José Ignacio Wert debe saber que nuestros problemas educativos no vienen ni del mal llamado Plan Bolonia y ni siquiera de las reformas introducidas por el PSOE y nunca enmendadas por el PP hasta ahora. La Universidad española, como toda la educación española con excepciones aisladas, no ha sido la vanguardia intelectual de Europa desde hace siglos y no ha liderado moralmente la nación desde hace décadas. De todas las posibles funciones que la educación superior ha desempeñado en la historia, no sabemos exactamente cuáles atribuir a nuestra Universidad, y desgraciadamente lo único que se entrevé es un cierto consenso en dar la las facultades las tareas utilitario-economicistas que antes correspondían, todo lo más, a las escuelas de formación profesional. La Universidad está masificada en sus alumnos y aún más en sus docentes, como todo el sistema educativo; masificada más que por exceso de números por defecto de calidad académica, de excelencia, por no colocarse cada cual en el nivel docente y discente que le corresponda por sus capacidades y su vocación. Teniendo que elegir entre el universalismo igualitario y la excelencia elitista se ha optado, y no ahora, por lo peor de los dos mundos; teniendo que optar entre la total autonomía corporativa y la jerárquica dependencia ministerial parece que hayamos seleccionado los aspectos más mezquinos de los dos sistemas. Y así nos va.

Varios de los profesores opinan, yendo incluso contra sus propias opiniones de décadas, que sin un golpe de timón en las normas no se saldrá de la crisis, pero que cambiar las normas no bastará: hay que cambiar las personas. Importante es que en esto coincidan nombres tan prestigiosos y distantes, porque algo hay evidente: quienes con sus decisiones, con su acción (o inacción) y con sus ideas y opiniones han creado en actual modelo educativo que coincidimos en ver fallido difícilmente pueden sacarlo de su ruina. Tampoco los políticos y gestores en el mismo caso por cierto. Quizá porque más que un retoque parcial y tímido sobre los errores más sangrantes de lo que vivimos lo que haya que hacer es diseñar e implantar un nuevo sistema, pasando por encima de todo y pensando en el bien futuro de España y de los españoles que vendrán. Las pocas veces que algo así se ha hecho, con muchas dificultades, ha terminado dando frutos. Y no podemos permitirnos menos que eso, como uno entenderá leyendo análisis sólo aparentemente dispares de catedráticos tan distintos.

Y lo que vale para la Universidad vale, cómo no, para todos

Por evidente que sea el fracaso del sistema educativo, más fuertes que la voluntad de cambiar (a mejor, se supone) son aún las rutinas establecidas, los supuestos derechos adquiridos y los varios grupos de presión –de empresas a sindicatos, de partidos a periódicos- que actúan para que nada cambie, o para que los cambios se limiten, como tantas otras veces, a lo periférico y no a los principios centrales del sistema (que son sus problemas). Esto, que es verdad como vemos en la Universidad, vale para todo el sistema educativo. Vale también lo ya constatado en la Universidad: las personas que han gestionado el sistema y que han predicado la bondad de los principios de los que se deriva su fracaso no están moralmente cualificadas, y prácticamente tampoco, ni para quejarse de lo que vivimos ni desde luego para cambiarlo.

Esto, que es un hecho, es lo que da todo su valor a los testimonios universitarios publicados por Anagrama. Y en cierto modo es el mayor valor de una novedad que acaba de publicar Editorial Siníndice dentro de su Colección Pedagogía: La Educación en el recuerdo, de Luis Sola. Recurriendo a la más que tradicional ficción epistolar, el doctor Sola en sus Cartas de un profesor jubilado combina su experiencia docente ya terminada con su valoración de los problemas y retos de la educación de hoy y de mañana. Es muy ilustrativo ver cómo es posible empaparse durante décadas de los sermones pedagógicos de El País y prensa afín para después constatar que la docencia en el siglo XXI es más difícil que nunca… quizá porque a la organización del sistema se han aplicado las ideas tan largo tiempo defendidas. Ni en la Universidad ni en ninguna aula es tan fácil empuñar la tiza como sentenciar qué es lo bueno y lo malo desde la barrera de la teoría.

Por supuesto que Luis Sola sabe que lo verdaderamente deseable es una educación integral; pero una de verdad, como la que bien o mal ha dado durante cinco siglos la Compañía de Jesús, una que olvide la retórica igualitaria y asuma la natural diferencia de capacidades, de metas y de situaciones tanto de los alumnos como de los profesores. Se está jubilando ahora la generación de profesores que dijo creer en la integración, la heterogeneidad, la no discriminación y eventualmente en la supresión tanto de las verdaderas oposiciones para los docentes como de los exámenes verdaderamente selectivos para los alumnos. Bien, el actual sistema se ha hecho siguiendo esas y muchas otras de sus ideas. Ahora tendrán que quejarse los alumnos que no han recibido la educación (y la enseñanza) que podrían haber querido y merecido, sino que han tenido en el mejor de los casos un refrito igualitario, que no integral; y tendrán que quejarse los docentes del siglo XXI, llamados primero a sobrevivir en un sistema fallido y después a construir con su esfuerzo, si se les deja, uno nuevo. Podemos discutir si era mejor el Bachillerato de Pedro Sainz Rodríguez o el de Joaquín Ruiz Jiménez; pero la tarea ahora es hacer algo mejor que lo que tenemos, una tarea para que no son obstáculo precisamente los recortes, sino las incoherencias que heredamos. Y por eso es muy interesante ver cómo lee la actualidad, fuera ya del aula, alguien con la formación y la experiencia de Sola.

Para decirlo con la profesora Clara Eugenia Núñez, en la Universidad (y no sólo en ella) “el país se juega su futuro“. Algo que la experiencia de todos estos docentes jubilados más o menos de buen grado ayuda a entender, algo que la experiencia de sus aciertos y de sus errores (que nos han puesto en el punto en el que estamos) nos permitirá mejorar. Pero quizá no sea tanto tiempo de reformas pacatas como de revoluciones, puesto que ya hemos tenido suficientes intentos fallidos como para comprobar que la excelencia surge de “verdaderas refundaciones en las que la selección de su principal activo, los profesores, ha sido tan importante como el diseño del nuevo entorno institucional“. Mientras que la tradición española, con pocas excepciones, ha sido “la consolidación de los derechos adquiridos de funcionarios y profesores acreditados“. 100.000 docentes universitarios, de los cuales la mitad funcionarios, tienen en sus manos el futuro real de la Universidad, si se respetan sus cabezas; y lo mismo a mayor escala hay que decir de la Secundaria. Los profesores no pueden descargar en las leyes, aunque las haya habido malas y muy malas, muy a menudo con fundamento en las ideas, sugerencias, lamentelas, ocurrencias e ideologías más o menos progres de los mismos docentes, la responsabilidad de la situación que vivimos. No hay nada que puedan mejorar unos docentes responsables de lo que hay, beneficiarios de lo que ha habido y que limitan su queja a sus protestas materiales, interesadas e indecorosas, por los pasillos a voces de verdulera y sartenazos de payaso. Quizá la crisis sea excusa y motivo para esa limpieza general de fondos tantas décadas pendiente.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 10 de mayo de 2013, sección “Libros”.
http://www.elsemanaldigital.com/rutinas-viciosas-grupos-presion-contra-planes-wert-128816.htm