Un mundo de listillos lleno de estupideces y tontos incurables

Por Pascual Tamburri Bariain, 12 de julio de 2013.

No es lo mismo ser tonto que hacer el tonto. Y si bien podemos corregir la estupidez no podemos evitar que sea parte de la historia humana. Pero hay que saber contenerla.

Erasmo de Rotterdam. Elogio de la estupidez. Edición de Tomás Fanego Pérez. Akal – Básica de Bolsillo, Madrid, 2011. 304 pp. 9,00 €.

Paolo Legrenzi. Por qué las personas inteligentes cometen estupideces. Traducción de Mireia Carol. Ares y Mares – Crítica, Barcelona, 2011. 136 pp. 5.95 €. E-book 9.99 €

Muchos seres humanos han sido considerados tontos. Muchos lo han sido y han sabido sobrellevarlo u ocultarlo con éxito. Y como recordaba Oliviero Ponte di Pino, muchos lugares del mundo han sido asociados con la estupidez, especialmente desde comunidades humanas por alguna razón enemigas. Así, Abdera fue la patria de los tontos en la Grecia clásica; Schildburg en la Alemania contemporánea; Molbo para los daneses; Gotham en Inglaterra; Lepe para los españoles del siglo XX; Gaggiano para los milaneses; Bélgica vista desde Francia; o Polonia para los estadounidenses. No discutimos que haya tontos ni que la estupidez abunde, pero hay pregunta desde siempre pendiente de respuesta: ¿qué es la estupidez? ¿Cómo se identifica, cómo se previene, cómo se oculta, puede superarse?

La respuesta clásica en la pluma de un heterodoxo

Akal nos vuelve a proponer la edición de Tomás Fanego Pérez, apta para todos los bolsillos y para todos los lectores, del Encomium Moriae de Erasmo de Rotterdam. Puede parecer demasiado atrevido proponer para el público lector de 2013 lo que es un pilar del humanismo europeo, pero precisamente por serlo es momento y lugar de extender su conocimiento y de plantear entre los hombres y mujeres destinados a gobernar el siglo XXI algunos grandes debates que ya eran vetustos a comienzos del XVI, y que siguen sin respuesta. El mérito precisamente de esta edición es que trata de hacerse accesible, de evitar demasiadas divagaciones y de situar la obra en su contexto, para que sirva también hoy de estímulo en el pensamiento.

Erasmo, qué duda cabe, fue un gran sabio. Digamos aún mejor un erudito, un enamorado (a su modo) del mundo clásico. De hecho, a él (y a la posterior prevalencia de la Europa del Norte) le debemos muchas de las cosas que sabemos o creemos saber sobre Roma y sobre todo Grecia. Toda su obra es una recuperación y revisión de los clásicos, no a la manera de la Cristiandad medieval, tampoco siguiendo el clasicismo paganizante del renacimiento italiano de su mismo tiempo, sino usando las formas y el fondo de los clásicos justamente para cimentar un nuevo cristianismo humanista. Erasmo tiene siempre más de dos filos y más de dos lecturas, es peligroso de leer apresuradamente y uno siempre se deja algo en el tintero porque dice muchas cosas, sugiere muchas otras y siempre, aun cinco siglos después, nos sorprenden.

Este ´Elogio de la estupidez´ sorprende desde su título griego, porque su gran amigo sir Thomas More, humanista, helenista y tan afín a él en tantas cosas (y tantas veces su protector, no lo olvidemos), encontró un equilibrio diferente entre la modernidad clasicista y la fe cristiana; un equilibrio tan diferente que la crisis protestante que de Moro hizo un mártir y un santo de Erasmo hizo, o quiso hacer, un modelo y un guía. Tampoco fue así, pero hay que tener presente, para ver qué señala Erasmo como ´estupidez´, cuáles fueron los blancos preferidos de sus dardos, tan variados, tan hirientes, tan viperinos. Decir “humor” hablando de este libro es decir demasiado poco, quizá valga más la pena habla de “sarcasmo” .

Estudiante pobre, becario por su brillantez –quizá no lo sería en la España de los enemigos de Wert-, Erasmo concibe este “Elogio” hacia 1509 saliendo de Italia y viajando a Inglaterra, donde de hecho, en casa de Moro, redactará al menos la primera versión. Se imprimió en 1511 en París y en Estrasburgo y triunfó en ventas, al menos para los números de la época. En parte se debió a la fama del autor, en parte a su erudición y su acidez, y en parte no pequeña a la actualidad de su temática. No es una obra exclusivamente religiosa en un momento de grandes debates, aunque tiene una dimensión inevitablemente cristiana.

¿Qué es la estupidez? La protagonista de este juego de palabras y de ideas erasmista es una compañera permanente de los hombres, no es mala en sí misma y sólo termina siéndolo cuando ocupa el lugar que no debe. Sospecho que convivir y debatir con Erasmo, azote de imbéciles, tan consciente de su propio saber y de sus propias razones, no tuvo que ser fácil, y desde luego aun sin quererlo su ataque a la escolástica tomista se demostró una preparación del terreno para la división de Europa que estaba entonces fraguándose. Todos los tontos e imbéciles señalados por Erasmo merecen, sin duda, su crítica, y acertado es señalar como él hace que la necedad es más cómoda para la mayoría que el saber; lo que no sabemos es si todos los alfilerazos que Erasmo propone fueron de verdad acertados, si le faltaron otros o si él mismo mereció su propia ración. Quizá tantas citas clásicas para legitimar una parte del divorcio entre fe y razón fuesen un exceso ya en su tiempo, pero triunfaron por señalar a tiempo y con brillantez algunos de los campos de debate de ayer y de hoy. Incluso para ser necio, incluso para no estar de acuerdo con Erasmo, incluso para opinar sobre la estupidez de otro modo, hace falta saber mucho y pensar más. Y a ese estímulo nos sigue llevando esta lectura siempre sugestiva.

¿Podemos evitar o prever la estupidez?

En el siglo XX Robert Musil desde la filosofía, Norman Dixon desde la psicología y Carlo M. Cipolla desde la historia y el pensamiento, entre otros muchos, han continuado adentrándose en la senda milenaria de la estupidez humana. Qué es la estupidez, cuándo y por qué somos estúpidos o actuamos como tales, cómo es un estúpido y cómo es alguien que hace tonterías; a todo esto ya ha habido muchas respuestas antes, y a todo ello se refirió Erasmo de Rótterdam quizá con más erudición.

Lo que Paolo Legrenzi explica desde la experiencia y desde la práctica psicológica es que personas con una gran inteligencia, medida desde varias perspectivas, pueden hacer grandes tonterías y comportarse como tontos. Y al revés, personas objetivamente no inteligentes pueden comportarse sin aparentar y hasta sin ejercer estupidez.

Legrenzi tiene la virtud de explicar este divorcio a través de casos notables de personas a las que sabemos inteligentes y no por ello siempre exitosas, como Bill Clinton, George W. Bush, Silvio Berlusconi o Richard Nixon. Ser inteligentes (formación aparte) no vacuna contra actuar estúpidamente (cosa que desde los clásicos sabemos esencialmente humana). Lo que sí podemos hacer es prevenir los errores en nuestra conducta que nos hacen parecer más tontos de lo que somos. Lo que Legrenzi no demuestra es la inexistencia de la estupidez humana, ni la invalidez de la inteligencia objetiva, sino la necesidad de usar bien lo que nos es dado, la posibilidad de parecer lo que no somos al menos del todo y el riesgo de actuar como tontos, un riesgo que nos hace, también, humanos. No a todos por igual, por cierto.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 12 de julio de 2013, sección “Libros”.
http://www.elsemanaldigital.com/mundo-listillos-lleno-estupideces-tontos-incurables-130120.htm