Un gran imperio espacial para terminar gloriosamente el verano

Por Pascual Tamburri Bariain, 30 de agosto de 2013.

Vuelve con fuerza la ficción espacial. Desde Isaac Asimov y Brian W. Aldiss, usamos espacio y futuro para hacernos las preguntas eternas de los hombres. Y la culpa no es de los juegos.

Vuelve con fuerza la ficción espacial. Desde Isaac Asimov y Brian W. Aldiss, usamos espacio y futuro para hacernos las preguntas eternas de los hombres. Y la culpa no es de los juegos.


Stanislaw Lem. Paz en la Tierra. Edición de Grzegorz Bak. Traducción de Grzegorz Bak y Mabel Velis. Cátedra Letras Populares, Madrid, 2012. 376 pp. 15,30 €.

Cuando José María Pomares tradujo para Bruguera muy a comienzos de los 80 los Imperios Galácticos de Brian W. Aldiss –con ilustraciones también inolvidables de Néstor Salas– todos ellos sabían bien lo que estaban haciendo. Poner al alcance inmediato del lector español, y del lector adolescente además, una selección cuidada y no precisamente casual, de lo mejor que la ´ciencia ficción´ había creado desde la Segunda Guerra Mundial, sí. ¿No había reeditado ya Bruguera De la Tierra a la Luna? Pero además convertir esos espacios galácticos, más allá del tiempo y del espacio, más allá de lo meramente humano incluso, en la excusa para llevar literatura de primera calidad, experimental incluso, para nada limitada por su materia, a toda una generación.

¿No podrían los lectores llegar a las preguntas constantes de toda literatura sin este escenario, como sugirió en alguna de sus observaciones C.S. Lewis? Quizá sí, o quizá no. Pero lo seguro, como lo planteó Carlo Frabetti, es que el origen, el ascenso, la decadencia y la caída, como el amor, la muerte, la libertad y el destino, pueden presentarse en muchos ambientes, y a cada generación unos convienen o agradan más que otros. Enamorarnos en ropajes decimonónicos no nos hace mejores –tampoco peores- pero la ciencia ficción como género ha sido el primer paso sólido en la literatura de gran parte de las generaciones occidentales nacidas entre, digamos, 1950 y 1980. Y en ese contexto hay que colocar a Stanislaw Lem, ahora rescatado en castellano por Cátedra, ya que para esas generaciones creó y relató, aunque su obra llegue a nosotros curiosamente viva y hasta maliciosa.

Malicioso quizá sea excesivo para describir a Lem, pero Paz en la Tierra y la historia atormentada de los viajes y las intervenciones neurológicas de Ijon Tichy tiene un mucho de la ironía de Stanislaw Lem. Escrito antes de la democratización de la informática, Paz en la Tierra juega con las posibilidades de la ciencia en lo más profundamente humano, la mente. Lem no se arredra ni en la crítica elegante al progreso, ni en la denuncia poco disimulada de la diplomacia contemporánea, pero sobre todo entra en una acción en la que es esencial su reflexión sobre qué es y no es, y hasta qué punto, definidamente humano. Es una novela satírica, que hace brotar la sonrisa, que nos hace sentir a veces identificados con la acción, que engancha y que no deja indiferente. No es especialmente, ni deja de ser, un relato para jóvenes. Lo que no puede engañarnos es el entorno espacial: no se nos plantean nuevos problemas ni somos una nueva humanidad, simplemente los problemas de siempre llegan al lector por un nuevo camino en un nuevo envase. Un envase, por cierto, muy bien escrito, grato de leer y oportunamente publicado aunque hayan pasado tres o cuatro décadas.

Y bien, ¿qué, si han pasado? Al final, los hombres somos hoy lo mismo que ayer, no ha cambiado ni va a cambiar nuestra naturaleza, aunque sí se ha podido empobrecer, fingiendo que se enriquecía, el entorno en el que nos es dado vivir, leer y pensar. Puede que para Lem el viajero espacial Tichy y su mente dividida sea una metáfora de una división más profunda en los hombres modernos, y no precisamente de origen quirúrgico; pero lo seguro es que hay una serie de constantes en la historia humana a las que las diversas literaturas nos facilitan diversos accesos. Tan cierto es que hay una cercanía paradójica entre los sildavos de José Javier Esparza y los rebeldes valkirianos de Alfred Coppel como que todos los soportes informáticos, y en particular los juegos, tienden a ser de ayuda en esta tarea y no enemigos en la misma. Seguiremos siendo como somos, seguiremos tropezando en las mismas piedras, seguiremos levantándonos, ya esté la piedra en las estrellas o en nuestra mente. Y eso es una garantía de que seguirá habiendo literatura y se seguirá creando y conservando, aunque le cambiemos nombre y soporte –y espero que no, esto último, en un par de siglos. Seguiremos jugando, además.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 30 de agosto de 2013, sección “Libros”.
http://www.elsemanaldigital.com/gran-imperio-espacial-para-terminar-gloriosamente-verano-130827.htm