Amor de tontos, odio de políticos, arma de nacionalistas: la Historia

Por Pascual Tamburri Bariain, 20 de septiembre de 2013.

La memoria se impone por ley. La escuela adoctrina y convence a generaciones de una interpretación oficial del pasado, aunque sea falaz. La historia en España necesita claridad de ideas.

John Vincent. Introducción a la Historia para gente inteligente. Prólogo de Alfonso Bullón de Mendoza, “La parcialidad de los historiadores españoles”. Traducción de María del Carmen de Prado. Actas, Madrid, 2013. 224 pp. 20,00 €.


“Ley forzosa del entendimiento humano en estado de salud es la intolerancia. Impónese la verdad con fuerza apodíctica a la inteligencia, y todo el que posee o cree poseer la verdad, trata de derramarla, de imponerla a los demás hombres y de apartar las nieblas del error que les ofuscan. Y sucede, por la oculta relación y armonía que Dios puso entre nuestras facultades, que a esta intolerancia fatal del entendimiento sigue la intolerancia de la voluntad, y cuando ésta es firme y entera y no se ha extinguido o marchitado el aliento viril en los pueblos, éstos combaten por una idea, a la vez que con las armas del razonamiento y de la lógica, con la espada y con la hoguera”.
Marcelino Menéndez Pelayo


Miguel-Anxo Murado. La invención del pasado. Verdad y ficción en la historia de España. RH Mondadori – Debate, Barcelona, 2013. 232 pp. 16,90 €.

Media España está indignada estos días por la utilización de los niños para la propaganda del catalanismo separatista en TV3. La otra media está satisfecha o por lo menos no siente especial preocupación por lo evidente: no se trata ya de que la ley autorice o no la participación de menores en la vida pública, sino de que han aparecido en pantalla las pruebas de un adoctrinamiento ideológico en la escuela, a través de la enseñanza de la historia y sin considerar en absoluto la objetividad de ésta. Algo que hace 35 años ya se advirtió que podía suceder si se entregaba a las regiones autónomas el control de la educación, algo que los prebostes del momento y de la UCD en particular negaron como absurdo, algo que se ha demostrado más que hecho. ¿Y ahora qué?

No es un problema nuevo para los historiadores, ni entre historiadores, docentes de la historia y políticos. Sólo desde una percepción muy limitada de las cosa podemos creernos capaces de conocer y enseñar con objetividad absoluta el pasado. Lo que sucede es que nuestro sistema político, social, cultural y hasta económico está fundado sobre esa percepción infantil, unida al liberalismo, nacionalismo y socialismo decimonónicos. En clase, por lo demás, a menos que uno se enfrente a un grupo exquisito, lúcido, formado e interesado de personas inteligentes, es necesario simplificar y a la vez dejar puertas abiertas. Lo fácil, y lo habitual en nuestros días y en esta Península de pesimistas, es dar por buenas las verdades oficiales y oficiosas, utilizar conceptos, ideas y palabras políticamente correctas… y por ende renunciar a saber, renunciar a enseñar, renunciar a pensar. Un sórdido círculo vicioso, hasta que alguien lo rompa.

De ahí el interés, aquí y ahora, de lo que John Vincent escribió para Oxford y edita Luis Valiente con Actas y con prólogo de Alfonso Bullón de Mendoza. Lo que llamamos fuentes históricas no nacieron para serlo, y sólo una gestión cuidadosa de las mismas –justo la que no se proporciona hoy en las Facultades, y mucho menos a los que acceden a la crucial docencia secundaria- permite acercarse a algo no ridículamente lejano de la objetividad que sea humana mente posible. Todo esto con una cierta ironía sobre el trabajo del investigador y del divulgador, por definición nunca perfectos pero con seguridad absolutamente imperfectos justo si y cuando se consideren poseedores de la piedra filosofal. Las denostadas ciencias auxiliares y la olvidada filosofía de la historia merecen toda la atención de Vincent, que se dirige al público interesado en la Historia pero consciente de la naturaleza humana y de la del pasado, y que por eso mismo está dispuesto a asumir con naturalidad y sensatez las limitaciones del saber histórico.

Un camino que es, desde luego, el mejor para que las limitaciones sean las menos posibles, y que es exactamente el contrario al emprendido en España en las dos últimas generaciones de apesebramiento ideológico recubierto de supuesta objetividad, ora en nombre de una democracia eterna e imperecedera, ora de un igualitarismo socializante extemporáneo, ora de nacionalismo asesino y/o secesionista, ora (y no con menos culpa) de regionalismos supuestamente benévolos pero en definitiva igualmente mitómanos, mentirosos y peligrosos. La mala fama y la culpa se la ha llevado la necia ´memoria´ de Zapatero, pero la culpa se reparte en mucha direcciones, empezando por quienes han organizado y conservado el saber histórico entre nosotros así.

El profesor Vincent, quizá por inglés quizá por irónico, escribe como un provocador descreído… lo que convierte su libro en una lectura interesante para cualquier interesado en la historia, de los 15 años en adelante. Y si no lo llevo a clase en bachillerato será por lo escaldar conciencias ni crear escándalos sin ni siquiera haber empezado el otoño. Leeré para mí, y con otra utilidad, el libro de Miguel-Anxo Murado, que también con una gran amenidad narrativa hace en La invención del pasado un retrato de la aparición de los mitos historiográficos españoles. Lo que sucede es algo que Vincent sí señala, y es que Murado se fija con detalle y precisión en la aparición romántica y neorromántica de las ´verdades oficiales´ españolas, en los siglos XIX y XX, señalando sus falsedades, sus errores y hasta sus ridículos. Buena y santa cosa, pero conviene recordar que la dicotomía entre verdad y ficción en la ´memoria´ no es sólo española, sino que está presente en todas las historias nacionales de raíz ilustrada, que viven en la eterna contradicción entre la mejora de la metodología y de la precisión en la investigación y la asunción de verdades oficiales y explicaciones oficiosas. Lo que pasa en España y en la popularización de sus mitos históricos sucede en todas las naciones de Europa en el XVIII y el XIX y llega en el XX y el XXI a las nuevas naciones del mundo. Más aún a los movimientos políticos aspirantes a tales, porque si puede parecer simpática la acción divulgativa de Menéndez Pidal qué diremos de las originalidades de Federico Krutwig, de Sabino Arana, de Pompeu Fabra y de tantos otros sacerdotes (a menudo literalmente) de las nuevas ´verdades´ regionales. Si la crítica inteligente es buena, y más si nos hace sonreír y aprender, la crítica unidireccional tiene el riesgo de dar valor a mentiras y absurdos aún mayores.

´Siempre´ hay un relato mítico detrás de la divulgación histórica… quizá sí sea así hoy, pero no hay que rendirse a la falacia, o en todo caso hay que elegir el mal menor si lo hay. Yo, que no soy Theodor Mommsen ni tengo especiales ganas de parecerlo, y que reconozco mi ya largo, constante e impenitente enamoramiento de Ernst Kantorowitz y de su modo de investigar, de entender y de comunicar –algo que debo por igual a don Ángel Martín Duque y a don Giovanni Tamburri-, creo que hay que poner freno al mito y al menos identificarlo con claridad. No porque seamos capaces de conocer el pasado, sino por lo que éste y lo que de él sepamos nos da hoy.

Quizá sí sea hora de rescatar a don Marcelino Menéndez Pelayo, no ya como oficial polígrafo, ni como miembro de las cuatro Academias, ni como historiador y humanista precoz y hombre público polémico y atrevido en su tiempo, sino por su tarea como historiador de las ideas (el cimiento de la historia) y por su campaña vital contra el pesimismo nacional español, algo que no sólo necesitamos para acercarnos mejor a nuestra propia historia, sino para planear mejor nuestro futuro, incluso si no es de vida en común. César Alonso de los Ríos, Aquilino Duque e Ignacio Gracia Noriega nos acaban de dar en Encuentro una lección de cómo puede servir en la España y en la Historia de 2013 ese rescate… que parecerá polémico justo a los que más mitómanos son.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 20 de septiembre de 2013, sección “Libros”.
http://www.elsemanaldigital.com/amor-tontos-odio-politicos-arma-nacionalistas-historia-131178.htm