Cuando la Historia se apoya en la ficción (esas dos falsas enemigas)

Por Pascual Tamburri Bariain, 29 de noviembre de 2013.

Está de moda la ficción histórica (series, películas, novelas). ¿Eso hace que se sepa más o menos historia? ¿Es buena o mala literatura? ¿Es ‘historia basura’ o exige una gran preparación?

Carlos García Gual. La antigüedad novelada y la ficción histórica. Las novelas históricas sobre el mundo griego y romano. Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2013. 425 pp. 19.00 €.


Rafael García Serrano. Cuando los dioses nacían en Extremadura. Prólogo del Autor, 1949-1958. Homo Legens, Madrid, 2011. 464 pp. 25.00 €.

El pasado tiene la característica fundamental de no existir ya. Esto es algo que se aprendía antes de los actuales planes de estudios en todas las Facultades –los dioses sabrán ahora-; y por eso mismo siempre, al menos desde que la historia como tal llego a la Universidad en la época de la refundación liberal y cientifista de los estudios, ha habido una relación compleja con la narración histórica, tanto con la pura ficción mejor o peor ambientada en un pasado imaginado como con el relato más o menos pretendidamente realista, aunque novelado, de hechos del pasado. Relación compleja, insisto, pero no necesariamente mala pese a unas cuantas opiniones presuntuosas que ya nos ha tocado escuchar.

Un filólogo, buen conocedor del pasado antiguo, ha dedicado mucho tiempo a lo largo de muchos años a reflexionar sobre los variados matices de esa relación tan rica en matices, en filos y en ocultas espinas. El profesor Carlos García Gual tuvo en su momento la idea atrevida de no condenar ni la novela histórica ni la ficción ambientada en el pasado, con o sin ribetes de historia-ficción, sino de estudiar todo ese campo desde un punto de vista universitario. El resultado fue bueno en su momento y mejor aún es su reedición ampliada ahora en el Fondo de Cultura Económica.

Ya en la Antigüedad hubo literatura de ficción más o menos ambientada en el pasado, es en la Antigüedad donde podemos encontrar las raíces de la misma novela. Sin embargo, lo que llamamos “novela histórica” se entrevé en el XVIII y se convierte en género en el Romanticismo, llegando con fuerza, pero no sin cambios, a nuestros días. García Gual explica además la importancia que el cine y los medios audiovisuales han tenido en el éxito y la divulgación de toda la ficción histórica. Ahora, yendo a la clave del problema: ¿la novela y la ficción histórica nos hacen conocer mejor o peor el pasado? ¿Son buenas o malas para el conocimiento de la Antigüedad o de cualquier época histórica? ¿El escritor es un enemigo o un cómplice del historiador? Más aún, ¿es uno un inculto histórico por escribir o leer ficción histórica? Estamos ante una respuesta entretenida, variada y atrevida a todas esas y otras preguntas.

El problema de la conexión entre ficción y realidad –entre relato ambientado en el pasado y narración de lo sucedido en el pasado con dependencia estricta de la investigación- no es de hoy, ni García Gual es el primero en planteárselo. De hecho, las paradojas en este campo son muchas y constantes. El narrador de aventuras más famoso y exitoso del siglo XIX, pura ficción ambientada en la distancia cronológica o geográfica, fue Emilio Salgari, que ni era un investigador, ni era un aventurero, ni de hecho salía de su casa. Pese a ello, creó en muchas generaciones una imagen indeleble de tiempos y de países lejanos, una imagen que aún hoy permanece y prevalece en muchos europeos sobre los resultados de la pura investigación; menos de veinte años de actividad como escritor, ciento cinco novelas, ciento treinta relatos. Pura ficción. Es, por lo menos, como para pensárselo.

El profesor García Gual lleva muchos años haciéndolo, pensándoselo, y sin los prejuicios propios de la cátedra y sus aledaños. Al final, la conclusión válida para este tiempo que nos toca vivir debe empaparse de sentido común. Porque una novela histórica, y cualquier ficción ambientada en el pasado, no es, ni quiere ser, ni debe ser tratada como, una obra de investigación histórica. La narración puede ser mejor o peor, literariamente, según las cualidades literarias del autor. Además, puede contribuir mejor o peor al conocimiento del pasado histórico por parte del lector –un lector que más fácilmente accederá a una serie o a una novela que a la edición de una tesis doctoral, qué le vamos a hacer-, y contribuirá sin duda, sobre todo si es atractiva, a extender el gusto por el pasado. La ficción histórica divulgará mejor o peor datos sobre el pasado, pero con seguridad formará intereses jóvenes hacia ese pasado.

Esta reedición de lo escrito por Carlos García Gual sobre la narración y la ficción histórica vale especialmente para el tiempo que vivimos. En esta última década ha triunfado, en Roma o mucho más allá de ella, Valerio Massimo Manfredi, por el que no oculto mi personal debilidad, sea por su conocimiento del pasado sea por la habilidad con la que introduce lo ficticio y con la que coordina las consecuencias hipotéticas de las variaciones en el pasado. A otra escala y para otras cosas, pero no menos erudito en su género, Mario Farneti que quizá nunca sea traducido. Ha sido también, en el mundo anglosajón, la época del triunfo de Rosemary Sutcliff y sus Crónicas de The Eagle of the Ninth [Legion], y entre nosotros la del éxito –voluminosos éxitos- de Santiago Posteguillo. De todos ellos sacamos algunas conclusiones importantes: cuanto mejor conoce el escritor la historia del pasado en el que ambienta su relato, mejor es en general ese relato; no sólo los escritores, sino también los historiadores, tienen prejuicios de su presente trasplantados a lo que escriben, y si esos prejuicios deforman y deberían ser evitados no puede recaer la culpa sólo sobre los escritores de ficción. La ficción histórica merece ser rehabilitada, por su calidad y por su utilidad. Al menos si y cuando tiene esa calidad.

La conclusión de Carlos García Gual extiende su valor más allá de la sola Antigüedad. Exactamente lo mismo puede decirse sobre las novelas ambientadas en otros momentos del pasado, o sobre la ficción llevada a ellos. Aún diré más: aunque la historia ficción, o recreación histórica, está profundamente desprestigiada en los medios académicos o que presumen de serlo, la verdad es que contar un pasado imaginado a partir de la introducción allí de un hecho ficticio o de un cambio sobre lo conocido –al modo de las infinitas obras de Harry Turtledove, pero no sólo- exige un conocimiento del pasado intenso en el autor, y permite al lector introducirse amenamente en los matices mixtos de la ficción y del relato históricos. ¿Quién tiene autoridad, si no quiere vivir en un perpetuo aburrimiento que no ha de identificarse con el rigor científico, para condenar sin más todo el uso que del pasado y de la historia puede hacerse en la literatura?

Bien es verdad que hay hechos del pasado que no necesitan ningún cambio para convertirse en novela, en película, en serie o en continua sorpresa. Cuando Rafael García Serrano escribió en castellano moderno Cuando los dioses nacían en Extremadura no necesitó inventarse nada: lo que Hernán Cortés y su gente hicieron, lo que Bernal Díaz del Castillo contó, lo que hizo a España grande y a México nacer (porque no había México sino barbarie antes de España, no lo olvidemos), fue ya en si mismo tan fantástico e impensable como ninguna novela de pura ficción llegará a ser jamás. García Serrano hizo algo tan de agradecer como poner en lenguaje periodístico, en reportaje y en crónica de amigo, una historia puramente real que es tan sorprendente que parece novela sin serlo. Cuando alguien reproche lo exagerado o increíble de alguna ficción histórica, que lea a Bernal, o mejor a García Serrano, y entenderá por qué lo más increíble es posible para los humanos, o al menos lo fue para los estudiantillos españoles de aquella España imperial. Y si alguien quiere pensar si el mundo habría sido mejor, peor o solo distinto sin Cortés, yo le invito a rehacer a modo de novela histórico-ficticia una historia del mundo hasta hoy con un Cortés que se hubiese quedado estudiando en Salamanca o cuyo corazón hubiese sido ofrecido en sacrificio a los simpáticos y civilizados dioses aztecas. Imaginemos, así, una América sin rueda y devota de una serpiente sanguinaria en vez de la Señora de Guadalupe. Porque también para entender esas cosas sirve la literatura histórica.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 29 de noviembre de 2013, sección “Libros”.
http://www.elsemanaldigital.com/cuando-historia-apoya-ficcion-esas-falsas-enemigas-132439.htm