Rajoy, del Pacto a Parot en un proceso que no ha acabado

Por Pascual Tamburri, 18 de febrero de 2014.

No ha terminado el proceso de paz de Zapatero, porque el centro no hace en el poder todo lo que dijo en la oposición. Hay cuatro reglas para que esto no beneficie a la ETA.

Vivimos hace años en medio de equívocos. ETA dice que ya no mata, pero debemos creer que la “tregua” sigue, ya que la banda de asesinos no sólo no se rinde ni pide perdón, sino que aspira a sus metas políticas. Navarra, antes innegociable, ha sido puesta por torpeza sobre la mesa. Zapatero se equivocó con su “proceso de paz”, pero en los últimos dos años no se han liquidado todos sus elementos sino al contrario. El Pacto Antiterrorista sí había funcionado, pero para María Teresa Fernández de la Vega era sólo “un papelito”. Incluso la resistencia contra el “proceso de paz” ha sido contaminada con pistas falsas cuyo verdadero daño se ve ahora. Lo que hace falta en el entorno de Mariano Rajoy es más claridad, para saber responder sin concesiones a la evidencia de que “el preámbulo del Pacto ya no vale“.

Primero: el problema no es sólo la violencia. La “violencia”, es decir los delitos de ETA y sus cómplices, es un instrumento. ETA, como parte del nacionalismo vasco, tiene unas metas cuyo cumplimiento evitaría más “violencia”. Pero muchos no sólo rechazamos que ETA mate, sino que nos negamos a hacer posibles sus objetivos. La anti-violencia, si implica pagar cualquier precio, es una pista falsa. No son sólo “violentos”, sino enemigos de España.

Segundo: la solución no es la unidad de los demócratas. El PNV y Bildu (en Navarra, Geroa Bai y la peculiar coalición Nafarroa Bai) son partidos democráticos. Batasuna también pretendía serlo. La línea de falla no está en la democracia, sino en la identidad colectiva que se afirma o se niega. Recompensar a una parte del nacionalismo vasco o a todo él, alegando que es democrático, es una trampa. Nadie niega la democracia, al menos en teoría, pero muchos están dispuestos a negar España. Que es por lo que se lucha, con y sin violencia.

Tercero: el antídoto no es sólo el liberalismo. La unidad y la entereza de un país no se pueden defender desde el puro individualismo. Fernando Savater, conocido por su hostilidad al nacionalismo y a su terrorismo, ilustró en 2005 una tendencia de moda entonces y ahora: “La idea de España me la sopla… A mí me la suda … Me interesan los ciudadanos, me interesan los valores, me interesan las leyes, me interesan las libertades.” Hay quien no se opone al nacionalismo vasco por basarse en unos hechos falsos y por crear desde la nada una identidad vertebrada por el odio; hay quien niega toda identidad comunitaria, absolutiza la libertad individual y la eleva a valor único de un nuevo paganismo. Un sano liberalismo puede ser parte del frente común contra la emergencia nacional-independentista, pero el relativismo de las “gamas de grises”, los “para mí” y los “depende” no es la solución al problema. Algunos no nos oponemos a Josu Ternera en nombre de una rancia ideología dieciochesca ni de “un luminoso mundo cosmopolita de sujetos racionales que sustentan su conciencia cívica sobre la democracia moral y la emancipación individual” sino de la patria grande y pequeña.

Cuarto: la barrera no es el navarrismo. Hay en la conciencia política un recuerdo de la contundencia de Navarra, de sus vecinos y oriundos y de algunas de sus instituciones en la Primera Transición. Esa batalla se venció en nombre de Navarra y su identidad foral contra Euskadi, que la negaba. Pero ahora todo el mundo es navarrista y navarrero hasta lo enfermizo, no sólo UPN que nació al calor de aquella lucha sino todos, PSN, nacionalistas, comunistas de IU e incluso Bildu-ETA, con la excepción improbable del PP y la pequeñita de UPyD, de momento. Casi todos albardados en fueros, envueltos en la milenaria bandera –que acaba de cumplir 100 años y es mas moderna que la ikurriña- y arrastrando las cadenas de las Navas y todo el relato anejo. Eso sí, hablan de “otras” Navarras. ¿La respuesta? Matizar el navarrismo para que no se convierta en una trampa, y recordar que España es anterior en el tiempo a Navarra y origen necesario de los Fueros. Los nacionalistas no quieren negar Navarra sino quedársela, y vista la fuerza del localismo provincial ahora lo adulan para conquistarlo y engañarlo. Sólo la Navarra foral y española puede ser freno y no motor del separatismo.

Es mucho lo que está en juego. Si el “proceso de paz” llegase a completarse, como se sigue completando puesto que sigue avanzando, el centrito español quedaría, nostálgico de un “Pacto que ya no vale”, en un país mutilado, en la misma condición de impotencia política, social y cultural del Partido Campesino polaco con Jaruzelsky. El navarrismo se puede convertir a su vez en un residuo tan folklórico como podía ser el regionalismo ruteno bajo Stalin. También es verdad que el centro derecha político “apenas representa a una pequeña porción de la sensibilidad real de la derecha social y cultural española” y que una derecha social y plural complementa ya lo que Rajoy hace en las instituciones. Conocer esas cuatro trampas debe ser estímulo para una acción concreta, directa y realista. “Lo que no sirve de nada es la queja privada que no se refleja después en actitudes públicas, el espíritu de secta o de capilla” ni el gimoteo de los que piensen sólo en intereses materiales y comodidades intelectuales.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 18 de febrero de 2014, sección “Ruta Norte”.
http://www.elsemanaldigital.com/blog/rajoy-pacto-parot-proceso-acabado-133796.html