La historia olvidada que aún tiene huérfanos y culpables

Por Pascual Tamburri Bariain, 23 de marzo de 2014.

El asesinato de un archiduque llevo a Europa a la guerra. Y en 1918 desaparecieron Estados milenarios y nacieron experimentos pintorescos. ¿Por qué? ¿Hubo causantes como hubo beneficiarios?

Christopher Clark. Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914. Traducción de Irene Cifuentes y Alejandro Pradera. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2014. 788 p.. 29 €.


Norman Davies. Reinos desaparecidos. La historia olvidada de Europa. Traducción de Joan Fontcuberta y Joan Ferrarons. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2013. 984 p.. 33 €.

Los occidentales del siglo XXI tendemos a olvidar que en la Historia hay unas cuantas palabras sin demasiado sentido, tales como “nunca”, “siempre” y más aún “buenos”, “malos”, “culpa”. El mundo como lo conocemos nace de 1918, y desde entonces nos han contado que empezaba una paz eterna en un mundo perfecto de igualdades y justicia. Ya hemos visto, en lo que siguió de siglo XX y lo que llevamos de XXI, cómo no sólo era falsa esa utopía en 1914 y en 1918, sino que era peligrosa y causa segura de males mayores de los que se pretendían evitar. Y no precisamente por culpa unívoca de uno sea Alemania, sea Francia; aunque sin entender el avispero de los Balcanes no se entiende el ambiente de 1914.

Emilio Campmany en la Ilustración Liberal de este febrero recordaba que el asesinato del archiduque Francisco Fernando el 28 de junio de 1914 en Sarajevo terminó con un siglo de paz. Sería más preciso decir que en 1914, o en realidad en 1918, termina el siglo de Talleyrand, de Metternich y de Bismarck, en lo que se refiere a la política y las relaciones internacionales, y empieza el de Stalin, el de Roosevelt y el de Obama. No comparemos ni su elegancia ni su prudencia, aunque la distancia de un siglo no ayuda a comprenderlo. La investigación de Christopher Clark sobre la Europa, rigurosa y a la vez amena, dará luz a quien no se conforme con la narración de “buenos” y “malos” .

Los protagonistas supervivientes tendieron a una “distorsión de la percepción que es habitual en las memorias de posguerra de muchos estadistas… el desenlace de 1914 nos parece el desenlace inevitable de la década anterior“. El trabajo de Christopher Clark apunta justo a ese error: se pueden buscar causas, antecedentes, razones, pero no se puede negar la libertad de los protagonistas, y el hecho de que lo que sucedió es sólo una de las posibilidades que existían antes de los acontecimientos. En torno a esta idea se articula todo el Sonámbulos que nos ofrece Galaxia Gutenberg, donde se cuentan los precedentes y los entresijos de 1914 pero afirmando a cada paso que las cosas podrían haber sido de muchos otros modos, que las alianzas pudieron ser otras, que las reacciones pudieron ser otras y que, en definitiva, los que protagonizaron 1914 no sabía, ni podían saber, hacia dónde iban. Eran sonámbulos hacia un abismo, llevando toda una era consigo hacia el fin.

Se trata “de comprender la rápida sucesión de interacciones entre las estructuras ejecutivas que apenas conocen sus mutuas intenciones, que obran con un bajo nivel de seguridad y confianza… y con altos niveles de hostilidad y paranoia“. El mundo de relaciones internacionales que nos describe y explica Clark es a la vez inestable e incierto, nadie sabe con seguridad qué van a hacer sus rivales ni sus aliados, y nadie sabe tampoco con certeza qué conviene más a su país. Nos hemos pasado un siglo reprochándonos unos a otros la “culpa” de 1914; ahora estamos más ampliamente de acuerdo en que 1914 no fue una buena noticia… y dado el contexto de 2014, y pese a las diferencias de estilo muy en nuestra desventaja, conviene recordar que aquello pudo no suceder tanto como sucedió. ¿Había un futuro ya escrito? En 1914 muchos habrían apostado por el fin del “decadente” Imperio turco, y por supuesto del chino, pero muchos menos habría apostado de verdad por la descomposción de Austria-Hungría. Nadie habría creído en el fin del Imperio ruso ni en la semilla de la decadencia de toda Europa en las siguientes décadas, y sin embargo eso tuvimos. No por Gavrilo Prizip, ni tampoco por puro azar, sino por una síntesis de múltiples decisiones y de algunas casualidades. Y eso explica nuestro mundo.

Ya en 1914 estaba emergiendo hacía mucho una Europa abnegada, burguesa, cultivadora del deber y del sacrificio, de la austeridad y la dureza. No nos confundamos, esa Europa es hija de la modernidad y de las revoluciones liberal e industrial… La vieja aristocracia altanera, escéptica, culta sin exhibición, disoluta de verdad, de bacanales y festejos sin pudor, no de mediocridad pacata y burdeles sombríos, estaba ya en plena retirada, y el mundo internacional que nos describe Clark está justo en esa transición. Curiosamente la vieja nobleza, aunque consciente de la realidad de las guerras, era capaz de hacerlas sin odio, sin rencor, reconciliándose y sin añadir un contenido moral o de culpa a sus disputas. 1914 y más aún 1918 suponen el triunfo final de unos dirigentes cargados de ideología y de deseo de vengarse y aplastar al rival.

Pero el futuro estaba abierto, y el lector va a entender, de modo muy didático aunque cargado de datos, por qué. Pudo haber guerra, o no. pudo ser así, o no. Pudieron ser aquellas alianzas, u otras. Pudo haber aquellos vencedores u otros. Y lo mismo que desparecieron algunos imperios y muchas monarquías, y se extendieron repúblicas, ideas progresistas y aparecieron nuevos estados, algunos de los cuales duraron y otros no, No se pueden pesar las causas en un laboratorio: sencillamente, fue así. Nos conviene saber entre qué hechos, y con qué consecuencias. Y hasta podríamos imaginar qué habría pasado cambiando alguno de los elementos, y qué sería de nosotros en 2014 con otro resultado. Porque si algo vemos hoy que los protagonistas de 1914 no vieron y Clark nos ayuda a ver es que lo que querían conseguir, e incluso lo que algunos de ellos consiguieron, no vale ni con mucho el cataclismo que vino a continuación, hasta hoy.

Otros Estados

Norman Davies es otro tipo de historiador, igualmente científico pero más abierto a otras época y a más espacios. Lo que hizo hace unos meses en su Reinos Desaparecidos, también para Galaxia Gutenberg, fue algo más y algo menos que una “historia olvidada de Europa”. Algo menos, porque contó la historia sólo de algunas de las comunicades, estados y naciones que ya no existen, pero que han sido parte de la vida de Occidente en estos últimos 2000 años. Y algo más, porque no se limitó a hablar de cuerpos sin vida, sino a introducir una idea esencial también para comprender la Primera Guerra Mundial, sus efectos y, como máximo ejemplo, la descomposición y desaparición del que la que -con cierta imprecisión- llamamos “Austria-Hungría”.

Con la Guerra de 1914, en una crecida del torrente de las destrucciones, desapareció el reino de Prusia con los que desde 1866 habían sido sus hermanos menores, desapareció como ente político la Galitzia, desapareció (caso único en la historia) Montenegro, un Estado aliado, por tanto vencedor y sin embargo sacrificado, se dio pie a que finalmente apareciese el Eire político, aunque a falta de otra oleada de violencia, pero aparecieron Checoslovaquia, Yugoslavia o la Unión Soviética, entre los entes de fundamento teórico, y Polonia, Finlandia y los Estados del Báltico.

Dice y explica Davies que el éxito de los Estados es, de hecho, una rara bendición… que los Estados son naves que duran y navegan hasta que dejan de hacerlo. Las gentes distintas hablan diferentes idiomas y llaman a los lugares de diferentes modos, y en los siglos más recientes hemos dado a eso una importancia mayor. Pero sea con esa excusa o con otra, los Estados, las entidades políticas humanas, tienen una dimensión casi biológica, pues nacen, crecen y mueren. Davies recurre a Gibbon para explicar que “la vida de un Estado, incluso del más poderoso, es finita“. Y la duda no es si lo van a hacer o no, puesto que como obras humanas así será, sino cuándo se eclipsarán, qué vendrá después y qué legado y recuerdo dejará cada uno de ellos tras su desaparición.

El trabajo de Norman Davies, por variado y profundo, merece un aplauso. Su libro tiene la ventaja de que, aplicando el mismo modelo de análisis (y el mismo, agradable, estilo narrativo) a los diferentes ilustres desaparecidos, uno puede leer lo que se refiere al lugar, al momento o al estilo que más le agrade, y prescindir de otros. Ayuda a entender a Europa, y ayuda a pensar en el futuro especialmente a quienes no tengan presente el pasado, o lo tengan sólo en una versión sesgada, interpretada, radicalmente ideologizada. Para eso, y también para poner en su contexto qué sucedió en 1914 y cómo lo terrible de 1918 no fue la hecatombe de Estados ni el parto de nuevos, sino el modo y la inconsciencia en que se hizo. Una inconsciencia cargada a veces de la presunción de que se estaba construyendo un futuro perfecto, de paz y prosperidad, con fronteras justas y permanentes. Ja.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 23 de marzo de 2014, sección “Libros”.
http://www.elsemanaldigital.com/historia-olvidada-tiene-huerfanos-culpables-134391.htm