Debate eterno, falso, sin salida, pero necesario: las elecciones

Por Pascual Tamburri, 23 de mayo de 2014.

Nuestro sistema electoral, nacido en la Transición, no funciona. No refleja la voluntad de la gente ni las necesidades profundas de España. ¿Por qué los partidos lo mantienen?

Hemos tenido la enésima entrega, preelectoral, de un debate que se viene repitiendo desde la Ley 1/1977 para la Reforma Política y desde el Real Decreto ley sobre Normas Electorales de 18 de marzo de 1977. Fue para las lejanas primeras elecciones de la democracia del 15 de junio siguiente, decreto que prácticamente fue incluido posteriormente en la Constitución, y de hecho la “proporcionalidad corregida” d´Hont de entonces, aliñada para el gusto coincidente de los partidos mayoritarios y de los nacionalistas, se ha mantenido como parte de nuestra democracia. Sólo en las europeas hay escapatoria de esa prisión.

Todos los analistas han dicho durante 40 años que el sistema electoral –que “arregla” la voluntad de la gente, es decir que la manipula, es una de las bases del sistema político. De nada sirvió que el sufragio fuese universal, directo y secreto… si iba a ser corregido. Seguramente dio garantías en 1977. Hoy da falsedades.

España es una democracia. Que el sistema electoral sea proporcional es una decisión constitucional, con una serie de consecuencias. El sistema electoral, puesto que evita la aplicación directa de la voluntad popular, es cada vez menos popular. Los partidos políticos mayoritarios actuales, PSOE y PP, los únicos por el momento que podrían cambiar esas normas, por gozar del respaldo suficiente entre los ciudadanos para reformar la Constitución o una Ley Orgánica, son conscientes del problema, o eso dicen, pero retrasan afrontarlo. Y es que una reforma electoral en el sentido de acercar el elegido a quienes lo eligen, a través del voto a la persona en lugar de a listas cerradas de partidos, restase buena parte del poder del que disfrutan a día de hoy las formaciones políticas. ¿La democracia es el gobierno del pueblo español o de las castas internas de los grandes partidos?

Los países donde hay un sistema mayoritario apuestan por evitar las medias tintas, los partidos de vida no democrática y los pactos oscuros. El presidente de la República francesa o el alcalde de cualquiera de sus ciudades sólo puede ser el que más acuerdo logre entre sus compatriotas. Pero nuestra democracia, tan impopular entre la gente en 2014 como la corrupción y los políticos profesionales, no es como en Francia, Inglaterra o Estados Unidos.

El sistema electoral español prevé que diputados, diputados autonómicos y concejales sean elegidos por los ciudadanos a través de listas cerradas y bloqueadas. Así el votante deposita su confianza no en personas concretas sino en partidos. Y el candidato es menos importante que la capillita de partido que hace la lista, premiando a sus amigos y castigando a los díscolos, sin considerar la formación y capacidades de cada uno. Y aunque la regla para las europeas es algo distinta por ser un distrito nacional único, el ultra poder de los comités electorales es igual, e igualmente ajeno a la democracia.

Este sistema, el de las listas cerradas y bloqueadas, pone en mano de los partidos un gran poder. Aquellos militantes que desean entrar en el carrusel político no tienen otro remedio que ganarse el favor de quienes tienen la potestad de concederles vivir políticamente. Esta fórmula aleja a los políticos paulatinamente de los ciudadanos, encerrándoles en una burbuja, y fomenta el tipo de político sin otro oficio ni profesión dedicado a lo público para su ascenso social y económico, sin posibilidad de vivir de sus propios medios. En 2014, ¿la democracia consiste en la elección y renovación de los gobernantes por la gente, y en la participación directa de los ciudadanos en el Gobierno?

La Constitución impone “criterios de representación proporcional”, en el art. 68 para el congreso de los Diputados y en el 152 para las Comunidades Autónomas; el Régimen Electoral General extiende el principio a los Ayuntamientos y a todos los órganos representativos. Los partidos podrían cambiarlo. Pero no lo hacen, porque no les interesa, o al menos no les interesa a los oligarcas que gracias a la fórmula tienen el poder antidemocrático de elegir a los que van a ser elegidos.

Pero el riesgo es evidente. Mantener un sistema torpe y poco democrático, aunque sea cómodo para la casta, al final puede terminar de alejar a la gente no sólo de los partidos sino de la misma democracia. ¿Correrán el riesgo o aprenderán la lección?

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 23 de mayo de 2014, sección “Ruta Norte”.
http://www.elsemanaldigital.com/blog/debate-eterno-falso-salida-pero-necesario-elecciones-135574.html