Termina la fiesta, Europa se muere y sólo quedará su nombre

Por Pascual Tamburri, 14 de julio de 2014.

Cada vez más ocio y fiesta para una Europa cada vez más vieja en edad y mentalidad, más ajena a sí misma, más dependiente de los demás. Un enorme asilo que finge felicidad en la opulencia.

Al terminar el 14 de julio terminan los Sanfermines, y la impresión es que todo un mundo de alegría acaba. Termina al menos la alegría superficial y aparente de las fiestas, y llega para quienes ponen el centro de sus vidas en la superficie de las cosas un período difícil. Sólo los viajes turísticos, las fiestas de otros pueblos y ciudades y, en suma, otras tantas cosas pasajeras conseguirán llenar las vidas hueras de algunos de mis conciudadanos, y de nuestros compatriotas, que se ofenderán al leer esto.

Cuando nuestras vidas pasan su ecuador hacemos balance. Lo hacemos al ver las fotos de grupo de hace 20 años y las de ahora, por ejemplo. Y es ya seguro que contemplaremos un gran cambio respecto a la España y la Europa que nos vieron nacer en 1970 – 1980. Aquella España y aquella Europa, aun con sus problemas, estaban aún vivas. Europa hoy se nos muere, y técnicamente podríamos ver el final del proceso antes de nuestro previsible final biológico.

Yves-Marie Laulan explicó hace bastante, en el caso alemán, cómo desde hace más de veinte años no hay una reposición generacional, es decir, nacen menos alemanes que los que salen del periodo fértil de sus vidas. Alemania tiende a envejecer, y en consecuencia a desaparecer. Circulan ya cálculos de cuántos millones menos de ciudadanos -o de ciudadanos de origen alemán, en todo caso, basta ver su brillante Selección de Fútbol- tendrá la actual República Federal dentro de unas décadas, y cuántos ancianos más serán.

Ahora bien, el problema no es sólo alemán. Alemania es, sin duda, el país donde antes comenzó este proceso, pero todos los países de Europa –primero los occidentales y hoy por contagio también los orientales- siguen el mismo camino. En realidad, aunque el problema fuese sólo alemán sería un problema común de Europa, porque entre el Rhin y el Oder estuvo el centro vital, económico y político del Continente; pero todos participamos ya de la decadencia alemana.

Para el francés Laulan y para el alemán Michael Stürmer –significativo acuerdo- el problema demográfico germano-europeo tiene necesarias consecuencias económicas, políticas y culturales. A medio y largo plazo, en efecto, una pirámide demográfica invertida convierte un país en económicamente inviable; la cohesión política interna y la potencia política exterior de un país disminuyen conforme predominan numéricamente en él los ancianos; y una cultura sin visos de renovación juvenil, o en todo caso abocada a un redimensionamiento radical en un mundo en el que todos los demás continentes crecen, es una cultura sin pulso.

Sin pulso. Europa da síntomas agónicos, pero el problema no se señala a la población. Es más: se le señalan las cuestiones más dispares, todas excepto ésa. Que se le oculta. Para tranquilidad de algunos políticos y para beneficio inmediato de algunos empresarios es preferible que la verdad quede oculta por la opulencia y por la fiesta, por el predominio de lo individual y pasajero sobre lo comunitario y lo permanente. ¿Tiene marcha atrás la muerte de España y de Europa? Todas las políticas de estímulo demográfico basado precisamente en lo económico han fracasado en sus objetivos. Las ayudas familiares, si se derraman sobre una población escasamente convencida de la bondad intrínseca de la familia, de la solidaridad nacional y de la solidaridad entre generaciones, se han demostrado ineficaces. En el mejor de los casos, positivas sólo para la minoría de europeos que ya estaban convencidos de formar una familia numerosa, y en el peor útiles sólo para atraer a Europa a personas que, pertenecientes a otras culturas, trajeron a nuestras ciudades sus modelos familiares, sin por ello hacerse europeos.

En todo caso, una comunidad puede sobrevivir a una resaca masiva, y a un envejecimiento, y a una disminución numérica; pero no sobrevive nunca a una pérdida colectiva de rumbo ni al predominio de la felicidad fingida y materialista sobre ideas y valores permanentes.

San Fermín ha pasado un año más, y es tentador pensar cómo será dentro de un siglo. No pienso en qué beberán, qué se meterán o cómo se vestirán, que eso ya ha cambiado en el siglo anterior aunque ellos crean que no. ¿Pero a qué rezarán? Al millón de europeos congregados estos días en Pamplona, ¿quién los sustituirá? Porque nuestro problema como comunidad –a cualquier escala que se considere la decadencia- es que, en palabras de Laulannadie trae hijos al mundo si no cree en el futuro de la nación y del país“. Podríamos añadir: sin esa creencia, ni jóvenes ni mayores se sienten llamados al esfuerzo, al sacrificio, a la austeridad, en tiempos de dudas y de crisis. Por consiguiente, para que Pamplona y Europa no mueran –o no cambien radicalmente, des-europeizándose- habrá que apelar a las raíces y a la coherencia con ellas.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 14 de julio de 2014, sección “Ruta Norte”.
http://www.elsemanaldigital.com/blog/termina-fiesta-europa-muere-solo-quedara-nombre-136519.html