Derechas, centros, izquierdas, castas: palabrería huera

Por Pascual Tamburri, 30 de agosto de 2014.

González Pons definió el ‘centro’ en un decálogo, y Jáuregui habló de una ‘izquierda’ que no es del todo la de Podemos. ¿Pero a la gente de la calle le va a bastar la mediocridad partidista?

Ayer mismo escribía un amigo muy querido que “los de derechas siempre llaman comunista al que se enfrenta a la tiranía e idolatría del becerro de oro”. Y a veces es verdad: gran parte de la derecha española (que se llama pudorosamente “centro“) cifra todas sus aspiraciones en ser la “antiizquierda“, del mismo modo que casi toda la izquierda (que no tienen ningún reparo en ser llamada por su nombre) resume sus ideas en ser la “antiderecha“, o más directamente “antifascista“. Un desorden mental, vamos. ¿Y sus principios positivos?

Hace poco menos de un año, dos prima donnas de lo que Pablo Iglesias ha dado en llamar ´la casta´, definieron en ABC sus ideas. El vicesecretario general de Estudios y Programas y luego número dos de la lista del PP al Parlamento Europeo, Esteban González Pons, dijo tanto como nada al decir que “ser de derechas es situarse en el centro, aceptar otras razones“. Palabrería sin contenido, convertida en decálogo. A la vez, el dirigente socialista y también eurocandidato Ramón Jáuregui, se despachó diciendo que “ser de izquierdas es un impulso humano por la justicia social”. O sea, nada y menos que nada: creen en lo mismo, es decir en nada más que la conquista, explotación y conservación del poder político. Temen definirse. Odian expresar principios y no digamos seguirlos. En el fondo son intercambiables, porque son ajenos tanto a los problemas de la gente como a las grandes cuestiones de España, preocupados sólo por la economía y los cargos. Y sin embargo, antes o después la gente les responderá.

¿Qué derecha, qué centro? “Situarse en el centro, aceptar que cada uno tiene su parte de razón, su porción de verdad política” (Pons, 1) es tanto como no decir nada. En tiempos pasados, izquierda implicó voluntad de cambiar y subvertir, por la fuerza en general, y derecha voluntad de conservar con razón o sin ella. Hoy todos los políticos profesionales son de centro, es decir que no son de nada en concreto más que de su interés personal y de partido. Sería preferible personas con convicciones firmes, dispuestas a defender sus ideas, antes que personas dispuestas a renunciar a sus convicciones por su interés a corto plazo. Sería mejor que el PP hubiese mantenido firmes sus ideas sobre el aborto o el PSOE las suyas sobre la unidad de España. Pero no lo han hecho, se han traicionado a sí mismos y a sus votantes dado su relativismo “de centro” .

España ES. Desde luego, “hacer patria de la Constitución” (Pons, 10) es una memez amén de un imposible ontológico. España no existe porque lo diga una ley, un papel o una mayoría: es nuestra Patria mucho antes de cualquiera de esas cosas y lo será después de ellas. No es eterna, pero sí es anterior y superior a los intereses egoístas de los individuos, de los políticos y de los partidos. Y eso sí es un principio que en la historia muchos hombres y mujeres, antes de cualquier derecha e izquierda, han defendido con sus vidas y sus haciendas.

No somos individuos aislados. Somos España. “Creer que la Historia está protagonizada por personas, dueñas de su destino” (Pons, 2) es sólo una parte de la verdad. Es verdad que no sólo somos “grupos o clases sociales”, y “que las personas y sus familias son destinatarias de la política”. Pero es falso además de peligroso que “la libertad individual y los derechos fundamentales constituyen el núcleo del contrato social” o “la condición innegociable para convivir” (Pons, 3). Hablar de “derechos humanos para todos, para siempre y en todo el mundo” (Jáuregui, 3) es mentir a sabiendas. España es una comunidad con siglos y milenios de vida en común, no es el resultado de un negocio entre políticos profesionales corruptos. Formamos parte de la nación como depositarios de una cultura, una identidad y un modo de vida; no porque nos convenga o nos deje de convenir, no por “bienestar”, sino porque, sencillamente, antes de los partidos, de las instituciones y de los intereses individuales, somos España. Tan malo es pedir la ruptura de España como aceptarlo pasiva o federalmente o como defender su unidad en nombre de sucios intereses económicos. Las tres cosas insultan a todos los que nos precedieron.

Ni individualismo ni estatalismo. Si “Izquierda es Estado (Jáuregui, 5), fiscalidad progresiva, cohesión social, regulación pública de los mercados y sometimiento al bien común de la economía” entonces en España nunca ha habido un partido de izquierdas, porque la economía especulativa, camuflada de libertad económica, ha unido a izquierdas y derechas. La fiscalidad progresiva la han mantenido por igual PP y PSOE, para allegar más recursos de donde enriquecerse ellos, y se ha negado a la vez el bien común de la Nación y la libre iniciativa responsable de las personas. Es decir, en la práctica, se han unido para aplicar las peores partes de sus programas y han olvidado las mejores. “¿Sólo hay verdadera libertad donde todos tienen las mismas posibilidades de desarrollarse y crecer?” (Pons, 4) Habrá que comprobarlo. Si la meta es “eliminar toda discriminación por sexo, raza u origen social” y si hay que “considerar que la libre iniciativa económica y el mercado libre, la competencia limpia sin intromisiones del poder público, crean riqueza y favorecen la prosperidad” (Pons, 8) será necesario definir en la práctica la libertad responsable individual, sin perjuicio para la Nación ni el Estado, y la justa intervención del Estado, depositario de la autoridad. No se puede a la vez pretender una libertad individual sin responsabilidad, ni se puede entregar a los partidos el control de las vidas y derechos de las personas. Y eso aún no han conseguido ni hacerlo ni explicarlo, mucho menos en el mundo de la globalización y en el país de la corrupción y los nacionalismos asesinos y mimados.

Democracia como medio, no como cuento de hadas. Hoy se ve la “democracia como único medio legítimo de alcanzar y ejercer el poder público” (Pons, 6). Pero es de horteras redomados decir que eso es “el pan nuestro de cada día”. La democracia es un sistema político que en algunos momentos de la historia ha funcionado. En otros no. No sirve para crear la Verdad absoluta. Si la absolutizamos y universalizamos para “democratizar la globalización, gobernar el mundo desde la política y someter a la democracia los mercados y la economía” (Jáuregui, 4) estaremos creando un monstruo. Y ningún demócrata mínimamente culto puede rechazar las revoluciones… porque la misma democracia empezó con algunas, no precisamente pacíficas.

Estado de bienestar, no derroche en políticas corruptas. En pensiones. Puede ser bueno “un sistema público y sostenible de pensiones, para tranquilidad de nuestros mayores” (Pons, 5), siempre que se pueda mantener. En sanidad. Lo mismo vale para la “atención sanitaria universal”, y para la “cobertura social suficiente”. Cuando había una izquierda revolucionaria pero no corrupta, hablaba de “la justicia social, la igualdad de las personas y de sus oportunidades, y de la dignidad en sus condiciones de vida” cifrándolo todo en “el Estado del Bienestar como el edificio social de nuestra convivencia” (Jáuregui, 1). Bonitas palabras pero ¿deben los recursos de España usarse para generar una igualdad fingida y para a la vez beneficiar a empresas y políticos corruptos que se benefician de esas actividades? Seguramente hay que buscar resultados, la mejor asistencia con los medios existentes, justicia y eficacia, no igualitarismo, ni demagogia, ni corrupción, ni populismo electoralista. Queremos un país que funcione y que cuide de los suyos, no un Estado arruinado que se limite a cacarear consignas apolilladas.

¿Y qué educación? Sin duda, España ha de “apostar por la educación obligatoria y de calidad” (Pons, 4). ¿Pero cuál? Durante cuatro décadas el centro en el gobierno se ha limitado a continuar las políticas de la izquierda. Y la educación ha pasado de ser el vehículo para la creación de saber, ciencia, arte y cultura a ser lo que la izquierda llama “una actitud vital por la educación y la ilustración, por el saber, por la ciencia, por la cultura en su más amplia expresión” (Jáuregui, 9), es decir para extender e imponer en la sociedad española las ideas materialistas e igualitarias. España necesita una educación que potencie sus recursos intelectuales, que cultive sus capacidades. Se equivoca el centro cuando se limita a pensar en términos economicistas, y se equivoca la izquierda cuando identifica la educación con sus propios valores. España tiene una identidad y ésta ha de convertirse en el núcleo de una educación moderna, de calidad, diferenciada.

Verdadera ecología. Puede que “Izquierda sea ecología, lucha contra el cambio climático y compromiso con el futuro sostenible del planeta” (Jáuregui, 7), pero eso no es monopolio de nadie. Izquierdas y derechas han ensuciado nuestro país y nuestra tierra en su ansia por enriquecerse. Ninguna ideología materialista, centrada en la economía y la usura, puede ser jamás respetuosa con nuestro patrimonio natural. La ecología está por encima de la división, y no puede dejarse para su manipulación ni a los especuladores, ni a la izquierda ni al nacionalismo demagógico.

Un lugar para la fe y los valores. Dicen que “izquierda es también laicidad” para luego matizarse añadiendo que “acepta el hecho religioso y la libertad de conciencia, pero que reclama para la soberanía popular el establecimiento de la moral cívica pública” (Jáuregui, 7). La cuestión es bastante más sencilla. La identidad de España en general, y la de Navarra en particular, es cristiana. No se podría entender su vida en común sin la fe compartida por generaciones de españoles. Cada persona puede tener sus propias creencias, o ninguna, y debe ser libre de ello; pero es no puede implicar que se impongan para la vida en común principios contrarios a los que han definido nuestra historia. La libertad de las personas y la no confesionalidad de las instituciones no pueden suponer privilegios para religiones extranjeras, la negación de la libertad y la educación cristianas o la imposición de un ateísmo de Estado, derivado de determinados grupos laicistas internacionales.

Justicia. A cada cual lo suyo. Si “Izquierda es igualdad de mujeres y de hombres” (Jáuregui, 8) pero a la vez “Izquierda es tolerancia y respeto al diferente” (Jáuregui, 6) algún resorte lógico falla: o se impone la igualdad incluso por las bravas o se reconoce la desigualdad y la diferencia entre las personas. La igualdad absoluta sólo es posible en un infierno totalitario como el que George Orwell describió tras su experiencia de la izquierda. La igualdad de resultados es imposible si reconocemos que los humanos nacemos con cualidades, capacidades y vocaciones diferentes. La igualdad de oportunidades, esa sí, consistente en impedir que la Nación se vea privada de sus mejores inteligencias por falta de recursos materiales, y en impedir que la Nación derroche sus recursos en forzar igualdades artificiales de resultados, esa es la igualdad que España y Navarra necesitan para “crear, innovar, mejorar las cosas y poner el progreso tecnológico y humano al servicio de la humanidad” (Jáuregui, 10). Para eso, “valores y principios como el esfuerzo, la austeridad, la superación personal, que la tradición nos ha enseñado que fortalecen a las naciones y los pueblos” (Pons, 7) deben vertebrar la vida en común. Justicia, sí; igualitarismo artificial, no.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 30 de agosto de 2014, sección “Ruta Norte”.
http://www.elsemanaldigital.com/blog/derechas-centros-izquierdas-castas-palabreria-huera-137145.html