Reforma agraria, liberalismo agrícola y socialismo inmobiliario

Por Pascual Tamburri, 21 de octubre de 2014.

El libre intercambio comercial –aplaudido igualmente por PSOE y PP- perjudica al agricultor español y al resto de ciudadanos. ¿Una forma progre y multinacional de reforma agraria?

Hace unos meses el profesor Alain De Benoist decía en Élements 151 que “aunque no se habla de ello, nos encontramos ante uno de los grandes acontecimientos de este inicio del siglo XXI“… “crear la mayor zona de libre cambio del mundo gracias a la unión económica y comercial entre Europa y los Estados Unidos” (y a la paralela unión comercial transpacífica de los EEUU, excluyendo eso sí a Rusia y a China). Se han tratado en definitiva de unas negociaciones comerciales secretas en su contenido real, desarrolladas a lo largo de décadas, basadas en unas promesas reiteradamente desmentidas por la realidad.

La supresión de los derechos de aduana, sin suponer ningún crecimiento de la riqueza de las naciones afectadas, implicará entre otras cosas una masiva pérdida de renta para los agricultores, una industrialización aún mayor de la agricultura europea y la entrada masiva, por ejemplo, de soja y trigo americanos… la llegada masiva de productos del agrobusiness americano: ternera con hormonas, pollos lavados con clorina, carnes con aditivos, organismos modificados genéticamente, animales alimentados con harinas animales, productos con pesticidas prohibidos. ¿Alguien recuerda las gloriosas promesas de crecimiento y sólido desarrollo que precedieron al euro y a otros momentos de renuncia a la soberanía nacional? ¿Y dónde han quedado esos millones de puestos de trabajo que nos prometían? Estas promesas pueden ser muy parecidas.

El Gobierno de Zapatero retomó todas las viejas obsesiones de nuestra izquierda prehistórica, añadiendo nuevas vertientes culturales de la revolución social, pero con la excepción de no plantear ninguna reforma agraria (en atención a la entonces supuesta marginalidad social y económica del sector primario). ¿Va a ser el “centro” el que retome los grandes cambios agrícolas sangrientos, antes connaturales a la izquierda?

Creían que no hacía falta ninguna reforma agraria porque la agricultura habría dejado de ser una fuerza económica importante en el país. No siendo esto tan claro, el botín no divide, sino que une íntimamente, a la izquierda ideológica, política y cultural, y a buena parte de la derecha económica. Las negociaciones sobre la Política Agrícola PAC en Bruselas y sobre el comercio internacional en la OMC-WTO son una muestra clara de la opinión que centro e izquierda comparten e imponen.

Unos y otros asumen como dogma que deberá haber un mercado único mundial de productos agropecuarios, que ese mercado deberá estar libre de mecanismos nacionales de protección y que los precios deberán estar libremente fijados por las fuerzas del mercado. En breve: la retórica tercermundista y los intereses de las grandes multinacionales del sector se dan la mano. Habrá una división internacional del trabajo, en la que a España en particular y a Europa en general les corresponde anular su sector primario. ¿Será mejor para otros sectores? No es seguro. ¿Será mejor para los consumidores? Es más que dudoso.

La izquierda fanática y los liberales dogmáticos creen que sí, siempre y en todo caso. Sin embargo, esta “reforma agraria europea” no sólo liquida nuestra agricultura, sino que implica riesgos para otros sectores económicos, beneficios especulativos para unos pocos, peligros para todos los ciudadanos y simples migajas para los países (más) pobres.

Al término del proceso que vivimos, si se desarrolla como prevén los gurúes de la economía, España habrá perdido la capacidad de producir sus propios alimentos, y el control sobre lo que se come. La mayor parte del territorio habrá dejado de cultivarse, y perderá en breve la mayor parte de su población activa y casi todo su valor de mercado. ¿Para qué emprender una reforma agraria tradicional si el suelo rústico va a dejar de tener uso y precio?

Ahora bien, el modelo izquierdista y progresista se enfrenta a varias paradojas. Una, muy cercana: si desaparecen los mayores gestores del territorio –agricultores y ganaderos- los riesgos ecológicos empiezan a parecer evidentes. Otra, dolorosa: también hay mayores riesgos sanitarios en producir los alimentos fuera de nuestro control, en condiciones de pura competencia industrial y con todo tipo de experimentos lucrativos. Y esto por no mencionar el peligro real de desertización en zonas mediterráneas y de pérdida de control sobre el territorio, y el menos evidente pero igualmente real de pérdida de identidad colectiva, porque para bien o para mal hemos sido, desde que salimos de las cavernas, un pueblo de campesinos capaz de obtener por sí mismo sus alimentos.

Pero tal vez esta reforma agraria sea ya un hecho irreversible. Y quedaría en ese caso seguir el camino y no mirar atrás con nostalgia. Ahora bien, sería el momento de pedir que se aplique a todo el suelo español el mismo criterio que a los campos antes cultivados: que se liberalice totalmente el suelo, y que el patrimonio de los especuladores urbanos y rurales quede exactamente donde se deje el de los agricultores. Y si se desea evitar algo de todo lo anterior no es necesario luchar por mantener ninguna subvención agrícola. Suprimamos todas, pero devolvamos al agricultor español lo que se le quitó a cambio de esas caprichosas dádivas burocráticas: el orgullo, la libertad y la capacidad de alimentar a España, al menos en tiempos difíciles, que vendrán si es que no están ya viniendo.

Pascual Tamburri

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 21 de octubre de 2014, sección “Ruta Norte”.
http://www.elsemanaldigital.com/blog/reforma-agraria-liberalismo-agricola-socialismo-inmobiliario-138121.html