Adolfo Suárez, un hombre, demasiada magia, muchas culpas

Por Pascual Tamburri Bariain, 21 de noviembre de 2014.

Suárez fue el símbolo de una generación, la suya, y de un cambio de régimen, la Transición. Cambió España, pero aquello tuvo un precio, y ahora toca pagarlo entre todos. Y sin él.

Eduardo Navarro, La sombra de Suárez. Prólogo de Jorge Trias Sagnier. Plaza & Janés, Barcelona, 2014. 336 p.. 20,90 €. Ebook 11,99 €


Manuel Fernández-Monzón Altolaguirre y Santiago Mata, El sueño de la Transición. Los militares y los servicios de inteligencia que la hicieron posible. La Esfera de los Libros, Madrid, 2014. 408 p.. 22,90 €. Ebook 9,49 €

Ya en 2005 José García Abad decía en Adolfo Suárez. Una tragedia griega que ´lo tuvo todo y lo perdió todo´. Adolfo Suárez ha estado a punto de convertirse en una especie de símbolo nacional, o al menos en símbolo del sistema político que ayudó a traer. Su ascenso, su caída, su dimisión, su 23F, su estilo y sus avatares personales hicieron mucho para mitificarlo. Los medios de comunicación manejados casi sin excepción hicieron mucho más; y así llegó a ser duque, a ser universalmente adorado y a dar nombre al aeropuerto de Barajas. Claro que ahora a su muerte la agonía de la democracia constitucional de 1978 ha hecho posibles otras versiones y hace que se recuerden otros capítulos antes tabú, como su gestión del franquismo, sus concesiones constitucionales, su negociación con los independentistas y su catastrófica política antiterrorista.

Héroe o villano, Suárez es un mito de la Transición y un símbolo de la democracia tal y como la hemos conocido desde 1976. Sobre él se ha escrito mucho desde hade muchos años, y más aún desde su enfermedad, desde la frustrada entrada en política de su hijo y desde su fallecimiento. Todos han querido poner por escrito su testimonio sobre el personaje, su opinión sobre sus vaivenes, novedades de datos o de interpretación más o menos oportunistas. Hay de todo. Cada uno puede construirse hoy el Suárez que prefiera, a su gusto, y hay mucho que leer. La que probablemente tendrá que esperar unas décadas más es la Historia, la de verdad, porque el difunto presidente del Gobierno es aún hoy objeto de reverencia institucional y de idolatría mediática que impiden una lectura ponderada de lo que hizo, de lo que no y de las consecuencias hasta el presente.

Por ejemplo Rafael Ansón, que fue Director de RTVE en la Transición y además, no casualmente, amigo íntimo de Suárez desde que los dos eran jóvenes promesas políticas en el franquismo, ha esperado a que faltase Suárez para publicar El año mágico de Adolfo Suárez (en La Esfera de los Libros). Ansón no es imparcial, y es lógico como amigo del difunto y como partícipe de su obra política que no lo sea. Pero sí es en cambio –además de abogado póstumo de Suárez frente a críticas más o menos desafortunadas- un testigo de excepción de momentos que sólo ´sus´ cámaras retrataron. Los momentos del primer Gobierno de Suárez.

Ansón fue amigo, asesor de imagen, partidario y admirador de Suárez; y lo fue también siendo gestor de la Televisión del Estado (que era del Estado y no personalmente del presidente ni de su entonces apenas nacientes democracia y partido). Como tal, aparte de sus impresiones y opiniones, que hay que matizar por el tamiz que inevitablemente ha de emplear, es muy interesante su relato del ascenso de Suárez, de la Ley para la Reforma Política y el paso ´de la Ley a la Ley´ conforme a la legalidad franquista pero sin su contenido (hasta el día de hoy), el rol y la imagen complementarios del Rey. El rey quería la democracia inorgánica; Suárez también, y estaba convencido, tanto como antes lo había estado de otras cosas, de ser el líder adecuado para ella. Aunque no era un intelectual, ni una persona de cultura, ni había sido un estudiante ni un opositor destacado, como hasta entonces parecía conveniente (en eso, como en muchas cosas, Suárez fue un precursor). Y el testimonio de Ansón destaca entre todos porque permite acceder a espacios del pasado si no ocultos sí al menos poco conocidos. Muy interesante, desde Carrero (y antes) hasta Tejero (y después) .

Suárez y otro de sus amigos fieles (que no fueron todos los fontaneros)

Eduardo Navarro fue, antes y más que Rafael Ansón, amigo de Adolfo Suárez, y lo fue desde que los dos eran chicos azules, pero ya desteñidos o en proceso de serlo, estudiantes como querían los cánones de los 50 en un Colegio Mayor de Madrid. Suárez tuvo siempre un atractivo especial, facilidad para comunicar y seducir, y a la vez no una fama especialmente buena como académico. Navarro lo acompañó en todo su periplo institucional y puso imágenes, palabras e ideas a las iniciativas de Suárez. Ahora cuenta, para Plaza & Janés, partes menos conocidas o directamente ignoradas del recorrido del presidente. No se trata de decir que Navarro, contándonos sus trabajos como ´sombra de Suárez´, cierre todas las dudas sobre la época. Pero sí de agradecerle que, finalmente y quizá con algunas pinceladas amistosas, añadiese información que hasta ahora no estaba disponible.

Eduardo Navarro fue enormemente enriquecedor en dos aspectos: el de los datos personales y de pequeña política, y el de la recreación de un mundo, un Madrid y una España que ya no existen y que los que no los hemos conocido necesitamos imaginarnos para no fantasear como vienen siendo costumbre. Suárez era parte de una amplia élite destinada a heredar las riendas de un Régimen: los jóvenes de la Universidad Central, vinculados a las instituciones y aposentados en los Colegios que afortunadamente se recrearon tras la guerra civil. Aquellos franquistas e hijos del franquismo trajeron la democracia, y no reconocérselo (o reprochárselo, visto el panorama hoy) es mezquino. Suárez tuvo siempre, mucho antes de 1975, un claro perfil político: quería mandar, aunque para hacerlo hubiese que cambiar, como muchos creían que había que cambiar, el régimen que les había dado todo. En esto Eduardo Navarro fue muy sincero: Suárez no destilaba amor al entonces Príncipe, ni tampoco lo contrario; era un hombre sin demasiadas convicciones, que creía en sí mismo y que sabía sacar de los demás más de lo que parecía posible. Ese retrato, con luces y sombras, tiene además la virtud de que un fontanero de la Moncloa y del CDS, ya fallecido, cuenta lo que antes de morir quiso sobre el hombre que marcó su vida: Adolfo Suárez. Quizás no todo, pero sí mucho.

Y además de fontaneros, los poceros del nuevo (y del viejo) régimen

Ha causado sensación este otoño el general Manuel Fernández-Monzón Altolaguirre, junto a Santiago Mata (La Esfera de los Libros, también), con su El sueño de la Transición. Los militares y los servicios de inteligencia que la hicieron posible. Entre otras muchas cosas interesantes, lo que este espía profesional del Ejército cuenta, que lógicamente no es ni puede ser todo, sirve para interpretar el punto de partida y el entorno real en el que actuaron los hoy reverenciados Adolfo Suárez y Juan Carlos de Borbón. Al menos entre la Ley Orgánica del Estado y el eternamente indescifrable 23F, los políticos tuvieron mucho que ver con los servicios secretos y discretos, españoles y extranjeros, que planeaban la Transición como fue, sin ningún acto de genialidad excepcional de nuestros hombres públicos. Y esa Transición marca aún nuestro sistema, incluso en el populismo de Podemos.

Fernández-Monzón, formado en el franquismo y re-formado por nuestros ´amigos´ norteamericanos y alemanes federales, tiene una visión de los hechos centrada en su oficio, y tiene el valor de contarla (en lo que puede ser contada): el diseño de la Transición no fue español, sus problemas hoy evidentes eran cosa anunciada por los técnicos desde antes del principio, quien no quiso romper con los supuestos principios del franquismo se hizo a un lado o ´fue hecho´ a un lado, y en suma los servicios de inteligencia intervinieron en la política española mucho más que el propio pueblo español, y en los puntos donde se hizo caso de sus apreciaciones técnicas los problemas fueron resueltos; en otros no.

Suárez, en particular, era perfectamente consciente de lo frágil e imaginario de su situación. Cedió en aspectos esenciales ante la izquierda y ante los independentistas porque su meta era el poder y lograr una democracia formal sin demasiada violencia. La Transición estaba preparada desde una generación atrás, y para los bien informados no hubo sorpresas salvo de detalle… y de caprichos que aún hoy pagamos todos. Quizá la mayor lección de Fernández-Monzón ante el ´mito´ Suárez es que ningún régimen puede vivir, ni nacer, ni seguir, sin sus fontaneros por un lado y sin sus poceros por otro. Tampoco éste.

Y ADEMÁS…

Rafael Ansón Oliart, El año mágico de Adolfo Suárez. Un rey y un presidente ante las cámaras. Julio de 1976 – junio de 1977. La Esfera de los Libros, Madrid, 2014. 352 p.. 23,90 €. Ebook 9,99 €

Pascual Tamburri Bariain

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 21 de noviembre de 2014, sección “Libros”.
http://www.elsemanaldigital.com/adolfo-suarez-hombre-demasiada-magia-muchas-culpas-138762.htm