Todo pacto es posible, aunque no parezca. Y todos pueden terminar mal

Por Pascual Tamburri, 01 de enero de 2016.

La derecha vasquista vive dividida entre su Fe y su Euskadi. En 1931 se fue con la derecha navarra. Luego cambió. Conviene entenderlos, más que nunca en este “tiempo recio”.

Tras un golpe de Estado de hecho, España cambió de régimen, y una sociedad dividida se encontró gobernada por una serie de minorías radicales dispuestas a imponer sus ideologías. No, no es 2004 ni 2015, sino el inicio de la II República en 1931. Este trabajo de Víctor Manuel Arbeloa narra y explica la historia entre junio de 1931 y diciembre de 1934 de unas relaciones políticas que aún tienen su impacto en la política actual y han sido significativamente mal descritas a menudo.

España estaba perpleja en abril de 1931, y las provincias “forales” -por referirnos a las vascas y a Navarra- aún más. No sólo era un cambio inesperado sino extremista, desorganizado, sorprendente, agresivo… y no concebido para todos. Una fragmentación de la vida social, no sólo de la política, sin una salida institucional compartida por todos ni por una mayoría real, a la que se sumaba una crisis política. En fin, nada que nos suene extraño. En dos años hubo una nueva Constitución y un nuevo Estado, dos elecciones legislativas, un Gobierno provisional y varios más, un Presidente de la República como Jefe del Estado, un proyecto de autonomías regionales y un sistema de partidos completamente distinto. Todo eso con una izquierda y extrema izquierda con planes bastante definidos y con las riendas en Madrid, y con una derecha variopinta, no preparada, dividida y acorralada.

Brillantemente en los contenidos y en la expresión, Víctor Manuel Arbeloa en estas páginas que el Gobierno de Navarra -el saliente, por las fechas- le publica aborda el debate sobre la cuestión religiosa, antes y después de la Constitución. El asunto religioso era, entonces mucho más que ahora, uno de los que marcaban las divisiones dentro de la sociedad española. Entender su importancia es crucial para comprender un acercamiento electoral, político e institucional entre grupos tan distantes entre sí por otros asuntos (la unidad nacional y la forma de Estado), aunque nada lejanos en más cosas (el orden social y económico, las garantías) como el PNV junto a carlistas, integristas, conservadores de varios tipos, católicos sin etiqueta y demás.

Victor Manuel Arbeloa Muru, La Minoría Vasco-Navarra. La religión y la autonomía. Prólogo de Cristóbal Robles Muñoz. Nota preliminar del autor. Gobierno de Navarra – Institución Príncipe de Viana – Historia 131, Pamplona, 2015. 406 p. O.C. 15,00 €

Con las Diputaciones intervenidas por la izquierda a través de Comisiones Gestoras nombradas por el Gobierno y con la Constitución en debate, muchas cosas parecían en peligro pero dos sobre todas, la religión católica y la identidad foral. Desde abril de 1931 estaba claro que los republicanos no harían concesiones a minorías y que estaban construyendo “su” República para los republicanos y no para todos. Ante eso, y frente a las elecciones a Cortes constituyentes, el notable vizcaíno Luis María de Villalonga sirvió de puente entre su amigo y líder del PNV, José Antonio Aguirre, que había sido presidente de los Jóvenes de Acción Católica, y la variada derecha no vasquista del País Vasco y de Navarra, La Gaceta del Norte, Diario de Navarra y todos sus posibles interlocutores de los que el más notable representante era el entonces líder de los tradicionalistas navarros don Tomás Domínguez Arévalo, conde de Rodezno.

¿Podían juntarse gentes tan dispares? Sí, si se trataba de defender los intereses de la Iglesia y las relaciones con el Vaticano, así como de mantener la postura de éste en el debate constitucional y postconstitucional (contra el divorcio, contra la expulsión de los jesuitas, contra los masones y su enorme poder práctico en aquella República, a favor de la educación confesional, contra la secularización de los cementerios); o si se planteaba una “reintegración foral completa” que supusiese relaciones directas de las provincias forales con el Vaticano, en la práctica su exclusión de las medidas laicistas y la conservación del orden social (incluyendo el agrícola…). Visto así, había un espacio de acuerdo que incluyese una presencia común en las Cortes (la minoría vasco-navarra, que una vez formada triunfó en las elecciones generales y acorraló a la izquierda vasca, anulando por completo a la navarra), la conquista de unas Diputaciones liberadas, e incluso la forja de un Estatuto de autonomía incluyendo a Navarra… claro que esto quería decir cosas distintas para cada uno de los participantes.

Arbeloa nos relata de modo irreprochable, y a la vez perfectamente comprensible para el lector más o menos formado del siglo XXI, cómo se fraguó y cómo vivió y murió un pacto entre hombres a la vez cercanos y lejanos como Aguirre o Irujo y Rodezno, Aizpún, Oreja, Joaquín Beunza o Joaquín Baleztena, todos ellos a su vez recibiendo ideas y presiones desde varios ámbitos eclesiales, desde la futura ANV, desde otras derechas, desde el poder… y por supuesto desde el PSOE, que luchó como nadie para romper semejante pacto, visto por Indalecio Prieto como el peor de los males. Juntos creyeron trabajar por sus ideas, por los Fueros (entendidos de modo bien distinto) y por la Fe; juntos trabajaron, y juntos recibieron discretas ayudas y consejos desde Italia (aunque esto hoy suele silenciarse). Gracias a Arbeloa hoy entendemos que fueron la cuestión nacional, la unidad de España y la cuestión catalana para empezar, lo que hizo estallar el pacto.

(No olvidemos, en cuanto a las virtudes de los pactos o no pactos, algo que recordaba Ollarra en 1980, que seguramente su periódico hoy no publicaría: “La verdad es que aquella España de julio de 1936, Navarra había sacado siete diputados del Bloque de Derechas y ninguno del Frente Popular. Fue una opción democrática como otra cualquiera. Y Navarra, la inmensa mayoría de los navarros, conspiró…Y Navarra se desbordó… e hizo correr a los gudaris de Euzcadi por los montes y fuertes de Guipúzcoa hasta vencerlos tras el cinturón de Bilbao”).

En suma, hay que felicitar a Victor Manuel Arbeloa Muru no solo por la calidad de su investigación (y de su propia opinión) en Minoría Vasco-Navarra, la. La religión y la autonomía, sino por lo oportuno de la publicación. Navarra vive hoy también un doble proceso de pactos, dentro y fuera de la muga, que pueden cambiarlo todo. Si los políticos con responsabilidades no tienen claras sus prioridades incluso morales puede suceder que terminen haciendo lo que prometieron no hacer, con tal de conseguir o mantener el poder. Y esa sí que es una lección que se puede aprender de la Historia, contada de verdad, y no del engendro de “memoria” ahora oficialista que lleva a la división, a la ruptura y a abismos impensables, convertidos incluso en direcciones generales e instituciones, tanto en1931 como ahora. Si leyesen un poco más a Arbeloa y menos la morralla progre de Koselleck

Pascual Tamburri Bariain
Es Diario, 01 de enero de 2016, sección “Libros”.
https://www.esdiario.com/17496062/Todo-pacto-es-posible-aunque-no-lo-parezca-y-todos-pueden-terminar-mal.html