Día de los estudiantes, día de la diversidad contra la uniformidad

Por Pascual Tamburri, 28 de enero de 2016.

Santo Tomás se celebra sin que sepamos si mandará Podemos, pero sabiendo todos que el PP ni siquiera con mayorías absolutas ha cumplido principios y programas. Algo debe cambiar.

En día de Santo Tomás, una vez más, tenemos polémica. De poco sirven, porque solemos olvidarlas. Por ejemplo, hace sólo dos años y en tal día como hoy, se hizo público un documento interno de la banda ETA “ordenando a sus bases agitar la educación e imponer en navarra el modelo público vasco” (DN, 28.1.2014, p. 19). Parecía y era una advertencia, pero hoy los que redactaron y recibieron ese documento gobiernan en Navarra, hacen su voluntad y ahora se lamentan los varios colectivos de ilusos que entonces les rieron la gracia.

El modelo D en todas sus versiones es, para los representantes políticos y educativos de la “izquierda abertzale”, trascendental para la construcción nacional. Así, fue prioritario cuando crearon la autonomía vasca, nunca ha dejado de serlo, y lo es ahora en Navarra. Una “escuela pública vasca” ha de servir en esas mentes para legitimar los años de terrorismo de ETA y fomentar su proyecto de una Euskalherria unida y socialista. Nadie los detuvo, hoy avanzan.

Cuando el PP era PP se planteó en centros públicos un modelo de centro educativo público que ofreciese un Bachillerato especial, de Ciencias o de Humanidades. ¿A quién? A los estudiantes que hayan terminado con mención honorífica la ESO y que estén dispuestos a realizar un esfuerzo adicional, que habría sido en todo caso voluntario. Se trataba de exigir más a quienes más podían dar, y no precisamente ningún privilegio a nadie. Seguramente confunden en las aulas derecho con privilegio y privilegio con falta de uniformidad.

Algunos de los responsables navarros del sector, sin distinción de partido político (se trata de ocurrencias tan necias como transversales) creen que “la educación debe garantizar la igualdad de oportunidades de todos los alumnos, independientemente de sus capacidades físicas o intelectuales“. Y sin embargo, es más cierto lo contrario: en las aulas deben desarrollarse al máximo las cualidades que los alumnos poseen, pues la mediocridad no es un objetivo deseable ni para la sociedad ni para cada una de esas personas. Excelencia supone, precisamente, otra diversidad.

Es natural que los colectivos de izquierda y extrema izquierda se nieguen a todo esto en la educación española. Herrikoa, la patronal mayoritaria de la red pública, cree que se deberían invertir los medios en “evitar el fracaso”. Es decir, lo que se lleva unas décadas haciendo con gran satisfacción ideológica pero escaso éxito pedagógico. Natural, para ellos la igualdad es un dogma absoluto… diga lo que diga la realidad. Juan Carlos Laboreo, del sindicato AFAPNA, propone que no se dediquen medios a atender las necesidades olvidadas de los mejores alumnos, sino que se atienda sólo a los que tienen dificultades de aprendizaje. ¡Años y años con lo mismo! La izquierda afirma siempre desde las alturas que todos somos no ya iguales sino uniformes, y exige que se actúe en consecuencia. Las diferencias, que siempre van a existir, sólo se aceptan como un mal.

Hace unos años, en una Semana Monográfica de la Educación organizada por la Fundación Santillana, Rajoy habló de libertad y de “neutralidad política y excelencia académica”, de autoridad, de una cultura del esfuerzo entre los alumnos, y de un currículum nacional de conocimientos. Todo eso estaba bien y no sobraba en la LOMCE, pero necesitaba concreción. Medidas concretas y una mirada a largo plazo, exactamente lo que los socialistas han tenido siempre que han controlado la enseñanza (y siempre lo han hecho imponiendo su modelo, el que nos hace ir mal en educación pero muy bien en su ingeniería social). Y sin complejos; quizá sea conveniente la prudencia en esta interminable campaña electoral, pero es seguro que Rubalcaba, Zapatero y Sánchez se han reído mucho cada vez que han pensado en todo lo que no se hizo en las aulas entre 1996 y 2004 y entre 2011 y 2015. Ahora nadie tiene derecho a compadecerse como plañideras de lo que hagan Podemos o Bildu.

Los actuales responsables de la educación creen que cuidar las diferencias y atender las distintas capacidades y gustos de los alumnos es cultivar la excelencia académica… como si no todos pudiesen alcanzarla por igual. Y es que no pueden, salvo que los estándares comunes mínimos se fijen a una altura ridícula. ¿Queremos quedarnos a ella para halagar las capacidades de la mayoría y para no señalar la brillantez allí donde sí se encuentra? Lo actual es caro, es ineficaz, es injusto, castiga a los mejores y maltrata a los más necesitados, desprecia la excelencia y eleva la mediocridad igualitaria a meta suprema de todo. No se trata de gastar más o de pagar más docentes, sino de que los que enseñen tengan libertad y autoridad, dentro y fuera del aula.

Los currículos han de ser simplificados para no convertirse en un límite burocrático sino en una orientación, y los docentes han de tener libertad para enseñar según mejor sepan, sabiendo que los conocimientos de los alumnos volverán a ser valorados en sí mismos. Además habría de existir una cobertura legal clara para que el orden -ahora llamado convivencia- se respete en beneficio de todos. Se podrá registrar a los alumnos, podrán ser castigados con tareas dentro del centro y podrán ser expulsados del mismo sin la actual burocracia farragosa y garantista. Los centros que no den la talla han de poder ser ayudados con el nombramiento de docentes de primera fila como directivos para que los reorganicen y para que definan su perfil y el de los alumnos a los que puedan prestar mejores servicios. Los dioses saben qué habrán de hacer para tener directores formados y seleccionados. Y, oh maravilla, los maestros de primaria tendrán una formación postacadémica práctica, en el aula, distinta de la de los profesores de secundaria. El franquista que convirtió en universitarias las escuelas de magisterio se habrá conmovido en el limbo en el que esté, pero es que la realidad es la que es.

“Veo mucho potencial, pero está desperdiciado. Toda una generación trabajando en gasolineras, sirviendo mesas o siendo esclavos oficinistas. La publicidad nos hace desear coches y ropas. Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos, no hemos sufrido una gran guerra ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock. Pero no lo seremos, y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy cabreados”. “El Club de la Lucha” (The Fight Club). Tyler Durden (Brad Pitt)

Hoy, Santo Tomás de Aquino, nuestro problema no es el del número de docentes ni el de las ratios, ni tampoco lo será cuando lleguen a la jubilación, si es que entonces hay jubilación, las generaciones hipertrofiadas de docentes de cuyo acceso a la tiza no hablaremos por caridad. Pero no, en medio de esta crisis y además sin saber para qué no necesitamos más profesores ni maestros. Necesitamos que los que haya tengan claro que hacer, y que este “algo” sea además bueno para la formación académica de los más jóvenes, no para su deformación. Necesitamos que los que hay estén bien formados, y sí, estoy hablando de seleccionarlos por sus conocimientos, porque mientras los medios cambian con los tiempos los contenidos son necesarios siempre, diga lo que diga la secta proyectística. No se puede dar lo que no se tiene… y no se puede enseñar lo que se ignora. No, no necesitamos 200.000 profesores más, necesitamos ideas claras para desmontar el sistema que nos ha traído aquí.

Pascual Tamburri Bariain
Es Diario, 28 de enero de 2016, sección “Ruta Norte”.
https://www.esdiario.com/150359679/Santo-Tomas-2016.html