Doña Letizia contra doña Sofía, doña Legitimidad de Origen

Por Pascual Tamburri, 08 de abril de 2016.

¿De dónde proceden la autoridad y el poder de estos reyes? ¿Es mejor o peor reina la plebeya Letizia que la noble grecoalemana Sofía? Y sobre todo, ¿hoy le importa a alguien?

El domingo de Pascua los Reyes don Felipe y doña Letizia, junto a sus hijas y hasta ahora herederas, doña Leonor y doña Sofía, y a la madre de él, doña Sofía, asistieron a Misa en Palma de Mallorca. Una normal escena de familia, propia de una España serena y tradicional que quizá ya no existe. Una conjunción de distinciones y títulos inusual, entre Sus Majestades Católicas los Reyes de España, Felipe VI de Borbón y Grecia y Letizia Ortiz Rocasolano, Su Majestad Católica la Reina (‘emérita’) de España Sofía de Grecia-Oldenburg y Brunswick-Battenberg, Su Alteza Real Leonor de Todos los Santos de Borbón y Ortiz, princesa de Asturias, de Gerona y de Viana, duquesa de Montblanch, condesa de Cervera y señora de Balaguer y Su Alteza Real la Infanta de España Sofía de Borbón y Ortiz. La fotografía era casi tan interesante por las personas y dignidades presentes como por las ausentes.

Prescindamos ante todo del chismorreo, sobre si a la reina emérita “no le dejan” ver o sí a sus nietas Leonor y Sofía. Por el estilo de la generación reinante ahora en Madrid, parece que el trato no es frecuente, y no por voluntad de la abuela. Quizá doña Letizia prefiera para sus hijas el contacto y modelo de su propia madre. Pero eso es algo que debe quedar en familia, tanto como el cariño que sí se le deja a doña Sofía profesar a sus otros nietos, Froilán, Victoria, Juan, Pablo, Miguel e Irene. Puede que tenga consecuencias en el futuro, pero ahora mismo hay cuestiones de interés mucho más general.

¿Por qué es Felipe VI rey? Por la abdicación de su padre don Juan Carlos de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, ausente de la vida familiar, en 2014, debidamente recogida por las Cortes. Por la voluntad popular expresada en la Constitución de 1978. Por la herencia del Jefe del Estado Francisco Franco, en aplicación en noviembre de 1975 de las Leyes Fundamentales entonces vigentes y por dos veces juradas por don Juan Carlos. Por la herencia dinástica de los anteriores Reyes de España, recibida por don Juan Carlos de su padre don Juan de Borbón y Battenberg.

Cada una de estas respuestas plantea sin embargo problemas importantes. Si don Felipe reina por su padre, su legitimidad se deriva de la de él; y la legitimidad de origen puede discutirse, pero si hay algo seguro es que dilapidó la legitimidad de ejercicio que en algún momento pudiese haber tenido, y eso sin ir a cazar ningún elefante. Si reina por la aprobación popular de la Constitución, puede perder toda legitimidad al perder esa aprobación popular o al conseguirla otra persona u otra forma de jefatura del Estado. Si reina por ejercer Franco su autoridad reconocida en las anteriores Leyes Fundamentales, toda deslegitimación de aquel Jefe del Estado o de aquellas Leyes implica automáticamente la deslegitimación de origen de don Felipe (un caso curioso de suicidio dinástico, al firmar padre e hijo determinadas leyes). Si fuese rey por herencia dinástica borbónica, habría que demostrar que tal legitimidad de origen ha existido alguna vez (aparte de que tal cuestión importe para algo a los españoles normales y precarios de 2016).

Felipe es el hijo varón mayor (pero tercer vástago) del hijo varón mayor (pero segundo vástago) del tercer hijo varón (y quinto vástago) del antepenúltimo rey titulado de España, Alfonso XIII de Borbón y Austria. Por la cuestión feminista de la preferencia o no del varón sobre la mujer, de aplicarse retroactivamente la norma impuesta hoy a la nobleza española no reinaría ninguno de ellos; aunque no veo muy preocupadas a las feminazis. Aparte esto, don Juan de Estoril, titulado conde de Barcelona, nunca fue rey de España ni príncipe de Asturias, y es muy complicado dar lo que no se tiene.

Alfonso, hijo póstumo de Alfonso XII, tuvo cuatro hijos varones. El heredero y primogénito, don Alfonso, le premurió sin descendencia, renunció a sus derechos sucesorios por su hemofilia y contrajo dos matrimonios morganáticos. El segundo, don Jaime, duque de Segovia, sordo tras una operación, también renunció forzado por su padre de modo dudoso, pero su primer matrimonio, desigual pero no morganático, sí dio lugar a descendencia masculina sana. El tercero, pues, no pudo ser heredero más que con su padre forzando a su gusto una situación complicada. Con arreglo a las reglas seculares de la Casa de Francia, el mayor de los Borbones (y el único con derecho por ejemplo a usar las armas plenas de Francia, si a alguien esto interesa aún) sería don Luis Alfonso de Borbón, duque de Anjou y de Borbón, hijo de don Alfonso, duque de Cádiz y de Anjou, nieto de don Jaime, biznieto como don Felipe de Alfonso XIII y dinásticamente más cercano a él.

Que esa rama española es la mayor de los Borbones es tan algo sabido, si hablamos de legitimidad de origen, como para que lo reconociese en su momento don Alfonso Carlos de Borbón y Austria-Este, duque de San Jaime y pretendiente carlista como único varón descendiente por línea masculina del pretendiente don Carlos de Borbón y Borbón-Parma, conde de Molina, que desde 1833 hizo cuestión dinástica de este asunto hoy enteramente fósil. En fin, tecnicismos aparte, para unos españoles tal legitimidad llegaría por Isabel II y para otros por su primo y peculiar consorte, don Francisco de Asís, duque de Cádiz e hijo del infante don Francisco de Paula. Hasta don Luis Alfonso, en primer lugar, y hasta Felipe VI, en segundo, pruebas de ADN aparte, se puede establecer por ahí su descendencia directa por línea masculina de Carlos IV, de Carlos III, de Felipe V, de Luis XIV de Francia, de Luis XIII de Francia y de Enrique IV de Francia. A nadie más llega esa línea dinástica completa excepto a los herederos de Dos Sicilias y, más remotamente aunque con excesivas pretensiones, a los numerosos exiliados de Parma.

Sin embargo, qué más da. Ellos mismos han dinamitado de un modo u otro las posibles raíces de su legitimidad de origen, suscitando cuestiones de ley, de tradición, de precedencia, de ilegitimidad, de feminidad o de plebeyez que en 2016 son completamente insignificantes.

Por lo demás, hay otra legitimidad, claro, que en el fondo sería la más importante entre personas con cierto sentido común y más o menos conscientes de que hubo varias revoluciones, guerras, bastardeos, un abrazo de Vergara y nunca ninguna Ley “paccionada” bajo un Estado de Derecho. La legitimidad de ejercicio.

La Jefatura del Estado, con o sin Corona, está al servicio de España y no de sí misma ni de las personas llamadas por la sangre, los votos, la casualidad o el amor a representarla. Si además quiere ser católica tiene múltiples opciones de demostrarlo, sin fotos a la puerta de la catedral. Balduino I hizo más por su dinastía en su frágil país que lo que nunca ha hecho Juan Carlos I. Y a nadie escandalice que, visto el espectáculo, muchos españoles de todos los signos no tengan ningún amor a esta institución fenecida, y no gloriosamente.

Pascual Tamburri Bariain
Es Diario, 08 de abril de 2016, sección “Ruta Norte”.
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